Él hablaba en serio. Al principio creí que bromeaba -por el tono de su voz-, pero rápido me percaté de que no era así por los detalles que me compartió, con frialdad y sin inmutarse.
Era uno de esos días grises, con cielo cerrado por las nubes oscuras y truenos que anunciaban tormenta. Aunque usualmente disfruto de la lluvia -por su ambiente único y petricor, que invitan a la introspección y por los beneficios a los cultivos, fuentes de agua y ciclo de vida en general- como natural de tierras tropicales también he aprendido a temerle, particularmente, cuando es intensa y de duración prolongada.
La bóveda sobre nuestras cabezas lucía amenazante, presagiando desgracias para quienes viven en zonas de alto riesgo o no cuentan con una vivienda adecuada para afrontar la época lluviosa. Las ya reiteradas experiencias trágicas que vive nuestra ciudad cada año podían anticiparse y hasta podría decirse que estaban prácticamente garantizadas por el confiable pronóstico meteorológico de la jornada.
Como tenía muchas semanas (quizás meses), sin ver a mi interlocutor, le saludé con sincera afabilidad y, con el entorno que he descrito, fue inevitable que yo comentara sobre la inminente tormenta y sus posibles consecuencias ruinosas. Su respuesta vino con rapidez y me dejó boquiabierto: “¡Ojalá y todo ocurra como lo estás proyectando!”.
No hubo espacio para la sorpresa. Ahí estaba yo, con un sujeto deseando que hubiera inundaciones, damnificados y todas las desgracias posibles, porque si ocurría así “la empresa para la cual trabajaba podría vender muchos suministros que se necesitan con urgencia en calamidades de ese tipo: frazadas, colchonetas, catres, equipo de limpieza, etcétera”. Aclaro que el tipo no bromeaba y más bien parecía que hacía cálculos en silencio sobre lotes de productos a vender, márgenes de ganancia, comisiones y hasta en qué utilizaría el dinero que podría quedar en sus bolsillos.
Me sentí incómodo. Por eso acudí al infalible argumento del “ya me voy, va a llover” para retirarme de ahí, asqueado. Quería alejarme de aquel individuo que solo miraba un negocio a punto de crecer a costa del infortunio y el dolor de la gente. Cuando lo abandoné, quedó ensimismado y con esa inconfundible mueca que la codicia dibuja en los rostros.
Así ocurre con las tragedias colectivas. ¿Cuántos comerciantes y políticos no estarán ya haciendo cálculos sobre los beneficios económicos que puede representar una nueva crisis de salud como la de una epidemia de dengue u otra variante de covid? ¿O un recrudecimiento de la inseguridad del país?
No se critica que haya quienes, como parte de sus actividades mercantiles u oficiales, provean medicamentos, armamento, mascarillas y cuanto producto imaginable haya en el mercado de los humanos para paliar emergencias y prevenir estos problemas. Lo deplorable es que la bajeza de alguien llegue al extremo de desear una multiplicación de desgracias y víctimas para obtener ganancias. Son personas con el alma vil y vacía. Tristes modelos de miseria humana.