Siempre en el punto de mira de la izquierda más radical, que lo considera responsable de violaciones de los derechos humanos de las que fue absuelto en su momento por la justicia hondureña, Billy Joya ejerce ahora como consultor independiente y experto en cuestiones de seguridad pública.
Tras haber abandonado el ejército y haber escrito un libro donde niega las acusaciones que le han formulado sus enemigos, entre lo que destaca la antaño canciller Patricia Rodas, ahora se revela como un avezado analista y un buen conocedor de los entresijos en los que se desenvuelve la vida política hondureña.
¿Cómo examina los resultados de las últimas elecciones en Honduras?
Las expectativas tenían una moneda en el aire y podía pasar cualquier cosa. Desde el punto de vista político, hay que resaltar que el partido Libre -de izquierda- había hecho una campaña esperanzadora, pero al final su triunfo no es por sí mismo, sino como consecuencia de los errores de quienes nos gobernaron durante más de treinta años y que no se dieron cuenta de que la fractura social crecía año tras año y gobierno a gobierno. Los pueblos se cansan de promesas.
Y cuando de repente llega un líder que los entusiasma con promesas irresponsables, la gente, simplemente, se dice: bueno, en fin, no tengo nada que perder. Por esa razón, Libre llegó a tener una opción real de llegar al poder. Al final, creo, fue una campaña basada en la estrategia y el Partido Nacional y su candidato a la presidencia tuvieron la mejor fórmula, logrando en los últimos tres meses dominar el escenario político y hacerse con el poder. Superaron las expectativas iniciales y derrotaron las encuestas.
¿No le sorprendió el fracaso de los liberales y más concretamente de su candidato presidencial, Mauricio Villeda?
La verdad es que era como verlo venir. Desde mi punto de vista y con alguna experiencia como analista político, se da uno cuenta que de todos los factores con los que tenía que luchar el partido que ganó y que estaba en el poder, el Nacional, tenía mucho músculo por la protección que genera el mismo poder. Al final, pienso, que la apuesta de los hondureños era entre democracia o dictadura. Muchos liberales, entonces, entendían que votar por Villeda, o por los mismos liberales, era darle chances a la posibilidad de una dictadura de izquierda. Muchos liberales prestaron sus votos a los nacionalistas, algo que no habían hecho nunca, para garantizar que, aun con todos los defectos, siguiéramos viviendo en democracia.
¿Podemos hablar, entonces, que hay una crisis del Partido Liberal hondureño?
Lo que sucede es que las bases populares de la sociedad hondureña, compuestas por los sindicatos, las centrales obreras, los maestros…, que a lo largo de los últimos años se identificaban con los liberales y que ahora, con el nacimiento del partido Libre, y ahí es donde comenzamos a hablar de estrategia, en este caso la del Partido Nacional para debilitar y dividir a los liberales, esta masa popular encuentra su verdadero espacio en Libre como fuerza de izquierdas y cercena la base popular del Partido Liberal, que se va a Libre. Esta nueva fuerza política le hace mucho daño a los liberales y les lleva a este tercer puesto en las elecciones; sus votos se transaron hacia Libre, no es que se perdieran.
¿Cree que el partido Libre se consolida como un nuevo partido político hondureño?
Va a depender mucho del tipo de gobierno que haga el presidente actual, Juan Orlando Hernández. Se tiene que atender mucho a la fractura social que tiene el país y de cómo se atienda se verá la evolución política del país. También de las estrategias que cada fuerza política tenga en este momento histórico. Creo que Libre tiene espacio para seguir creciendo, pues mientras crece la inseguridad y la pobreza el semillero de Libre pude seguir aglutinando fuerzas y creciendo.
¿Qué habría que hacer para atajar el grave problema de inseguridad pública que padece Honduras?
Creo que el primer ingrediente para resolver un problema en un país está vinculado a la voluntad política y si los gobernantes miran en el sentido opuesto, como ha ocurrido muchas veces, el problema se agrava. La voluntad política es el primer paso para resolver los problemas. El segundo ingrediente, vinculante y paralelo, es la experiencia
. ¿Qué significa ese aspecto? Que si el problema es de una voluntad mayor, que requiere ya una cirugía, llámese al experto en cirugía porque la voluntad de quererse sanar no basta por sí sola en la mayoría de las veces.
