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Shakespeariano

William Shakespeare es, probablemente, junto a Miguel de Cervantes la figura más importante de la literatura universal, y la más relevante de la literatura en habla inglesa. Se ganó su fama y reconocimiento sobre todo gracias a sus tragedias. Y antes de desarrollar las ideas sobre nuestros contextos y la tragedia shakespeariana, quisiera hacer una precisión técnica sobre este subgénero dramático.

No se debe confundir el uso común que le damos a la palabra “tragedia”, que tiene que ver con lo terrible, con las características del género dramático. En este, los personajes se enfrentan a situaciones insuperables impuestas por el destino y los dioses o bien debido a sus defectos personales. Y sí, en lo que se parece el uso común de la palabra con el uso que se le da en literatura es en lo fatal.

Este escenario trágico no dista tanto de lo que se vive en la clase política hondureña. Uno de los hechos que más caracteriza las obras del dramaturgo británico es que sus personajes son poseídos por sus pasiones o mejor dicho sufren sus pasiones, que son justamente las que los conducen a cometer los errores que luego provocan los desenlaces fatales. Hay un punto en el que todas las decisiones se toman a partir del impulso que generan las pasiones.

Romeo y Julieta se dejan poseer por su febril deseo, Macbeth y Lady Macbeth se dejan poseer por sus ansias de poder y su ambición, Otelo se deja llevar por los celos y así con cada uno de los personajes de sus obras. Esas pasiones desbordan en locura, una locura que se puede llamar shakespeariana.

La locura shakespeariana es producto del desborde de las emociones humanas, en contraposición a la locura quijotesca o cervantina que tiene que ver más con la evasión del mundo real y el anhelo quizá de un mundo mejor, de una utopía.

Y aunque la idea de una clase política shakespeariana ya la había concebido desde hace algún tiempo, fue lo primero que se me ocurrió después de seguir de cerca los acontecimientos que han rodeado al Congreso Nacional en los últimos días.

Sería muy larga la lista de las pasiones reflejadas en el comportamiento de muchos de los legisladores que se podrían enumerar, eso explicaría por qué se desconocen algunos personajes de la vida pública cuando se involucran en política. Lo que nos lleva a pensar que Honduras es gobernada por las pasiones exacerbadas, y que por lo tanto las ideas y la razón desaparecen o por lo menos se opacan.

A pesar de que la situación política de Honduras (y tal vez el mundo) es comparable también con una comedia, que elimina el elemento divino y de destino, y simplemente enfrenta a los personajes a sus debilidades e incompetencias, recordé que, en esta obra dramática, sí existe un destino fatal, pero que recae no en los personajes ilustres que la protagonizan, sino en la población.

Aunque no descarto que por allí ande más de alguno con una locura cervantina, creyendo que es posible un mundo mejor y empeñándose, a pesar de que las señales digan todo lo contrario, con que aún hay esperanza y que los pobres labradores sí son duques y que estos pobres países tan empobrecidos y poco desarrollados sí son países que pueden salir adelante. Lo bueno de esta locura es que de tanto empujar la carreta, creyéndola un carruaje, la llevamos a un mejor destino porque suponemos que tiene un valor mayor, y eso a veces está bien, a pesar de que los golpes de realidad son duros.