En Honduras todo es contra natural. Lo malo es bueno, no es sí, el corrupto es honorable. La impunidad se impone, el cinismo es civismo. El deshonor honra. El taimado es humilde, se perdió el amor por el prójimo y se venera el poder. El abusador es listo, el abusado tonto. El débil es bruto, el poderoso brutal. El pobre indigno, el rico digno. El marginado es lacra y su marginador paraca.
Lo oculto es transparencia. La rendición de cuentas es domiciliaria. La justicia injusta, el TSC ni cuentos cuenta. Los corruptos e incapaces tienen su código de protección estén en el poder o en la llanura. La colusión es la solución y hasta son recibidos en casa de gobierno para celebrar la impunidad de la deshonestidad.
Y lo aceptamos, nos arrastran sin resistencia, aun siendo más los buenos, los malos dominan, se imponen y tienen el sartén por el mango y nos voltean los huevos a su antojo. Nadie protesta, nadie señala por temor a la represalia y los que mantienen este despreciable comportamiento siguen haciendo de las suyas, de las ajenas y las nuestras. No hay respeto a nada ni a nadie. El pueblo vive en total indefensión. Abusan del poder y se defecan de la risa ante cualquier cuestionamiento.
No hay decoro, entendiendo como tal “el honor y respeto que se debe a una persona, seriedad y gravedad en la forma de hablar, pudor, decencia, circunspección, dignidad, honroso”. Antes bien, decorar, adornar algo, está a la orden del día, todos se prestan para la notoriedad como culto reptante de estar bien y quedar mejor, ignorando conscientemente el significado de una condecoración y ésta se distribuye a sabiendas que el individuo escogido no merece ningún reconocimiento.
Nunca he entendido porqué darle una “distinción” a quien está en la obligación de cumplir puesto que para eso le pagamos lo que nunca sabremos. Peor cuando con los hechos irrefutables del “seleccionado” demuestran que no ha sido inteligente ni diligente en el desempeño de su obligación y aun así se le llama para ser aplaudido por su mediocridad e incapacidad harto comprobada. El proponente, más incapaz que el capataz, elogia, la recua pondera lo imponderable y por unanimidad, porque no hay conciencia de dignidad, se aprueba una “Gran Cruz Placa de Oro y Pergamino de Reconocimiento” por “méritos personales como agricultor, defensor de los derechos humanos, dirigente empresarial y presidente del país” a un hombre de generales conocidas y reconocidos malos resultados. El combo incluye a la esposa por su “entrega a las causas nobles”. Las condecoraciones se deprecian cuando se entregan sin valorar el valor de su trascendencia y se desvalorizan al tenor de otros valores que no valen. Engrandecer gestiones mediocres es una bofetada para nuestro reiterado infortunio. Hablar en nombre del pueblo para satisfacer egos, es ser ventrílocuo de la mudez que provoca tanto desatino. Los pobres pululan para vergüenza de los que aceptan honores sin tener créditos. Que pena dan los que pierden el valor de valorar a los hombres por su valor.
Otorguemos la gran cruz del sufrimiento al que rebusca en los basureros su infrahumana subsistencia o a la madre que ayuna para que sus hijos coman. Ellos son las víctimas de los villanos que son galardonados inmerecidamente. No es lo mismo ser condecorado que decorado. Sin decoro. Pero ofende.