Nunca tuvimos en los últimos ocho mandatos presidenciales nadie que tuviera la voluntad de traer expertos que resolvieron los problemas de inseguridad pública en ciudades como Nueva York, Bogotá y otras grandes urbes del mundo. Es cierto que cuestan mucho, pero el costo de la inseguridad supera el costo de cualquier consultoría; entonces, ha faltado esa experiencia y esa puesta en práctica de fórmulas para atajar la inseguridad.
Y el otro elemento que no se ha entendido aquí por parte de nuestros gobernantes es que hay un parámetro para medir la eficiencia de un gobierno en materia de seguridad ciudadana. ¿Qué es lo tradicional? Que el candidato en cuestión ofrezca el doble de policías, ofrece comprar todo tipo de armas y elementos sofisticados para esa lucha, equipamientos en definitiva, y se enfoca en cumplir esa promesa de campaña.
Cumple con esas promesas y se siente que lo hizo bien, pero el verdadero referente para evaluar la calidad de la seguridad en un Estado se mide por las vidas salvadas, los crímenes prevenidos y por la calidad económica de las ciudades. Lo demás que se prometió es la obligación del
Estado, pero la verdadera misión es luchar contra las estadísticas, contra la incidencia del delito. Entonces, como presidentes no pueden nombrar a un ministro de Seguridad para suplantarlo dos años después y que el ministro se disculpe, como pasó en el gobierno anterior, en que reconoció que no pudo hacerlo. ¿Por qué? Porque murió mucha gente y la maraña del crimen organizado, de la delincuencia, del narcotráfico, se incrementó.
Tienes que tener gente con experiencia y que sea capaz cada lunes de rendirte cuentas de cómo va el problema, de sí se avanzó o no, para saber cada mes si has conseguido avances o tienes que implementar otras medidas. Y no tener que tomar medidas dos o tres años después, cuando el barco ya se ha hundido.
El tercer ingrediente importante en este asunto, después de la voluntad política y la experiencia, es el dinero. ¿Qué quiero decir con este asunto? En materia de salud, cuando se presenta una epidemia que está matando a la gente, el gobierno se reúne y aprueba medidas de emergencia y presupuesto de emergencia para hacer frente a la crisis suscitada porque si no combaten el virus la gente se muere. Así de simple.
El problema de la inseguridad en Honduras se ha convertido en un problema viral, pero nunca nadie ni ningún presidente le dio la categoría que el problema realmente tenía y dijo: ‘señores, realmente estamos ante una epidemia’. Decía Albert Einstein que el principio de la locura es querer hacer cambios con la misma fórmula. Todos los gobiernos han usado la misma fórmula y se han invertido en los últimos 30 años más de mil millones de dólares solo en el presupuesto de seguridad.
¿Y el resultado?
Pues que tenemos uno de los países más inseguros del planeta. Eso significa que hemos estado por el camino equivocado.
Quiero decir: una vez que tienes la voluntad política y los expertos, aparte de los programas para atajar la inseguridad con los recursos económicos que se requieren, entonces estás listos para despegar y comenzar a luchar contra el problema. Si esos tres elementos se conjugan, tenemos alguna esperanza, pero si no se conjugan seguiremos con el problema e incluso creciendo, puede que hasta nos desborde y nos siga amenazando peligrosamente.
¿Cómo explicaría a un extranjero lo que está ocurriendo en San Pedro de Sula, que se acabó convirtiendo en una de las ciudades más peligrosas del mundo?
Hay que tomar en cuenta un parámetro. Si bien es cierto que la estadística condena a San Pedro de Sula, no es tan cierto que en cada esquina haya un asesinato o un crimen. Hay escenarios que marcan y definen esos sucesos delictivos.
También hay bandas y redes organizadas del crimen y el narcotráfico que tienen sus escenarios bien definidos. Muchas veces esos crímenes ocurren entre elementos de esas redes y bandas, pero el tema es que esos argumentos no bastan para el común y no cambian la estadística.
Pero quiero añadir algo: San Pedro de Sula tiene la estabilidad que se requiere para invertir y poner negocios. Sin embargo, obviamente, cuando llegan extranjeros hay que hacer una serie de recomendaciones acerca de dónde vivir, tener un vehículo blindado y saber moverte inteligentemente en la ciudad. Obviamente, muy lejos de la libertad que puedes tener en otra ciudad europea. Pero bueno, la realidad es que yo tengo claro que con ingredientes correctos y fórmulas adecuadas se puede revertir esa asignatura de la inseguridad, que ya tiene treinta y pico de años sin que se hayan sentado las bases para solucionar el problema.
