Más de 45 kilómetros de muro dividió en dos a la ciudad de Berlín y otros 115 kilómetros rodeaban su parte oeste. Este muro fue un signo de la Guerra Fría, un ejemplo claro del enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo, y peor aún, simbolizaba un atentado contra la libertad. En noviembre de 1989, el Muro cayó y el rumbo del mundo debió ser otro, el fin de la Guerra Fría, el fracaso de regímenes socialistas/comunistas, y los enfrentamientos por ideologías habrían terminado aún en democracias populares. Ideas liberales que profesan libertad y otras como las de Francis Fukuyama, politólogo estadounidense en su libro “El fin de la Historia y el último hombre”, explica que los triunfos de las democracias liberales dan como efecto la caída del comunismo y el fin de los enfrentamientos ideológicos. Pero es una paradoja, porque a 30 años de la caída del muro de Berlín, símbolo de libertad promovido por ideas liberales y neoliberales, se han reactivado aparentemente conflictos ideológicos entre la izquierda y la derecha como sinónimos de socialismo y capitalismo, resurgiendo el fantasma de la Guerra Fría.
La verdad es que las protestas en toda Latinoamérica volviéndola inestable no son de origen ideológico, sino protestas espontáneas y reaccionarias de una ciudadanía activa y jóvenes indignados por la corrupción de sus gobiernos y las desigualdades sociales y económicas. Mientras algunos sectores capitalizan con ideologizar estos movimientos sociales dividiendo la población en izquierda y derecha, otros sectores empresariales, sociales y de sociedad civil deben aportar respuestas de solución ante tanta conflictividad. Los jóvenes no estarían en las calles si tuvieran empleo que cuidar y la educación y la formación ocupacional que generan empleos son algunas respuestas de antídoto para la descomposición social.
El Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep) ha planteado una propuesta para modernizar la educación y la formación profesional para generar mayores oportunidades de empleo, es un planteamiento liberal al ubicar a la persona (estudiante y trabajador) en el centro, destacando que el talento humano es un ingrediente indispensable y central para el logro de un crecimiento inclusivo y sostenible con empleo pleno, productivo y trabajo decente para todos.