En la calle están decenas de migrantes venezolanos por falta de albergues en Honduras

Los pocos refugios que apoyan a migrantes son de la sociedad civil; Migración afirma que están construyendo uno en Danlí y hay dos proyectos pendientes de aprobar

Un grupo de migrantes de Venezuela recibe vacunas anticovid. Los venezolanos vendían bombones para el pasaje.

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TEGUCIGALPA, HONDURAS.- “Chama, una ayudita”, pidió Jonathan Canizales mientras extendía una bolsa de bombones que había comprado para revender en el parque central de Tegucigalpa. Con una bandera de Venezuela que colgaba en su pecho dejaba claro que no era hondureño, pero lo que más lo delataba era su acento maracucho (de Maracaibo, Venezuela).

Para su mala fortuna, el aire que anunciaba las fechas decembrinas le calaba los huesos, por eso andaba una sudadera para que no le pegara con fuerza en la piel. Una calzoneta dejaba al descubierto sus pantorrillas, pero después de haber pasado por el Tapón del Darién era lo poco que le quedaba para ponerse. Sus pies llenos de hongos y golpes eran cubiertos por unas chancletas negras tipo crocs; esas mismas usó para caminar desde Tatumbla -donde los buses que salen de Danlí dejan a los migrantes- hasta el centro de Tegucigalpa, donde se apostó en las gradas de la catedral metropolitana antes de empezar a vender los bombones.

Estaba junto a otros 12 parientes, incluidos sus tres nietos de dos y cinco años, así como una pequeña de cinco meses que nació en Costa Rica, luego de que su madre, Génesis Parababi, cruzara el Darién embarazada.

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“Gracias a Dios aquí nos han tratado bien, nos han colaborado”, respondió cuando la periodista le preguntó sobre su travesía por Honduras.

Apenas tenía siete horas de haber llegado a la capital del país, pero sentía más empatía que en la decena de naciones por las que había pasado desde que salió de su natal Venezuela.

No sabía a dónde dormiría o qué comería junto a su familia, pero el no recibir comentarios discriminantes, no pagar por un salvoconducto y tampoco ser víctimas de asalto ya es un alivio.

Los migrantes que llegan a Honduras con el afán de cruzar de oriente a occidente, donde está la frontera con Guatemala, sienten que el país no les pone trabas administrativas para retenerlos, sin embargo, cuando cae la noche nadie garantiza sus derechos: se quedan a dormir en la calle, comen lo que la gente les regala y, si están enfermos, deben aguantar o conseguir medicamentos por su cuenta. Además, están expuestos a la violencia que impera en el país.

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No hay albergues estatales

La Unidad de Investigación de EL HERALDO llegó las 9:30 de la mañana al parque central de la capital donde se encontró con Jonathan y su familia. Las 13 personas estaban enfrente de la catedral metropolitana, algunas de pie, otras recibiendo la vacuna contra el covid-19 y otras vendiendo bombones.

Esa mañana, médicos y enfermeras de la Secretaría de Salud de Honduras realizaban una jornada de vacunación en la peatonal cuando se toparon con decenas de migrantes, incluyendo a la numerosa familia de Jonathan.

Los niños fueron los únicos en no recibir ninguna dosis por sus edades, pero al ver la paupérrima situación en la que estaban el personal de salud prometió regresar después del mediodía con ropa y leche para la pequeña de cinco meses. Así lo hizo.

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El equipo de EL HERALDO Plus pidió permiso a los migrantes para estar con ellos el tiempo que se quedaran en ese lugar, pero la noche cayó antes de que encontraran refugio.

“Pensábamos acostarnos donde está aquella cosa blanca”, comentó Yoxander Jesús Nieves, hijo de Jonathan, mientras señalaba la concha acústica ubicada en el centro de la capital.

Pasaban las 7:00 de la noche y la familia había decidido quedarse en ese lugar, pero la Policía Municipal les advirtió que era prohibido. No tenían dinero y apenas habían comido, por lo que pagar un hotel no era una opción.

“¿A dónde irán?”, preguntó el equipo de EL HERALDO Plus.

“Un señor nos ofreció quedarnos en su negocio aquí cerca, dijo que tenía cámaras y que allí nos observaría”, contestó el joven licenciado en enfermería.

$!Los migrantes usan a Honduras como país de paso. Se quedan en parques o calles bastante transitadas para pedir dinero.

