Columnistas

Los renglones torcidos de la democracia

En una lucha feroz se ha convertido esta campaña política dentro del pleno centro de la pandemia, ya que nos encontramos de frente a las elecciones primarias de marzo; mientras tanto, el carnaval se desata en esas calles, colgando afiches como si fuera esa la dialéctica de la política, en cambio, desde la ventana de un edificio, observa aburrida y solitaria la Unidad de Fiscalización de la Ley de Política Limpia, que en su tedio se ve desnuda, casi inservible e inútil para detectar de dónde sale tanto dinero sucio que brota de las cloacas de las campañas políticas desde el pasado 23 de enero, cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) dio el inicio oficial de las campañas, que de paso también daba luz verde para que los precandidatos se 'rebuscaran' con el ingreso de dinero para financiar sus aventuras.

En consecuencia, sin control alguno, se soltó el grifo de aportaciones, recolectas, rifas, 'regalitos', 'favores' y toda esa oferta y demanda de 'elecciones tipo Honduras', sin preguntar de dónde procede tanto dinero.

El financiamiento de estos movimientos demagogos puede ser lícito, si se efectúa bajo el examen e investigación de gastos de campaña, con transparencia, informes reales de sus aportantes, pero en estas instituciones con partidos de maletín y candidatos sacados de cajas de cereales, no hay ninguna garantía, ni seriedad para rendir cuentas de fondos manchados de sangre y corrupción, trastocado por organizaciones criminales de narcoactividad y de chascada, de lo que se roban en el Estado.

En Honduras, desde hace 100 años, hay una estructura delictiva para desviar fondos del presupuesto público a las campañas, acarreando empleados públicos para apoyar al candidato de turno, usar y abusar de instalaciones del Estado para la campaña y utilizar carros y todo lo que se encuentren en el paso de las oficinas gubernaturas, para destartalarlos en la búsqueda de votos.

Esta es la fórmula mágica para hacer pedazos las instituciones estatales, solo para favorecer al próximo líder, que también acaricia el dolo asqueroso de los dineros privados procedentes de oscuros negocios, con el fin de tener la pieza clave en el poder.

Fue hasta en octubre de 2016 que se aprobó la Ley de Política Limpia, siendo una de las iniciativas de la Misión de Apoyo Contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras (Maccih), misma que estorbó y fue desechada por señalar a los grandes 'líderes' de la democracia torcida, que se mueve en los renglones del proceso electoral primario, 'lavado' por su financiamiento que llueve sobre los cielos fríos de este país, donde algunos congresistas se ríen, cuando en diciembre de 2020, hicieron maquillajes a la Ley de Política Limpia, para que los movimientos internos puedan abrir cuentas bancarias para financiamientos y prohibir que se usen los postes del tendido eléctrico para pegar afiches. ¡Todo un 'logro' a favor de la transparencia política!

Un chiste de mal gusto, mientras la corrupción destruye instituciones, erosiona el tejido social, arrebata vidas humanas, arruina economías y deja indefensos a los ciudadanos más pobres.
En esta calamidad se encuentra toda la sociedad, abatida bajo las sombras del verso y la promesa de sermones políticos, que lavan conciencias y papel moneda, bajo sistemas económicos que adolecen de la falta de controles institucionales y de instrumentos correctos para la rendición de cuentas, con un marco jurídico capaz y sólido que ejerza una lucha frontal y decidida contra la impunidad y la corrupción, que castiga al que saquee las finanzas públicas y sus procedimientos administrativos.

En las elecciones será necesario colocar otra urna, donde se pueda votar por ciudadanos que tengan firmeza en su capacidad para investigar los delitos financieros con independencia y moral efectiva para abordar las investigaciones anticorrupción. ¿O seguiremos viendo cómo fallece la democracia, mendigando un voto decente?