Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: Por unos ojos café (Segunda parte)

Bien se ha dicho que no hay crimen perfecto
10.07.2022

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Este relato narra un caso real.

Se han cambiado los nombres.

Resumen. A don Martín lo mataron a traición. Los asesinos lo esperaban detrás de unos arbustos, y cuando se agachó para pasar por un cerco de alambre, en el camino hacia su casa, lo golpearon en la cabeza; una vez desmayado, sin oportunidad para defenderse, lo atacaron a cuchilladas.

El forense contó más de treinta y cinco heridas, y dijo que fueron dos cuchillos diferentes.

Pero, ¿por qué mataron a don Martín? No se metía con nadie, ni jamás tuvo enemigos en la aldea.

Entonces, ¿qué llevó a los asesinos a quitarle la vida? Y, ¿por qué de aquella manera tan horrible?

Era algo que la Policía de Investigación Criminal tenía que averiguar.

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Entrevista

Nadie pudo decirles a los policías al menos una razón que pudiera justificar la muerte de don Martín.

Era amigo de todos, y todos lo respetaban en la aldea. Fue siempre honrado, ayudaba a quien tuviera necesidad, y su único defecto era que los viernes iba a la cantina y se bebía medio litro de guaro.

Pero, jamás tuvo problemas con nadie. Por eso, la Policía estaba en un callejón sin salida.

Aunque tenían algunos indicios, no sabían por dónde llevar la investigación.

En la escena del crimen encontraron huellas de botas, y botas de hule, ya gastadas, las que quedaron marcadas en el barro, detrás de un arbusto. Pero, aparte de eso, no tenían nada más.

Sabían que los asesinos eran dos, o al menos dos, por el tipo de huellas de las botas y por el tipo de heridas, que correspondían, como ya está dicho, a dos cuchillos distintos.

Entendían que esperaban a don Martín para asesinarlo, y los motivos bien podían deducirse. Tal vez el señor hizo algo que enfureció a alguien, y este alguien se vengó quitándole la vida. Sin embargo, esto no era posible, ya que don Martín fue siempre un hombre pacífico.

Otro defecto de don Martín era la debilidad por su familia, especialmente por sus hijas. Las cuidaba y deseaba, como es normal, lo mejor para ellas; y al decir esto, se refería a que deseaba que estudiaran, que se hicieran profesionales universitarias, y que encontraran un buen hombre.

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Nada del otro mundo. Por todo esto, los policías no entendían por qué lo habían matado, y más con aquella saña que no mostraba más que una ira desenfrenada y un deseo incontrolable de destruir a la víctima.

“Alguien debe saber algo -dijo el agente a cargo del caso- Es imposible que este señor haya muerto así, y que nadie sepa al menos algo que nos sirva para aclarar el misterio de su asesinato, porque estamos ante un asesinato, ya que los criminales planificaron su muerte y la ejecutaron con alevosía y ventaja”.

“Entonces, busquemos entre la gente”.

“Sí, porque alguien debe saber algo”.

“Vamos a la cantina, donde estuvo por última vez el señor la noche que lo mataron”. Y así fue.

Los agentes llegaron a la cantina, una casa de felicidad donde había de todo, o casi de todo, especialmente licor y mujeres, cinco mujeres maduras, o sea, ya entradas en años, cuya belleza, aunque se había marchitado hacía algún tiempo, resaltaba con una buena capa de maquillaje, sonrisas fingidas, en las que faltaban algunos dientes, peinados exóticos y vestidos provocativos, que poco hacían para ocultar celulitis, una que otra llanta, y hasta la cicatriz de una cesárea.

Sin embargo, eran amables, y nada hace más linda a una mujer que su amabilidad, y eran serviciales con todo el mundo, especialmente con el que llevaba siempre dinero en la bolsa. A fin de cuentas, negocio es negocio.

Hasta aquí llegaron los policías, y el agente a cargo habló con la dueña, una mujer de unos sesenta años, de chispeantes ojos negros y senos péndulos, que resaltaban bajo la tela de una blusa antigua.

“Yo no sé nada -les dijo-, pero averigüen con las muchachas; ellas son las que se relacionan con los clientes, aunque tienen prohibido hacer amistad con ellos, y menos enamorarse de alguno, porque eso solo trae problemas y es malo para el negocio”.

Las muchachas

Alguien dijo que no había visto, en su vida, mujer fea, y que todas son bellas, exceptuando las muertas. Y debe ser verdad.

Y el agente, convencido de que un buen piropo hace maravillas, pidió hablar con las muchachas, que en aquella mañana lucían desveladas, cansadas y... en su verdadero yo.

“Estamos investigando la muerte de don Martín -le dijo el agente a la primera de ellas, una agradable niña que ya peinaba canas, pero que sonreía como una colegiala-, y necesitamos hacerle algunas preguntas”.

“Mire -dijo la hermosa, cruzando una pierna y encendiendo el primer cigarro del día-, yo conocí al señor; era un hombre callado, que nunca iba al cuarto con ninguna de nosotras. Solo se sentaba en esa mesa y se bebía su guaro sin hablar con nadie. Después de dos o tres horas, se iba”.

“¿Habló con él el viernes pasado?”.

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“No, señor. Yo no lo atendí. Lo atendió Flor de Oro, mi compañera. Mejor hable con ella. Yo no tengo mucho qué decirle”.

Flor de Oro era una mujer de baja estatura, caderas abundantes, senos como cántaros de miel y cara redonda, en la que brillaban dos ojos cansados.

Vestía un largo camisón de seda sintéticas, seguramente una de sus posesiones más preciadas, y calzaba sus pies, de uñas hinchadas por la onicomicosis, pero pintadas de rojo sensual, con sandalias de hule. Se sentó frente al detective y le sonrió.

