Durante el transcurso de este día y noche, recordamos el hecho que evocamos la antesala del martirio, precedido por diversos hechos, entre los que destacan la Última Cena del Señor con sus discípulos y la despedida final, inmortalizada, al igual que otros conmovedores episodios de la vida, Pasión y Resurrección de Cristo, por pintores, músicos y escritores.
También, la captura por los centuriones; la negativa de Pedro a reconocer a su cercano apóstol, lo que reveló su cobardía ante la segura represión de que sería objeto; el tardío arrepentimiento de Judas, el traidor; su traslado al tribunal que lo juzgará y el clamor de la multitud exigiendo su condena a muerte, a lo que accedió Pilatos, sucumbiendo a la
presión colectiva.
Finalmente, las horas de oración y diálogo entre el Hijo y su Padre, en que Jesús volvió a recordar los hechos más destacados de su vida terrenal y la prédica realizada a lo largo y ancho de Palestina, anunciando la revolucionaria buena nueva: la igualdad de los hombres y la opción preferencial por los desheredados, sin voz y sin poder.
Así, estas veinticuatro horas que se suceden vertiginosamente, marcan acontecimientos de la máxima importancia en los anales cristianos, que desembocan en su prolongado suplicio, agonía, deceso
y resurrección.
Estos días sacros, donde quiera que nos encontremos, dediquémoslos a la reflexión solidaria con el Mártir del Gólgota, fuente permanente de virtud e inspiración para nosotros, los mortales.
Que su trayectoria terrenal inspire siempre nuestra conducta pública y privada, sin hipocresías.
Él nos ofrece el ejemplo y nos enseña la ruta a transitar: convicción en nuestras ideas, anuencia a divulgarlas y defenderlas en el marco de la fe, la honestidad y
la integridad.