RESUMEN. Lina murió a los treinta y tres años, justo cuando había encontrado la felicidad. Estaba enamorada de un hombre veinticinco años mayor que ella; tenía una hija que era su adoración y soñaba con un maravilloso futuro. Pero, amaneció muerta en su propia cama, con los ojos abiertos, como si algo la angustió desesperadamente en sus últimos momentos. Don Luis, su esposo, hacía el desayuno para ella y su hija. La servidumbre se encargaba de la casa después de que él se iba a su oficina. Tenía dos hijos ya mayores y se dedicaba a sus empresas, asegurándole a Lina un gran porvenir para su hija Marcela. Pero, nada de esto iba a suceder... Bueno, al menos, Lina no vería ciertas cosas.
ELLA
En la habitación estaba el cuerpo desnudo. El forense dijo que tenía, al menos, cinco horas de muerta.
“Estuvimos juntos hasta eso de las diez de la noche -confesó don Luis-, tuvimos intimidad y me dormí. Esa noche, Marcela nos llevó un batido de chocolate a la cama y lo bebimos como a las nueve. A las cuatro de la mañana, como todos los días, me levanté para preparar el desayuno y después irme al trabajo. Lina se levantaba a las cinco. Marcela siempre estaba lista a esa hora para ir al colegio, pero desayunaba con nosotros”.
“¿Sabe cómo murió su esposa?” -le preguntó el fiscal.
“Sí... Lo sé... El forense me lo dijo antes de venir aquí”.
“Le inyectaron una gran cantidad de insulina, y sabemos que su esposa no era diabética”.
“No, no era diabética”.
“Encontramos quince botecitos de insulina vacíos en la mochila de su hijastra Marcela... y una jeringa”.
Don Luis explotó: “¡Todo eso lo sé! No hay necesidad de repetirlo. Es el juez el que debe saberlo”.
“La fiscalía cree que usted estuvo de acuerdo con la asesina” -dijo el fiscal, sin inmutarse. Don Luis estaba destrozado, pero no se dejaba impresionar.
“La fiscalía puede creer lo que mejor le parezca -dijo-, y si puede probar eso, haga su trabajo”.
Uno de sus abogados le dijo al fiscal que estaba presionando maliciosamente a su cliente.
“El Ministerio Público lo acusará por complicidad...”
“¡Haga lo que quiera!”
“Y por tener relaciones íntimas con una menor de edad”. La puerta de la oficina se abrió.
“Te llama el jefe -le dijo una muchacha al fiscal-; quiere que le llevés el expediente de este caso y no perdás el tiempo”.
Cuando el fiscal salió, don Luis se dirigió a sus abogados: “¿Qué pasará con Marcela?” -preguntó.
“Ya la están asistiendo los abogados -le respondieron-; los psicólogos y los psiquiatras están con ella”.
“¿Confesó?”
“No se cansa de decir que la mató porque está enamorada de usted, y porque solo lo quiere para ella”. Don Luis se agarró la cabeza con ambas manos.
“Esto es una pesadilla”.
“El Ministerio Público lo acusará por lo de la niña”.
“No me importa. Asumo las consecuencias de mis actos, lo que me duele es que ella sea la asesina de su propia madre... y por mi culpa”.
“No es su culpa. Ella sabía lo que hacía”.
“¿La llevarán a la cárcel?”
“Estamos tratando de que sea internada en el Hospital Mario Mendoza, al menos por un tiempo...”
“A Lina no le hubiera gustado ver a su hija en una celda”. “Hacemos lo que podemos, don Luis”.
“¿La condenarán?”
“Es menor de edad, y si podemos demostrar que no estaba en su sano juicio al momento de hacer lo que hizo...”
“Pero... ella la mató”.
“Lo sabemos. En el laboratorio se encontró lorazepam en los restos del chocolate que les sirvió anoche; trataba de dormirlos para que la madre no se despertara al momento de inyectarle la insulina... Y...”
“Esto es... increíble”.
