Columnistas

Dioses de barro

Los médicos son arrogantes, prepotentes, insolentes, se creen dioses y son simples mortales que han pseudo aprendido el arte de curar las dolencias humanas. Han visto nuestro interior porque se les ha permitido, han conocido el mecanismo de muchas partes de nuestro organismo, y así como muchas morbilidades pueden ser curadas, otras se resisten a dejarse conocer porque les encanta provocar temor y pánico a los seres humanos, que se asustan por el desconocimiento.

En pleno siglo XXI aún se vive en la edad de piedra, en la edad media donde el conocimiento era prohibido y podías ser consumido por las llamas de la ignorancia.

El juramento hipocrático fue concebido por el médico griego Hipócrates (siglo V a. C), el médico jura ante los dioses que adoraban -poniendo lo sagrado y teocrático como verdad suprema en su vida- que todo lo que hará será para la honra de ellos.

Este juramento ha caído en el olvido porque todo lo que promulga ha quedado desfasado por las nuevas corrientes de la humanidad donde lo primordial es enriquecerse y el ser humano queda como objeto de segunda. Esa es la persona que osa llamarse médico, esos que tienen una serpiente enroscada en su cuello porque creen que el espéculo es lo que los hace médicos, mas es una serpiente que demuestra lo que su inmensa mayoría son: mercantilistas de la salud.

Y es que la mafia de especialidades que se detenta dentro de los hospitales es terrible, cercenan la fe de los pacientes porque exigen que deben comprarse ciertos aparatos en casa comerciales que son de su preferencia, sea porque son dueños, socios o les avientan comisiones por dar la referencia de ese comercio expendedor, y no hacen las cirugías que se necesitan por el simple hecho de no haber comprado en la casa comercial suscrita al bolsillo.

Lo mismo ocurre con los medicamentos, los visitadores médicos llegan con nuevos medicamentos, las droguerías les pagan conferencias de personas reconocidas en el mundo de la medicina, los congresos se auspician y los pacientes son sometidos a nuevos medicamentos que al final traen consecuencias funestas para los que los utilizan. Hay medicamentos que dañan más que lo que sanan, al final, las enfermedades renales, el hígado, las articulaciones o el sistema nervioso quedan tan afectados, destrozados, que lo que le espera al paciente es tumbarse en un ataúd a ver pasar aviones, y esto queda en la impunidad.

A pesar de que existe necesidad de apoyo a las enfermeras cuando se hospitaliza a seres queridos, estos parientes que velan por el bienestar de sus seres queridos son expulsados cuando el galeno pasa visita con la resma de aprendices, y todas las recomendaciones y el padecimiento real que se padece es ocultado a los que realmente les duele la miseria a la que son sometidos los pacientes en las medicinas de hombres y mujeres de los hospitales; crueldad, mentira, indolencia y una falta de humanidad que horroriza a los que permanecen en manos de crueles servidores del ser humano, llegamos ser seres que simplemente no vale la pena luchar por ellos.

Llegar a las emergencias es un martirio, un calvario lleno de desesperanza, aquellos aprendices que están con sus celulares chateando, que atienden a los desesperados pacientes que claman alivio porque están fracturados, heridos, los que tienen fiebre por las diversas dolencias que se padecen o porque van a parir, cuántos hombres, mujeres, neonatos han fallecido porque los muchachos y muchachas vestidos de verde no acudieron para aliviar el dolor, extender su mano, y dar siquiera una mirada de bondad y compresión poniéndose en los zapatos del que sufre... Emergencia, solo es el nombre, porque las atención llega después de horas de paciente dolor, desesperación y sufrimiento.

Los carteles de la medicina llamados “hospitales privados” son los que sacan los ojos de la cara, su permanencia en ellos es de miles de lempiras, porque se usó una simple servilleta, por el uso de un pedazo de algodón, porque te ojeó un especialista, esto cuesta caro y al final los parientes quedan con las deudas hasta el cuello, aplicar un medicamento a través de una simple inyección cuesta hasta mil quinientos lempiras, y para la consulta -que solo dura hasta cinco minutos- hay que bolsearse hasta mil o mil quinientos lempiras y aún hay que permitirles porque “van a probar” que si tal o cual medicamento llegará o lo matará.

Ser médico debe ser por vocación a servir al prójimo, sentir empatía, sufrir el dolor de los demás, dar calidez y calidad de atención, amar al prójimo y no la plata del prójimo, si tú les debates te haces enemigos o te voltean a ver con insolencia y reprochan tu comentario.

Cuántas personas hay enterradas por las malas praxis, medicamentos equivocados que provocan otras enfermedades, diagnósticos equivocados, operaciones equivocadas de órganos sanos, ¿cuándo se les hará saber de su responsabilidad mandándolos a las ergástulas?, a otros hay que quitarle a licencia de ejercer para que no sigan dañando más a sus hermanos.

Que existen excelentes médicos, existen, a los cuales hay que respetarlos y que su nombre sea enaltecido porque brindan sus conocimientos, experiencia y cuando no saben algo son honestos y hacen la referencia al que él considera que sí sabe del problema; a éstos, honra.

Hay una historia conmovedora del leproso que gritó: “Jesús, hijo de David, si tan solo quieres”, y que le respondió: “quiero” y fue sanado. Vamos donde el médico porque estamos agobiados, las enfermedades nos destruyen y ellos deben ser bálsamo para nuestras heridas, para que sean discípulos del Galileo que dijo: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana”.

¿Cuándo tú, médico, te bajarás del pedestal, del altar al que te has subido porque crees que eres un dios?, sí, un simple dios de barro que una simple gota te deshace, recuerda que eres un humano y que tus padecimientos serán peores o iguales a los de aquellas almas que extendieron sus manos en súplica de una simple sonrisa para aliviar sus corazones oprimidos.