Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: Los cómplices perfectos (1/2)

Emec, la venganza es como el cáncer: te come vivo. Michelet Cherenfant
19.05.2024

VISITA. Héctor Gustavo Sánchez, ministro de Seguridad, bajó de su despacho a la sala de espera, donde yo lo aguardaba desde hacía unos minutos. Tuvo esta deferencia porque mis limitaciones para caminar son mayores cuando se trata de subir gradas; y es que mis rodillas ya no soportan tanto peso.

“Gracias por recibirme, general -le dije, después del saludo-; y gracias por bajar de su oficina”.

“Con mucho gusto” -me contestó.

“Tengo dificultades para caminar -agregué-, y las gradas...”

.“No se preocupe por eso”.

“Muchas gracias, general”.

Héctor Gustavo Sánchez es un caballero, en toda la extensión de la palabra.

“Le tengo un caso que sé que les va a gustar a sus lectores -añadió-; y a sus lectoras”.

Yo sonreí. El uso del lenguaje inclusivo es una forma de respetar y valorar al género femenino más allá de las tradiciones patriarcales que han dominado al español por largos siglos. Y, como dijeron el papa Francisco y el Dalái Lama: “Soy feminista. ¿No es así cómo se les llama a los que defienden y respetan los derechos de las mujeres?”.

Cuando le hice este comentario al general, me dijo:

“Todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos -me contestó-, y tenemos la obligación a respetar y defender la igualdad entre hombres y mujeres, no sólo porque lo dice la ley, sino porque fuimos creados iguales, y ha llegado el tiempo en que los machismos aberrantes deben sepultarse en el basurero de la historia”.

Tengo que decir, también, que Héctor Gustavo Sánchez es uno de los ministros más preparados académicamente que han ocupado el despacho de Seguridad, ya que posee hasta un doctorado; y es uno de los más cultos que he conocido.

Y, con todo esto, sigue siendo el hombre sencillo de siempre, al que conocí cuando era comisario, y yo impartía las clases de Criminalística, Psicología Criminal y Criminología en la Universidad Nacional de la Policía de Honduras (UNPH).

Escribo esto porque creo que los mejores hombres y mujeres deben estar al servicio de su patria y de su pueblo, en el cargo que sea. Sus esfuerzos deben dirigirse siempre a procurar el bienestar común y la grandeza de Honduras.

“Porque todos y todas tenemos la obligación de engrandecer al país que Dios nos dio”.

“Así es”.

“Pero, hablemos del caso que le tengo me dijo el general, dejando aquella conversación a un lado-. Es un caso viejo, como le dije, y se estaba empolvando en los archivos de lo que fue la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC). Lo recordé porque fue algo impresionante en aquellos años, y es y seguirá siendo una muestra de que los límites de la maldad humana son infinitos...”.

“El propio Jehová -le dije-, el mismo Dios creador dijo que el corazón del hombre piensa continuamente en el mal, y que su corazón es engañoso y perverso...”.

“Es lamentable, pero es la verdad... -exclamó el general, con un suspiro de decepción-. La Maldad, como un ente siniestro, se ha esparcido por toda la faz de la tierra; pero todavía sigo creyendo que los buenos somos más, y que, al final de todo, vamos a vencer al Mal con el Bien”.

Yo no dije nada.

“Este caso es una muestra de esa maldad -añadió-, porque creo que no hay maldad más grande y más indigna que la venganza...”.

Yo seguí en silencio.

“La venganza es el último escalón de la degradación humana siguió diciendo-. Echa raíces en el corazón y lo envenena todo; busca la destrucción del otro, mide el dolor que puede causar y el daño que pretende hacer. Y cuando se llevan a la realidad todos estos pensamientos, todas estas ideas y planes, se demuestra la vileza de la que es capaz quien no puede controlar sus impulsos y sus emociones, y actúa como el más peligroso de los criminales. Compararlos con una bestia no es lógico. Las bestias no buscan venganza. Actúan para sobrevivir. No son criminales, como el ser humano. Es más, las bestias no matan a sus crías. Son los humanos los que asesinan a sus crías antes de nacer... Son los humanos los expertos en causar daño, en hacer lo malo... Pero, como le dije antes, el Bien ha de triunfar sobre el Mal. Llegará ese día”.

Caso

Las copias del viejo expediente apenas podían leerse, pero en ellas estaba la descripción de uno de los casos más difíciles que tuvo la DNIC.

“Este es uno de los casos más crueles que recuerdo -me dijo el general Sánchez-. Porque hubo un caso, en los últimos días en que la investigación criminal estuvo a cargo de la Dirección Nacional de Investigación, el famoso DIN, que impresionó a los mismos detectives, y esto que eran gente dura, formada en el Ejército, militares entrenados para destruir al enemigo y preparados para dar la vida en la misión que les encomendaran... Nosotros estábamos en la Academia de Policía en aquel tiempo, y uno de los instructores lo comentó...”.

