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Demasiado folclor

He titulado este artículo “Demasiado folclor”, como he podido llamarlo “Demasiada vulgaridad”. Quiero que de esta palabra se entienda un significado preciso, la primera acepción del Diccionario de la Lengua Española. En los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a que los políticos que son partícipes del Gobierno o pretenden serlo, tengan comportamientos que no están de acuerdo con las buenas formas y las buenas costumbres. Quizá siempre ha sido así, pero gracias a (o no sé si el término más adecuado sea “por culpa de”) las redes sociales hemos tomado conciencia de sus acciones.

Claro, entiendo que debido al nivel de formación y a que al pueblo hondureño le gusta la jocosidad, algunos de estos tristes personajes se hayan popularizado. Así se ganan la simpatía de los hondureños, con palabritas y palabrotas. Hasta hay quienes afirman que se muestran como son. Y cuando se trata de atacar a algún miembro del partido contrario, hasta les celebran su comportamiento.

Sin embargo, en la sociolingüística se ha acuñado el término registro, que modula el uso de la lengua según el contexto, considerando todas sus variables. Esto permite que regulemos el uso de la lengua dependiendo de dónde, con quién y en qué momento estemos usándola. A pesar de que es algo que no necesita, aparentemente, de mucho entrenamiento, sí es algo que se aprende en el sistema educativo. Y claro, las personas con mayor nivel cultural son capaces de adaptarse a más situaciones que las de menor nivel cultural.

Una de las variables que para el caso de los funcionarios se debe considerar es el rol que están desempeñando en la sociedad. Tienen una posición de honor y de respeto, han sido apoyados por la población en las urnas y no por esos comportamientos inadecuados. Su trabajo es serio y deben comportarse como tal. Desde el momento que se someten a la voluntad pública, el comportamiento que tengan de la puerta de su casa hacia fuera puede ser escrutado y consecuentemente condenado por la opinión pública.

Como sus ofensas a veces son mensajes públicos, difundidos por redes sociales, toda la población hondureña se convierte en receptora del mensaje; otra variable para considerar. Su comportamiento va más allá de la incompetencia lingüística de no saber distinguir qué registro lingüístico debo usar en determinados contextos y situaciones.

El ambiente que se respire en las oficinas de Estado, en el Congreso Nacional y cualquier espacio físico que tenga que ver con el ejercicio de gobierno debe ser agradable, respetuoso y sobre todo de acuerdo con el momento y a las circunstancias.

Y si pasamos de la sociolingüística a la semántica y a la pragmática, debo decir que ciertos usos lingüísticos solamente reflejan la calidad de pensamiento de los hablantes. Insultar, ofender o descalificar a un opositor en un debate o gratuitamente en redes sociales es sinónimo de incapacidad.

Es que hasta para ofender se puede tener altura. Basta con recordar la reconocidísima enemistad que existió entre Góngora y Quevedo, que lejos de ser estéril, fertilizó algunos de los versos más memorables de la lengua española.

La lengua que hablamos es reflejo de nuestro pensamiento, y la lengua que hablen nuestros funcionarios públicos es la lengua que nos representa y nos gobierna. Así que, estimado lector, hay que prestar más atención a las palabras.