De todos los seres que habitan el universo, uno fue diseñado a la manera de Dios: viva imagen de su ser, que ilumina nuestras vidas y que le da el propósito al existir. Y es que encajar a la madre con la divinidad es tan sencillo; sus cualidades reflejan la autoría de su creación.
En primer lugar fecunda y da a luz a nuevos seres; esto quiere decir que ella satisface las necesidades esenciales para que la criatura en su seno se forme con todas las cualidades de un ser humano; le brinda además de alimentación, cobijo, protección, ternura, se hace amiga de la criatura, escucha hasta el balbuceo que hace dentro de la matriz. Esa es la madre.
Definir por antonomasia lo que representa la madre, es decir que lo representa todo. En ella la dulzura se convierte en panal, desde los mimos que nos brinda cuando nos arrulla, cuando nos cuida, cuando nos induce hacia lo correcto. Ella entrega la miel de su ser.
La tristeza que le provocamos, cuando derrama lágrimas que nacen desde el centro de su corazón; como manantial ella desborda su tristeza porque muchas veces sus tesoros son pisoteados; muchos sufrimos dolores congénitos y hacemos de ellas nuestro manto plañidero; ya que sufre, quiere dar hasta su vida para que sus vástagos no sientan la tristeza del corazón de ella.
Reboza en sabiduría, la paciencia es un arte que cultiva, la bondad es su vestido diario, nos brinda el calor de su amor y la tibieza de su candor; ella, la que nos brindó la vida es capaz de sacrificarse en nombre de los que ama.
Cada vez que ella aparta un bocado para que tu crezcas y no padezcas, no es porque no le hace falta sino porque lo brinda en forma de amor desinteresado.
Cada día ella ora para que los que ama sean protegidos, que la luz de la sapiencia y la rectitud del corazón sean los vestidos de los que ama; su regazo siempre estará disponible para soltar nuestro llanto cuando las penas nos embargan y sus canas que dan a su cabellera majestad de reina nos dicen que la sabiduría está personificada.
Desde su cabeza hasta sus delicados pies, la madre es reflejo de Dios. Ella transmite serenidad en los tiempos turbulentos, sus consejos condimentados con sabiduría y experiencia de la vida la hacen una honorable abogada, sus manos tejen y de ellas las flores brotan, porque tiene manos maravillosas, porque todo lo que toca la madre se convierte en flor.
La madre es esencia de vida. La compasión personificada no tiene límite, se compadece ante lo mas nimio ya que sus brazos abarcan a la humanidad entera, dándoles a cada uno un granito de compasión; la compasión esencial en los momentos que nuestro barco naufraga para que volvamos a levantarnos, ya que sus palabras nos inducen a meditar en que la raza humana aunque muchas veces sea prepotente es un niño que necesita ser mimado en los momentos que fracasa.
Nuestras madres son un tesoro viviente. Jamás podemos vaciar la fuente de su amor; es tan inmensa que los mares se quedan chicos.
Sus palabras, que nos conducen en los senderos de nuestro vivir, estará siempre presente al momento de tomar decisiones que enfrentamos en nuestra vida diaria: “tiende tu mano al necesitado, haz bien y no mires a quien, anda por los caminos de la honradez, no mientas, se altruista, apoya a los débiles…”.
Las madres viven en nuestros corazones, ellas forman las moléculas que nos hacen hombres o mujeres, son la vitalidad personificada. Aunque esté agotada después de una larga labor, siempre estará pendiente de sus amados; no importa la hora, ni la situación, sea esta penosa o de alegría.
Tú que la tienes: ¡ámala! Tú que la has perdido: no la llores, no tengas tristezas, recuerda todas sus bellas cualidades, y sigue amándola por siempre.
En el largo transitar de la vida, la madre siempre estará ahí para guiarte, para alentarte, para amarte y su sonrisa te animará siempre para que tu vida sea feliz. Esa es la razón de las benditas madres: la felicidad de los que aman.
Sea Honduras bendecida de tanta madre abnegada, sea para siempre para ella la honra de todos sus hijos.
Madres, ¡Benditas sean!