Este relato narra un caso real.
Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos detalles a petición de las fuentes.
CONFESIÓN. “Duermo poco. Bueno, con esta vida que llevo no se puede dormir en paz. Se vive en una angustia constante, los enemigos tampoco duermen, la Policía está detrás de uno y siempre hay traidores. Uno no sabe si va a vivir un día más... Pero así son las cosas en esto, y hay que seguir adelante... A veces quisiera creer que no es la vida que yo escogí, que me obligaron a ser lo que soy y trato de buscar a los culpables de que me haya convertido en delincuente... Y, entonces, recuerdo a mi abuela, golpeándonos hasta que le dolían las manos o hasta que nos dejaba medio muertos; a mi mamá, dejándonos solos por irse con otro hombre; a mi papá en Estados Unidos... a Dios, que a lo mejor miraba para otro lado cuando mis verdugos me destrozaban el alma...”
Hay lágrimas en sus ojos, guarda silencio, sorbe un poco del café negro que le sirvió su esposa y espera.
“¿Por dónde nos quedamos?, pregunta. ¡Ah, sí! Cuando vi sufrir de nuevo a mi abuela... Le mataron al segundo hijo en un billar. Tenía que pagar la renta, el impuesto de guerra...”
“¿La extorsión?”
“Sí, eso”.
“Ya”
“Le llegaron a cobrar y él se les puso al brinco a los muchachos, atacó a uno de ellos, lo golpeó y ya le iba a disparar en la cabeza cuando ella intervino y lo detuvo. El muchacho se levantó del suelo y salió corriendo del billar. Él le dijo: “¿Sabe lo que ha hecho, mamá? Pues me ha condenado a muerte. Usted me ha matado”. Al día siguiente llegaron dos gatilleros al billar, buscándolo, pero no lo encontraron. Dos meses después lo hallaron en un taller. Le dispararon quince veces”.
PREGUNTAS. “¿Por qué le pasaban estas cosas a mi abuela? ¿Merecía ella tantas desgracias? ¿Dios la estaba castigando? ¿Por qué ella no cambiaba su forma de ser con tantos golpes que le daba la vida? A veces, cuando no puedo dormir, me hago esas preguntas. Entonces me acuerdo de cada una de las cosas que ella nos hizo. Los golpes, los insultos, las humillaciones, el hambre que nos hacía aguantar, el frío, las patadas, lo grosera que fue con su mamá Lila, las brujerías que le hacía al último marido que tenía, las candelas que prendía para ganar en la lotería... Y, a pesar de que trataba de encontrar algo bueno, algún detalle de bondad, de generosidad en ella, no hallaba ninguno. Le gustaba el dinero, era trabajadora, pero nos hacía daño. A veces, también, me pregunto qué hacía el dinero que le mandaba mi papá para que nos criara. Nunca supe nada de eso”.
PASOS. “Conforme íbamos creciendo aprendimos algunas mañas. Le robábamos en la pulpería, le agarrábamos dinero y escondíamos comida, para cuando nos hiciera aguantar hambre. Ella lo notaba y entonces nos golpeaba con más fuerza y con mayor cólera. Una vez puso a calentar un cuchillo y le quemó las manos a mi hermanito para que le dijéramos donde habíamos escondido los treinta lempiras que se le habían perdido de la gaveta. Pero nadie le dijo nada. Mi hermano todavía lleva las cicatrices en las manos. Él había agarrado el dinero y lo tenía escondido debajo de la cama de ella misma. Yo creo que si yo hubiera sabido donde estaba se lo hubiera dicho. No olvido el olor a carne quemada, ni los gritos de mi hermano. Lo peor es que recuerdo la cara tiesa y horrorosa con que ella disfrutaba hacernos daño... ¿Por qué no nos quería? ¿Para qué se hizo cargo de nosotros si le estorbábamos? Yo creo que era por el dinero que supuestamente mandaba mi papá cada mes... Solo ella y el diablo lo saben...”
FINAL. “Todo eso tenía que terminar. A los doce años me fui de la casa... Me fui solo. Allá quedaron mis hermanos... Aquí me recibieron como uno de ellos, me dieron comida, dinero y me cuidaron. Me hice uno de ellos y ascendí... Míreme, llegué hasta aquí, me pinté la cara, me hice respetar y hoy soy uno de los toros pesados, como se dice...”
CENA. La conversación va para largo, llega la hora de la cena y, de nuevo, el comedor huele bien. Hace calor en San Pedro Sula, a pesar del aire acondicionado. Son las siete de la noche del miércoles trece de mayo de dos mil quince. En la televisión aparece la noticia de la matanza de los queseros, cerca de estación de Bomberos en la zona de El Carrizal, y de la captura de algunos sospechosos; él hace algunas llamadas, grita, gesticula y se levanta de la silla, furioso. Ya no se oye lo que dice. No me interesa. Cuando regresa a la mesa se ha calmado un poco.
