Opinión

¡Avanti Luca Renda!

Que otro le sueñe a uno el paraíso en que quiere vivir podría ser -dependiendo de las circunstancias- un abuso o un acto de entrañable afecto. Y si ese paraíso resulta ser el que se compartiría con más de siete millones de personas, cualquiera de estos podría alzar su voz para reclamar la intromisión en tan íntimo espacio vital.

Mas no es así si el paraíso deseado es un país sin corrupción. Sin impunidad. Sin violencia. Un lugar donde no hay pobreza. En el que la vulnerabilidad se reduce al máximo.

Donde la gente camina y vive sin armas, segura, gozando de una justicia confiable, de empleo, salud y educación. Un país en que la palabra democracia no es hueca de contenido. Una nación donde el optimismo y la esperanza acompañen la nobleza de corazón y alegría que caracteriza a sus habitantes.

Las líneas anteriores podrían ser las que llenen las páginas de un florido discurso político, en la plaza central de cualquier ciudad o pueblo polvoriento, o un sesudo plan de gobierno, reescrito cada cuatro años, en mayúsculo ejercicio de reciclaje atemporal y demagógico. Pero no lo son.

Provienen del sincero deseo de un extranjero, que vino a trabajar a la oficina local del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y que como buen ciudadano del mundo, quiso para Honduras lo que bien hubiera deseado para su propia tierra y cualquier otro de los lugares en que ha podido desempeñar su función como promotor y gestor del desarrollo.

Con una pequeña diferencia: no solo lo deseó, sino que hizo todo lo que pudo y estuvo a su alcance para conseguirlo, tratando de convencer que era posible incluso a más de un hondureño.
Luca Renda, como buen italiano del sur, se emociona y es vehemente cuando expone y defiende sus ideas.

Dotado de una expresividad que trasciende a la música, al gusto por el buen café y al cariño por sus amistades y colegas, tuve la invaluable oportunidad de conocer en cercanía sus reacciones ante los grandes acontecimientos de la vida nacional, los positivos y los más tristes.

Su preocupación por el rumbo de la situación política en 2009, su solitaria tristeza al no poder evitar los peores días entre junio y septiembre de ese mismo año, su solidaridad con las tragedias naturales que enlutaron al país, su dolor sincero por las cifras violentas que aumentaban sin remedio y por cada víctima que había conocido personalmente.

Pero también pude observar el brillo en sus ojos y emoción casi infantil cuando se encontraba con hombres y mujeres de tierra adentro, que le agradecían la colaboración internacional para mejorar sus condiciones de vida; cuando lograba convencer a un alto funcionario de la viabilidad de una ley, idea o escenario virtuoso; cuando constataba que un proyecto comenzaba a lograr los resultados deseados y “cambiar destinos”.

Después de escribir tres textos elegíacos y de admiración durante el último mes a tres nobles hondureños, quise dedicar este espacio para reconocer la faena de alguien que, además de honrar su cargo, cree en nuestro paraíso posible y se marcha hoy a hollar otros caminos con su Rocinante. ¡Avanti Luca!

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