¿Se han hecho esfuerzos en Honduras por modernizar las Fuerzas Armadas?
En absoluto, no se ha hecho nada de nada. Siguen exactamente igual que en el pasado. Tienes el caso de Colombia, en donde las Fuerzas Armadas y la policía suman medio millón de hombres.
La especialización y la preparación de los hombres de las Fuerzas Armadas son la base para hacer frente a determinadas situaciones. Cuando en un país hay problemas graves, lo único que tienes a mano son las instituciones jerarquizadas para hacer frente a las crisis. No olvidemos que en los años ochenta asistimos al proceso de desmilitarización de nuestras sociedades, destruyéndose las unidades de inteligencia, que le quitaron el respaldo y el apoyo a las Fuerzas Armadas…
No ha existido una voluntad política por hacer algo con las Fuerzas Armadas; ni se invirtió dinero en defensa, ni se afrontaron los retos y desafíos que había en esta materia de una forma adecuada y profesional. Tampoco hubo inversiones en seguridad ciudadana y a la larga, como ha pasado, se vio el problema y ahora quizá lo estamos pagando.
¿Sigue el nivel de crispación y polarización que se vivió en Honduras tras la crisis del 2009?
No, ha bajado mucho. Sobre todo después de las elecciones, ya que cada uno se ubica en su segmento. Las elecciones volvieron a subir algo ese nivel de crispación, pero una vez que pasaron todo ha vuelto a su cauce y la vida política se desarrolla con cierta normalidad. Pero creo que la esencia y naturaleza de los hondureños sigue siendo pacífica.
Por ejemplo, creo que en otro país la crisis del 2009 se hubiera desarrollado de otra forma, incluso más violenta. Las manifestaciones de ambos bandos discurrían casi por calles paralelas, con consignas absolutamente radicales, pero nunca hubo enfrentamientos y cruces de golpes. Eso demuestra cómo los hondureños nos manifestamos en los momentos de crisis y cómo discurren las cosas entre nosotros.
¿Cree realmente que si en el 2009 no es destituido Zelaya Honduras se habría convertido en un país de corte autoritario al estilo de otros de la región?
Si Zelaya hubiese podido cumplir todas sus tareas, en el sentido de reelegirse, claro que creo que Honduras hubiera acabado así. Recuerde que el plan de Zelaya comienza cuando él gana las elecciones e intenta que la presidencia del Legislativo la ocupara Patricia Rodas, quien más tarde sería su Canciller en su caótico gobierno. El Congreso de la República, dada la impopularidad de Rodas, la rechaza. Luego lo intenta con Reina, otro izquierdista notorio y también fracasa.
Zelaya tenía un plan verdadero para hacerse con las riendas del poder absoluto y fundar régimen. Pero se le atravesó un presidente del Congreso, Roberto Micheletti, alguien que siempre fue su adversario y nunca estuvo de acuerdo con sus ideas. La historia, entonces, cambió de rumbo y ese Legislativo tuvo en sus manos la elección de todas las altas instancias del país, lo que fue determinante en los sucesos que tuvieron lugar después. Si Zelaya hubiera tenido en sus manos esas instituciones, hubiera validado todas las acciones ilegales que pretendía llevar a cabo, pero ese plan se le viene abajo cuando fracasa en sus intentos por controlar el Congreso de la República.
¿Zelaya tenía ideas propias con respecto al poder o era un líder manipulable y en manos de otros intereses?
Zelaya siempre fue un aventurero, incluso en su primera etapa muchos de los líderes izquierdistas de ese período lo examinan con desconfianza, alguien en quien no se puede confiar y mucho menos depositar alguna esperanza. Zelaya adoptaba posiciones neutras y con un afán de protagonismo muy notorio; no era una persona seria, claramente. Finalmente, Zelaya, tras la visita del difunto Hugo Chávez a Honduras, decide dar el salto y dar el viraje a la izquierda. Se compromete con Chávez y con la revolución bolivariana a partir de ese momento, traicionando a su programa político y al partido por el que había sido elegido como presidente.