“Esto nos va a traer problemas, dice, y come despacio. Mire, vienen cosas grandes, bien grandes... Va a caer gente, torotes, y ya va a ver como se arma el molote... Yo quisiera irme de aquí, escapar, como cuando salí de la casa de mi abuela, sacar a mi familia de esto, tengo dos chavalitos y una niña, mi mujer vive con miedo y yo, por más que me las tire de duro y de frío, también tengo miedo... Los enemigos, la jura, los polis traidores, los compañeros que no son tan fieles, la misma gente con la que uno trabaja... Pero cuando pienso en irme de Honduras me pregunto: ¿Adónde puedo ir? Estoy marcado para siempre, me conocen, me busca la Policía y adonde sea que vaya no voy a estar tranquilo... Pienso que lo mejor es que saque a mi mujer y a los hijos de aquí porque yo tengo la vida vendida, y no quiero que me les hagan nada... Mire, cuando veo mujeres llorando a sus muertos me duele el corazón. No es que sea un santo, es que pienso en mis hijos, en mi mujer que se va a quedar sola cuando a mí me den pa’bajo... Entonces, ¿qué va a ser de mis hijos? Tengo dinero, pero es dinero mal habido, y lo mal habido siempre tiene un mal fin... Entonces, ¿qué puedo hacer? Aguantarme, seguir aquí hasta que me toque, hasta que me llegue la hora... Aunque nadie lo crea, nosotros también tenemos sentimientos, y si a veces hacemos daño es porque es parte del trabajo... No tenemos opción... Tal vez suene cínico, inhumano, salvaje, pero yo soy parte de ese lado oscuro de la sociedad. A nosotros nos maldicen, nos satanizan y nos odian; a los que se robaron el pisto del Seguro los tratan con pétalos de rosa... Fíjese que a veces me he puesto a pensar que nosotros bien podríamos castigar a esos pícaros que mataron miles de personas al robarle al Seguro... Pero son ideas..., aunque, si las pusiéramos en práctica le aseguro que limpiaríamos a Honduras de esas lacras. A veces pienso que son como mi abuela, igual de dañinos, igual de destructores, igual de perversos, pero allá Dios con ellos.”
“Me he fijado que usted menciona mucho a Dios, en bien y en mal”.
“Creo en Dios, aunque esto le parezca raro...”
“Hábleme de este mundo en el que vive...”
“No le entiendo bien ¿Quiere saber de lo que hago?”
“Sí, a la gente le gustaría saber que ha hecho en todos estos años...”
“¿Los delitos que he cometido? ¿Los crímenes, mejor dicho?”
“Sí, eso”.
“Mire, tengo un expediente grandote en la Policía, pero como he tenido buenos amigos allí, me las he arreglado. La fregada es que los están limpiando, los están depurando, y ya los polis no se arriesgan como antes... Ya no se sabe en quien puede confiar uno... En la Policía siempre hay gente que le agarra dinero a uno, pero ya son pocos, y los van sacando, se desertan o los pelan... Si es la Policía Militar, esa es más yuca... No son santos pero no se les puede entrar... Los militares no son tan imbéciles como para agarrarle pisto a uno... Aunque hay unos que andan en las grandes ligas... ¿Sabe usted a quiénes les dicen “Los piratas del Caribe”? Se dicen unas cosas de esa gente... Y si es con los antiextorsión vamos mal. Esa es otra gente. Hemos querido entrar, les damos seguimiento a algunos agentes, los estudiamos y vemos hasta dónde podemos llegar, pero nada, esa es otra preparación... Ahora, el problema que se nos viene es que nos estamos quedando solos. Sin la ayuda que nos han dado algunos... las cosas se van a poner más difíciles... Hay unos que quieren darles golpes a los juras, tocarles allí donde más les duela, pero los más fríos de la cabeza dicen que el día que hagamos eso nos van a barrer... Capaz y se queman los penales donde tenemos gente... Mire, el delito prosperó pero todo lo que sube baja... A Juan Orlando no le tenemos miedo... Nos pela el eje, como dice Polache, pero es el Estado, y enfrentarse con el Estado es la muerte, sino me cree mire a Pablo Escobar cómo terminó...”
“Bueno, bueno..., usted está cambiándome el tema... A la gente le gustaría saber algo más directo... De las extorsiones, el narcomenudeo, el sicariato...”
“No, de eso no puedo hablar... Yo quise que usted contara mi historia, la parte de mi historia en la que mi abuela me convirtió en esto, en animal despiadado, en delincuente..., en hombre malo. Y le he pedido que la escriba para que sirva de ejemplo, para que los padres piensen primero en los hijos que tienen antes de pensar en ellos mismos, para que las madres sean dignas y no se bajen el calzón con otro mientras tengan al marido de planta, eso daña a la familia y sobre todo a los niños. Yo no soy quien para señalar a nadie, pero odio a mi abuela, odio a mi mamá... Ellas me dejaron en el lodo…”
“¿Y sus hermanos?”
“Hubo un traslado de paisas de la cárcel de San Pedro para la de Amarateca. En un motín me mataron a mi hermanito, al que me seguía a mí... Mi hermana está en Estados Unidos... Para allá quisiera mandar a mi esposa y a mis chavalitos... Tienen visa gringa pero tengo miedo de que me les hagan algo... Creo que mientras yo esté van a estar seguros..., aunque a veces creo que estoy equivocado...”
NOTA FINAL. A las once de la noche termina la conversación... Hay tristeza en los ojos de aquel hombre, y hay miedo, mucho miedo. Él sabe que su final está cerca, muy cerca... Al fondo, la casa ya está oscura. No conozco San Pedro Sula y cuando quiero recordar la ruta por la que salí, me pierdo... Allá queda un hombre que creció y se formó en la tortura, que cosecha el odio en su corazón y que sabe que morirá joven: “Por todo el daño que he hecho, dice, con acento resignado y triste. Si Dios es justo, tal vez me perdone”.
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