“¿No le molesta que fume?”, le preguntó.

“No; está bien”.

Encendió un cigarro, cruzó una pierna sobre la otra blanca y torneada, y lanzó una columna de humo gris hacia un lado. Luego, dijo:“¿Qué me quiere preguntar?”.

“Estamos investigando la muerte de don Martín”, le dijo el policía.

“Sí; así me dijo la patrona... Pobre señor...”.

“¿Lo conocía bien usted?”.

“Conocerlo, lo que es conocerlo, no tanto; pero, yo lo atendía cada viernes, porque solo venía los viernes, y su gusto era beberse su guaro, chupar limón y quedarse solo en esa mesa, sin hablar con nadie”.

“El viernes pasado usted lo atendió”.“Sí”,

“¿Notó algo raro en él?”.

“¿Cómo así?”.

“Si estuviera preocupado... molesto... Sabe si se le acercó alguien”.

La mujer bajó la pierna, miró al detective a los ojos, y bajó la voz para decir.

“Mire, a mí no me gustan los problemas, pero esa noche, don Martín no estaba solo. Se sentaron con él dos muchachos, dos chavos, de esos corteros que vienen Dios sabe de dónde, y que solo saben buscarse problemas”.

“Ajá”.

“Me pareció raro que don Martín estuviera hablando con alguien, porque siempre estaba solo, pero, después me di cuenta que es que aquellos hombres se le habían acercado, y le decían cosas, no sé qué, pero estaban hablando con él... Y fue por eso, me imagino, que don Martín se enojó, y por algo que no sé, le dio un empujón por la espalda a uno de ellos, y como estaba bolo, se cayó de boca en el suelo. Don Martín dejó el dinero del guaro en la mesa, y se fue”.

“Cuándo pasó eso”.

“Este viernes”.

“Y, ¿quiénes son los muchachos que hablaron con él?”.

“No sé cómo se llaman, pero sé que son corteros de café. Vienen por la temporada, y se van”.

“¿Los vio salir después de que se fue don Martín?”.“Sí, se fueron antes que él. Uno llevaba al otro, porque estaba bien bolo”.

“Y, ¿puede decirnos dónde los podemos encontrar?”

“Mire, aquí son bastantes fincas de café; en alguna de esas han de estar, si es que no se la dieron ya”.

“Una última cosa”.

“Dígame”.

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“¿Podría describirlos, o sea, podría decirnos como son?”

La mujer se quedó pensando un rato.

“Bueno -dijo, después de la pausa-, los dos son delgados, trigueños, pelo bajo, como militares, y andan botas de hule... No estoy segura, pero, por lo que les oí decir, creo que están cortando café en la finca de don Aurelio, cerca de la frontera con Nicaragua”.

“¿Por qué dice eso?”.

“Porque uno de ellos dijo que estaba molesto con don Aurelio porque no les había pagado todo el corte de la semana... Solo eso escuché”.

Los detectives le dieron las gracias a la mujer y se fueron.

Corteros

Don Aurelio es un hombre viejo, delgado y de elevada estatura. Su finca queda alto en la montaña y produce buen café. Cuando llegaron los dos “nuevos” pidiendo trabajo, los vio bien y les dijo: “Ustedes no me parecen corteros de café”.

“Pero, sí hemos trabajado en Santa Bárbara, don Aurelio, y ahora andamos por aquí, viendo si nos ganamos la vida honradamente”.

“Bueno, si ustedes lo dicen... Les voy a pagar por lata, y pago cada fin de semana. Van a vivir con los demás corteros, en la barraca de la montaña, y allí les van a dar de comer... ¿Les parece?”.

Los hombres estuvieron de acuerdo. Cuando llegaron a la montaña, se unieron al grupo que venía de cortar café.

Era tarde ya, y la cena estaba lista. Les asignaron dos hamacas y se acostaron a esperar la mañana siguiente.

Tenían que levantarse temprano.

Cerca de ellos se acostaron dos hombres, dos muchachos que calzaban botas de hule y que llevaban el pelo cortado al estilo militar, y que se parecían mucho entre sí. Los recién llegados se miraron por un momento, y uno de ellos les ofreció cigarros, hablaron sobre el clima y sacaron dos octavos de guaro.

“¿Está prohibido beber aquí?”, les preguntaron.

“No... Aquí cada quien hace lo que quiere, siempre que cumpla con la cuota de latas a la semana”.

“Dicen que mataron a un señor el viernes en la noche -dijo el segundo, como quien comenta algo trivial-, y la gente anda diciendo que lo mataron dos hermanos que tuvieron problemas con él en la cantina”.

Al escuchar esto, uno de ellos, el mayor, se puso de pie de un salto, miró a los dos hombres, y no le quedó tiempo para decir nada.

Uno de ellos lo estaba apuntando con una pistola a la cabeza, mientras el otro amenazaba a su hermano.

“¡Policía! -gritó el primero-. ¡Están detenidos! Si se mueven, se mueren”.

Los hermanos no dijeron nada. Se dejaron poner las esposas, y, cuando los sacaban de la galera, dijo el menor: “Te dije que nos fuéramos para Nicaragua... Eso del viejo se iba a saber”.

“Y yo te dije que no le dijeras nada de la hija... A nadie le gusta que le molesten las cipotas”.

“Por eso fue que lo mataron”, les dijo uno de los policías.

“Por basura -contestó el mayor-; le pegó a mi hermano solo porque le dijo que le gustaba su hija mayor para esposa... Y el viejo se enojó... La cipota está bonita, ya en edad de merecer, y tiene bonitos ojos café... Pero, el viejo se enojó, y atacó a mi hermano por la espalda... Por eso lo vigiamos y le dimos pa’bajo”.

¡Cosas veredes, sancho amigo, que farán fablar las piedras!

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