¿Cree que si este gobierno fracasa podría haber un giro de nuevo hacia la izquierda en el país?
Este gobierno debería tener tres enfoques fundamentales: el combate a la corrupción, austeridad en los gastos y resultados en materia de la seguridad ciudadana. Los otros elementos, como empleo, educación y erradicación de la pobreza, son más secundarios, aunque también importantes.
Porque con menos corrupción, austeridad y seguridad ciudadana los otros ingredientes llegan solos en la medida en que este país es atractivo para las oportunidades y el desarrollo. Si esos tres ingredientes son parte de la agenda y el enfoque yo creo que las banderas de la izquierda populista perderán fuerza, pero por el contrario si se fracasa en esos tres elementos que destaco, la izquierda populista volverá a tomar más fuerza.
¿Considera que este gobierno será capaz de hacer frente a esos desafíos que tiene ante sí Honduras?
Mi análisis de lo que pueda ocurrir tiene mucho que ver con quien esté al frente de la cabina del barco. No conozco al actual presidente ni he estado nunca con él, pero cuando analizo su trayectoria me doy cuenta que a muy corta edad quiso ser político y lo fue; después quiso ser diputado y lo fue; quiso ser presidente del Congreso de la República y lo fue y quiso ser candidato de su partido, a pesar de todo, y lo fue, y quiso ser presidente y ahora lo es. El fenómeno en todo este recorrido político es que lo fue a la primera y eso no es fácil. Creo que tiene 47 años, es joven, y eso me indica que es una persona inteligente, que puede pasar a la historia como una persona competente y no un corrupto.
Creo que el nuevo presidente va a buscar la competencia y buenos resultados, lo cual como hondureño me da esperanzas de cara al futuro.
Espero que haga algo en la lucha contra la corrupción, espero que sea eficiente y dé resultados.
¿Cree que ahora se pueden dar mejor resultados que hace cuatros cuando el aislamiento internacional era tan fuerte?
Creo que sí. No era Lobo el mejor presidente pero también pienso que no era el mejor momento y la marginación internacional era muy fuerte. Digamos que el gobierno de Lobo era un momento de transición y le ha dejado al actual, Juan Orlando, otro momento para el cambio y que va a depender mucho de su visión política para saber qué futuro nos espera.
¿Cómo terminaron sus pleitos con la justicia, es cierto que la izquierda le sigue buscando por sus supuestos crímenes, qué hay de todo ello?
No terminó nada. Ya he escrito un libro desenmascarando las mentiras que la izquierda hondureña tejió sobre mí. Desde el punto de vista legal tengo 29 años de haber sido acusado por cinco casos y 19 delitos, pero en estos años no se ha presentado una sola evidencia testimonial, documental ni pericial en mi contra. Entonces, yo no creo en esas acusaciones ni en esos tribunales. Pero la propaganda me machacó y trató de hacer real lo que no era y no existió, en aras de acusaciones ideológicas y manipuladas desde la izquierda.
¿Y por qué se fue del país, entonces?
Te lo explico de esta manera: era el gobierno del presidente Reina. Y tomó posesión de la Justicia un grupo que estaba en manos de una izquierda ideológica universitaria y que estaba en contra mía. Me hacen un juicio sobre los famosos seis estudiantes. ¿Y qué ocurre? Ellos estaban vinculados a la extrema izquierda ¡y se retractan! Los casos siguen abiertos, pero no ocurrió nada y nadie quiso seguir adelante.
Eso prescribiría, pero tendría que contratar abogados y gastarme mucho dinero. Pueden apelar, abrir y seguir molestándome en mi vida. Quedan cinco casos y muchos motivos para enjuiciarme, pero no puedo seguir trabajando para estos casos. Y lo he dicho públicamente: mi caso no se va a cerrar nunca, ya que hasta para hacerlos prescribir tengo que gastar mucho dinero y no lo tengo. He dado a mis enemigos ideológicos, que son muchos, tiempo y oportunidades y no hicieron nada. Les doy veinte años más y ¿qué quieren? Se lo doy y tampoco podrán demostrar nada.
Estoy aquí en libertad provisional pero nadie se ha pronunciado sobre mi inocencia o culpabilidad, pero estoy todavía pendiente una sentencia que me libere de esta carga. Que es falsa, obviamente.