Opinión

Desde el estiércol

A Manlio Martínez Cantor. Hombre ilustre.

Últimamente leer periódicos, ver y escuchar noticieros en nuestro país luce como un ejercicio de estoicismo. Con esta realidad de estercolero que nos rodea, entiendo bien a quienes me han confesado su decisión de evitar agruras en ayunas y pesadillas nocturnas, esquivando malas noticias antes de salir de la casa por las mañanas o antes de irse a dormir.

Lamentablemente, esa disposición a mantenerse sobrio de tragos amargos se acaba apenas ponemos un pie en la calle. Un asalto, un bache, excremento humano en la banqueta, la amargura del vecino en la fila para subir al taxi, la temeridad del conductor del “rapidito”, el rostro cuarteado de una anciana que desfallece en la calle, una madre que pide limosna con su criatura bajo el inclemente sol, falta de medicinas en la clínica pública...

Si se tuvo algo de suerte durante el día, ya vendrán los motivos de preocupación más tarde: las ráfagas de ametralladora en las cercanías, la lluvia que no cesa e inunda el barrio, gritos y llanto en la cuartería, una emergencia que obliga a abandonar el hogar y adentrarse en la incierta penumbra.

A veces uno también desearía vivir sabiendo nada de lo que pasa alrededor y hacer como hacen la mayoría de los seres vivos después de nacer: crecer, comer, reproducirse, seguir creciendo y… morir. Esto último, ni antes ni después, y sin particulares aspiraciones de trascendencia. Sufrir únicamente por un resultado favorable del partido de fútbol del equipo favorito, trabajar para comer y dormir a pierna suelta, sin pensar que es necesario “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo” –como dicen por ahí- para cumplir con un paso digno por la Tierra.

La buena noticia es que no se puede vivir al margen de la realidad de estercolero que nos rodea. Si hacemos ejercicio de escapismo, más tarde o más temprano, nos visitarán sus secuelas (aunque se migre a otras latitudes) y se manifestarán ante nosotros o nuestros afectos dejados atrás. No queda otra opción que enfrentar y cambiar esta realidad. Es el desafío que le toca vivir a nuestra generación. Enjugarse las lágrimas, limpiarse los raspones, plantar cara. Así como nos enseñaron a más de uno, nuestros padres, nuestra madre soltera, nuestros abuelos.

Yo quiero que mi hijo e hija crezcan y vivan aquí, orgullosos de haber nacido en esta tierra y en esta época. Que otros niños y niñas –como ellos- tengan las oportunidades que hoy disfrutan mis pequeños y que me permitieron llegar hasta acá para expresarme ante ustedes y llamar su atención. Deseo que sean sanos y que todos ellos escriban poemas de amor, se emocionen con una sinfonía y bailen felices bajo las primeras lluvias de mayo. Que las palabras solidaridad, bien común, honradez, legalidad, disciplina, respeto, sensibilidad les sean tan familiares y naturales como el goce de todos sus derechos fundamentales.

Todos los días y noches, leo periódicos, escucho y veo noticiarios para entender. Y confío en que un mejor presente y futuro son posibles. Habrá que trabajar mucho. Así debe ser cuando se quiere que nazcan flores desde el estiércol.