FISCAL
“Don Luis -dijo sentándose-, aunque tenemos mucho que escuchar de su parte, solamente le haré una sola pregunta: ¿Tuvo usted relaciones íntimas con su hijastra menor de edad?”
Don Luis miró sorprendido a sus abogados.
“No conteste” -le dijo uno de ellos. El fiscal, que había salido de la oficina con la carpeta en las manos, regresó sin nada. Hizo aquella pregunta maquinalmente. Se veía molesto y hacía algo en su computadora, sin ver a don Luis y, en verdad, sin esperar su respuesta. Uno de los abogados vio que seleccionaba lo que había escrito su asistente y lo borraba. Luego lo quitó de la papelera. Y lo que él mismo había escrito de su puño y letra se había quedado en la oficina de su jefe.
“Don Luis -dijo, después de unos momentos-, puede irse...”
El señor volvió a ver a sus abogados.
“Vamos” -le dijeron. “¿Y Marcela?” “Todo estará bien... Por ahora, hay que ocuparse del entierro de su esposa... Vamos...”
“Los periodistas...” “Tenemos buenos amigos entre ellos... Vamos”. “Quiero ver a Marcela”.
“Estará bien, don Luis. Ahorita están con ella los abogados, los psicólogos, los psiquiatras, los muchachos del Ministerio Público, los defensores de los derechos de la niñez”.
“¿Ya vinieron los padres de Lina?”
“Toda la familia. No le aconsejamos que se vea con ellos”.
MARCELA
Estaba serena, no se mostraba desafiante ni había arrogancia en ella. A cada pregunta del fiscal, sus abogados respondían por ella. Cuando uno de los psiquiatras consultó con sus colegas, le dijeron que hablara: “Estoy enamorada de él -dijo la muchacha-; siempre fue bueno conmigo, desde hace dos años cuando conoció a mi mamá. Me hacía regalos, me cambió de colegio y me cuidaba. Yo me sentía bien a su lado. Nunca me vio con otros ojos que no fueran los de un buen padrastro, pero yo lo veía de otra manera. Empezó a gustarme, y, una noche, por pura casualidad, lo vi en la cama.
No pude irme. En la noche siguiente, regresé para verlos. Y, así, muchas veces más. Yo sentía algo raro dentro de mí, hasta que un día se lo dije: “Los veo siempre y me desespero”.
Él se asustó. Dos meses seguí con lo mismo, hasta que lo hice que fuera por mí al colegio, diciéndole que me sentía mal. Me desnudé en el carro y lo obligué a que me llevara a un motel... Y allí pasó todo. Sé que él se enamoró de mí... Y me decía que, si mi mamá no estuviera, sería muy feliz conmigo, pero que eso era imposible porque es cuarenta y un años mayor que yo. A mí ya no me importaba. Yo era virgen y me entregué a él en el motel... Y quería estar con él... Ya no soportaba verlo con ella... Investigué en internet y sabía lo que podía hacer la sobredosis de insulina... Los dormí con lorazepam en el chocolate, y allí terminó todo... ¿Qué más quieren saber?”
OFICIAL
El oficial de la Policía cerró el expediente. “Poderoso caballero es don Dinero, Carmilla -repitió-. Marcela estuvo interna un tiempo... Don Luis no fue acusado de nada. Ella “estaba mal de la cabeza”. Hoy, la muchacha está en una universidad de Estados Unidos. Don Luis la visita cada mes. Tiene diecinueve años. Parece que la relación va a durar mucho tiempo más”.
El oficial suspiró. “Si Dios no le hace justicia a Lina, no sé quién hará que esta muchacha pague por lo que le hizo. Y don Luis tiene que pagar en carne propia... Su poder y su dinero lo libraron de la justicia, pero de Dios, ¿quién lo va a librar?”
Dio por terminada la entrevista. “Por cosas como estas es que muchos nos arrepentimos de ser policías -concluyó-. Por desgracia, así son muchas cosas en Honduras”.