El Estado de Honduras no tiene habilitado ningún albergue para los migrantes irregulares en tránsito, solo “el que se está construyendo en Danlí”, admitió Joseana Martínez, gerente de Derechos Humanos y atención al migrante del Instituto Nacional de Migración (INM).

“En Danlí es el primero que se va a construir, luego está un proyecto para Choluteca y aquí en Tegucigalpa, pero esos están en gestión para el próximo año”, puntualizó.

Esta situación, que cada vez es más preocupante, evidencia que el país es receptivo con los migrantes, sin embargo, está haciendo poco o nada para asistirlos, pese a que la crisis migratoria se agudizó desde 2020 cuando inició la pandemia del covid-19.

Solo en este año (del 1 enero hasta el 25 de noviembre de 2022) un total de 162,789 personas ingresaron de forma irregular por la frontera de Choluteca y El Paraíso, lo que significa que cada día casi 500 migrantes entraron a Honduras, principalmente de Cuba, Haití, Ecuador y Venezuela.

$!La mayor parte del tiempo no tienen qué comer ni donde quedarse.

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Los cinco albergues que hay (uno en Ocotepeque, otro en Danlí, el Tegucigalpa, otro en Tatumbla y el último en Choluteca) son administrados por iglesias, ONG o instituciones de la sociedad civil, mientras que a los Centros de Atención al Migrante Irregular (CAMI) solo envían a personas “que tienen retorno asistido a sus países”, explicó Martínez.

Cada albergue tiene capacidad de recibir entre 30 y 50 migrantes, es decir, si comparamos el número de ingresos diarios con el espacio en los refugios vemos que es matemáticamente imposible garantizarles una noche para dormir, comida y asistencia médica.

Esto se refleja en la cantidad de migrantes que están en las calles, como en el caso de Jonathan, quien jamás imaginó cambiar su oficio de panadero para intercambiar bombones por “una ayudita”, para ajustar el pasaje de cuatro de los 13 integrantes de su familia a quienes les habían robado todo en Nicaragua.

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$!Los migrantes agradecen que el país los recibe sin trabas aunque eso signifique dormir en la calle.

Una ruta de dolor

Jonathan y su familia tenían menos de dos días de haber ingresado a Honduras, pero querían salir antes de que se cumplieran los siete días que el salvoconducto les permite circular sin ningún problema.

Además, sus amigos y parientes les habían dicho que el presidente Joe Biden “abrió la frontera” y que “la van a cerrar en diciembre”, comentó Yoxander, hijo de Jonathan.

“Es difícil pasar una Navidad caminando, que no tengamos nada qué comer y cantidad de cosas... no es fácil, es difícil lo que nosotros pasamos”, comentó el joven con voz entrecortada, mientras retenía las lágrimas que sus ojos dejaban al descubierto.

“No es fácil”, repitió nuevamente, recordando cada vez que el lodo quiso tragárselo cuando avanzaba por el Darién o cuando un grupo de hombres armados les salió a mitad del camino. La peor parte fue recordar el momento en el que casi pierde a su madre porque fue arrastrada por la corriente de uno de los ríos, pero afortunadamente logró agarrarse de una rama de un árbol hasta salir del agua.

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Génesis Parababi también iba junto a ellos, no al lado pero sí al final del grupo. Iba en estado de gestación y recuerda “que vivía más en el piso que parada”.

Por gracia de Dios, como ella misma contó, su hija nació bien y, después de recorrer medio continente suramericano y parte de Centroamérica, espera llegar hasta Estados Unidos para darle un mejor futuro, aunque eso implique “sacar mi carpa y si nos toca dormir acá tenemos carpas”.

Con apenas cinco meses, la pequeña ha sufrido más de lo que un adulto podría soportar, pero su madre agradeció estar en Honduras “luchando por mi sueño y para ayudar a mi familia, a mis hermanos, a mis hermanas que también están en una situación crítica en Venezuela”, dijo.

No pensaban quedarse en Honduras, sus planes eran pasar la noche y cuando el sol se pusiera tomar un bus que los movilizara a San Pedro Sula y luego a Copán. Así lo hicieron.

Un mensaje de texto puso en aviso a la Unidad de Investigación de EL HERALDO Plus que estaban por llegar a la frontera con Guatemala, luego seguirían a México y, posteriormente, intentarían ingresar a Estados Unidos para no pasar la Navidad en las calles pidiendo dinero para poder sobrevivir.

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$!Unos 162,789 migrantes irregulares han ingresado al país desde el 1 de enero hasta el 25 de noviembre de 2022.
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