Columnistas

Las élites regionales

El poder y la riqueza en Centroamérica han estado históricamente bajo control de poderosas familias, integradas tanto por representantes criollos como de origen extranjero, vinculados con las primeras por lazos matrimoniales o comerciales o ambos.

Alcanzada la independencia política en 1821, confirmada en 1823, a lo largo del siglo XIX se alternaron aquellas afiliadas al conservadurismo y el liberalismo.

Las primeras consolidaron su dominio tras el colapso de la República Federal y el asesinato de Morazán. Guatemala, bajo Carrera, fue la nación que influyó políticamente en sus vecinas, vía intervenciones o alianzas. La muerte de Carrera (1865) posibilitó el reemplazo de su prolongado régimen por el del liberal Barrios a partir de 1871, convirtiéndose en el nuevo caudillo regional, colocando aliados en El Salvador y Honduras.Si la principal fuente de riqueza de las élites conservadoras fue la exportación de plantas colorantes, añil y cochinilla, la de las élites emergentes fue el café. Costa Rica fue pionera en su cultivo y exportación a Europa a partir de la década de 1830, consolidando a la élite local.

La prosperidad resultante inspiró a Guatemala, El Salvador, Nicaragua, a seguir tal modelo basado en un monoproducto de gran demanda en el extranjero. Honduras, bajo Marco Aurelio Soto, una vez en la presidencia, también intentó, sin éxito, tal iniciativa, continuando su economía basada en la ganadería y minería.Las élites regionales, para consolidar su hegemonía, abolieron, en grados diversos, las tierras comunales y ejidales, privatizándolas, además de la explotación de indígenas y mestizos, desposeídos de su medio de subsistencia, ahora convertidos en jornaleros, arrendatarios colonos. “Orden y progreso” constituyeron la divisa elitista para justificar el nuevo orden, el liberalismo de la primera mitad del XIX ahora teñido con el Positivismo.

Estados Unidos y Francia eran los arquetipos a imitar, en lo material e intelectual.Ya en el siglo XX, los ingresos oligárquicos se diversificaron gradualmente; la inversión extranjera en construcción de líneas ferroviarias, plantaciones bananeras, comercio, forjaron alianzas entre capitales locales con foráneos, estos ocupando preeminencia en Honduras, en donde no se había consolidado una élite local, hasta fechas posteriores por parte de migrantes.

A partir de la década de los novecientos cuarenta (1944) en adelante, el viejo orden fue cuestionado por sectores sociales emergentes, medios y obreros organizados con el objetivo de modernizar estructuras y sistemas políticos arcaicos, caudillistas, excluyentes, represivos. Figueres en Costa Rica, Arévalo y Arbenz en Guatemala, Gálvez y Villeda en Honduras formaron parte de esta nueva generación de gobernantes, reformistas y modernizantes, incluyendo posteriormente a la oficialidad joven hondureña en la segunda etapa en el poder del general Oswaldo López Arellano.

El neoliberalismo, siguiendo el modelo estadounidense, bajo Reagan y sus sucesores, se convirtió en el nuevo evangelio de las élites locales. Incrementos en la desigualdad social, concentración cada vez mayor de la riqueza, polarización clasista para las mayorías, prosperidad y diversificación de los ingresos (comunicaciones, finanzas, textiles, productos agropecuarios) para las élites, subordinadas al capital ultramarino, beneficiadas con dispensas y exoneraciones tributarias. Consúltese “Política fiscal: expresión del poder de las élites centroamericanas“, por el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi)