No es fácil atar a un cóndor salvaje con una envergadura de poco más de dos metros y un pico afilado al lomo de un toro enfurecido de casi 454 kilos.
“El toro y el cóndor no son animales que tengan, digamos, buenas relaciones”, dijo Luis Bocangel, quien ayudó a supervisar la unión temporal de las dos especies recientemente en la celebración anual de lo que se conoce aquí como la Fiesta del Yawar, o Festival de la Sangre.
“Al toro le aterroriza el cóndor”, dijo Bocangel, hermano del alcalde de la ciudad. “El cóndor está tratando de picotear los ojos del toro”.
Una vez que los dos son atados, son liberados en una plaza de toros para que se enfrenten entre sí y a un grupo de toreros, mientras miles de personas observan. Es el punto culminante de este festival singularmente andino, celebrado aquí cada 29 de julio, al día siguiente del Día de la Independencia de Perú, en esta pequeña ciudad y algunas otras en lo alto de las montañas.
“El apu es el ave sagrada de los Andes”, dijo el alcalde, Walter Bocangel, usando una palabra que significa dios en quechua, la lengua indígena hablada aquí.
Muchos aquí en esta remota y empobrecida ciudad en una inclinada ladera a unos 3,139 metros, donde el cielo brillante parece especialmente cercano, creen que el cóndor, una de las aves más grandes del mundo, tiene un estatus divino.
“La yuxtaposición del cóndor y el toro representa la dualidad del mundo andino, entre el mundo celestial y el mundo terrenal”, dijo Juan Ossio, un profesor de antropología en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en Lima.
Ossio, un exministro de cultura, dice que la corrida de toros corresponde a una visión andina de la dualidad del mundo que data de tiempos precolombinos. Unir a los dos, el cóndor y el toro –cielo y tierra–, dice, es un ritual que recrea la totalidad de la comunidad.
Expresando la ira indígena
La creencia popular es que el festival se remonta al período colonial y fue creado como una manera para que el pueblo indígena local expresara su ira contra los conquistadores españoles: al colocar al cóndor encima del toro español podían, al menos simbólicamente, subvertir su subyugación. Otros dicen que el festival está vinculado con la lucha de independencia de Perú, que culminó en 1824 con la Batalla de Ayacucho.
En celebración, continúa el relato, el cóndor característicamente peruano fue puesto como una banderilla viviente para atormentar al toro imperial.
El festival comenzó con una ceremonia en una cruz pintada de blanco por encima de la ciudad donde un chamán vertió aguardiente, un fuerte licor de caña, en el suelo, parte de un tradicional “pago a la tierra”, una ofrenda a los dioses de la montaña.
Luego vino el desfile de cóndores. Este año, Coyllurqui atrapó dos aves, usando caballos muertos como carnada para atraer a los carroñeros en las altas montañas.
Uno era una gran hembra con un mullido collar blanco, plumaje negro y blanco y ojos rojos con pupilas azabache, ubicados en una cabeza desplumada. El otro era un joven macho, todo gris, con una frente con cresta y el hábito de picotear a quienes lo sostenían con su pico curveado.
Las aves, atrapadas un mes antes y alimentadas con intestinos, parecían ya acostumbradas a su entorno humano pero quizá confundidas por el ajetreo y el bullicio.
La ciudad ya había estado celebrando varios días en un rito anual de comida, danza y bebida. La costumbre establece que las bebidas fluyan libremente, incluida la chicha, un brebaje de maíz fermentado ligeramente amargo; el aguardiente de dulce olor; y la cerveza.
Algunos conservacionistas han demandado una ley que prohíba el uso de cóndores en la Fiesta del Yawar. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, un grupo ambiental, enlista al cóndor andino como una especie “casi amenazada”, diciendo que su población total en toda Sudamérica es probablemente mayor a los 10,000 ejemplares pero está declinando.
Pero el alcalde dijo que la ciudad se aferraría a su tradición, añadiendo que sin el cóndor el impulso económico que recibe del festival desaparecería. “Si la gente viene es para ver al cóndor”, dijo. “Si no hay cóndor, no hay fiesta”.
Hay más que aspectos económicos en la fiesta. Si las aves resultan heridas o muertas es un mal augurio. Un buen festival augura un buen año.
Las ambiciones políticas del alcalde también están en juego.
“Se tiene que organizar una buena fiesta, buena comida, buenos toros”, dijo Luis Bocangel, el hermano del alcalde. “Si no, se es un mal alcalde”.
En el último día del festival los cóndores fueron liberados. Las aves bebieron de copas de chicha, fueron paseadas por las calles de nuevo y
luego fueron llevadas a una empinada ladera, donde se reunieron cientos de personas.
“Todos en la comunidad hacen un deseo, y el cóndor se convierte en el portador de sus deseos”, dijo Ossio.
Después de oraciones y ofrendas, las cuerdas atadas a las patas de las aves fueron retiradas. “¡Suéltenlos! ¡Suéltenlos!”, gritaba la gente.
Fue un momento tenso. ¿Las aves resultaron heridas en la corrida de toros? ¿Fueron mantenidas en cautiverio demasiado tiempo? ¿Podrían volar? Las aves avanzaron a trompicones por la pendiente, agitaron sus largas alas y despegaron. Atadas a la tierra, habían parecido criaturas polvorientas, cautivas y tristes. En vuelo, eran majestuosas. Todos observaron mientras se convertían en puntos en la distancia.