Hizo el general una pausa, tomó un poco de agua, y agregó:

“Resulta que el dueño de una de las haciendas más grandes y ricas del norte se dio cuenta que su esposa había tenido una aventura con uno de sus peones, un muchacho al que acababan de contratar para ordeñar vacas. Furioso, el hombre buscó al peón, hasta que lo encontró cerca de Baracoa, cuando escapaba hacia San Pedro Sula. Allí lo amarró cerca de las vías del tren, le puso un embudo en la boca, y lo obligó a tragar más de un galón de leche; después, lo hizo que se tragara tres pastillas de cuajo Marshall, y le selló la boca. Después, se sentó debajo de un árbol a esperar que las pastillas de cuajo hicieran efecto. No esperó mucho. La leche cuajada empezó a salirle al peón por la nariz, y él mismo le quitó la mordaza para que no se ahogara y tuviera la muerte más horrible que se pueda imaginar. El tormento del muchacho duró media hora. El estómago le estalló por dentro, y no tardó en salir la cuajada con sangre. Algunos testigos dijeron que el muchacho le rogaba al hombre que lo matara de un tiro”.

“Eso le pasa al que se atreve a ver mujeres ajenas” -le dijo el hombre, sin mostrar la menor compasión.

Siguió a esto un momento de silencio. El general Sánchez es un hombre muy ocupado; sin embargo, bajó de su despacho sin teléfono y con el tiempo suficiente para atenderme, lo cual le agradezco mucho.

“Hasta esos niveles de crueldad llegan los deseos de venganza de algunas personas -me dijo-. Y, como autoridad, la Policía no puede evitar que esos sentimientos impulsen crímenes como estos... Por desgracia, detrás de cada crimen, hay una razón, y, en la mayoría de los casos, hay algo que hizo la víctima y que causó el mal... Nosotros no podemos prevenir actos así. Lo que nos queda es perseguir al criminal y llevarlo ante la justicia... Pero sé que el Estado puede hacer campañas que enseñen que el delito no paga, que el final del delincuente es la cárcel, y sé que con algo así podrían evitarse muchos crímenes”.

El general tomó otro sorbo de agua, y añadió:

“Durkheim dice que el delito es necesario. Yo no lo creo, aunque estoy de acuerdo con él que el delito se haya ligado a las condiciones fundamentales de toda vida social y que ayuda a la evolución de la moral y del derecho. Por supuesto, Émile Durkheim y Michel Foucault no eran policías. Los sociólogos vemos el fenómeno criminal en un contexto más amplio al de la víctima y victimario; vemos a la sociedad entera en cada delito, y la influencia de la sociedad en el crimen. Los policías vemos al crimen como algo a lo que hay que combatir y derrotar. Vemos al criminal como alguien que debe ser separado de la sociedad, y nos esforzamos en cumplir con nuestra misión de servir, salvar y proteger... Pero entre las buenas intenciones y la realidad hay un trecho muy ancho. Aunque en este momento vemos grandes logros contra el delito, sabemos que falta mucho por hacer, y, dejando a un lado las teorías, nos dedicamos a atacar a los criminales estén donde estén, sean quienes sean y tengan el poder económico que tengan, como los narcotraficantes a los que hemos capturado y enviado a Estados Unidos, por ejemplo”.

Hizo un gesto el general, cortó la conversación en este punto, y me dijo:

“Aunque parece que nos hemos salido del tema, no es así. La maldad humana es algo que debe combatirse por todos los medios, y casos como este, deben ser conocidos para que la sociedad se dé cuenta que, por muy perfecto que parezca un delito, tarde o temprano la Policía lo va a descubrir, y el criminal será llevado ante la justicia. Eso fue en lo que nunca pensó don Martín. Planificó su venganza paso a paso, día tras día, y esperó a que todo el mundo creyera que “todo se lo había dejado a Dios”; es más, se fue del pueblo, al que juró que nunca iba a volver... Hasta que llegó el momento en que empezó a actuar... Por supuesto, como se ha dicho siempre, no hay crimen perfecto, y don Martín, desde el inicio, cometió uno de los primeros errores que le permitieron a la Policía desenredar el misterio de este caso, y ese error fue que se dejó ver en el pueblo. Habían pasado varios años, su aspecto había cambiado, y creyó que nadie lo recordaba, o que nadie lo reconocería... Pero no fue así; y ese fue su primer error... Y está claro que los policías no somos tontos. ¡Claro que no!”.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA...