Oriente Medio: un éxodo sin final

Porque en su origen no hay negociación ni consenso, sino urgencia, miedo y decisión

  • Actualizado: 02 de abril de 2026 a las 11:32

Hay años en los que la historia parece susurrar y otros en los que irrumpe sin pedir permiso. Este es uno de los segundos. Pésaj llega esta vez acompañado no por la serenidad del ritual, sino por el zumbido persistente de misiles sobre Tel Aviv, recordándonos que la distancia entre el relato fundacional de la libertad y su expresión contemporánea es mucho más corta —y más incómoda— de lo que solemos admitir. Lejos de ser una contradicción, esta coincidencia es casi una confirmación: Pésaj nunca fue una celebración de calma, sino de ruptura.

Porque en su origen no hay negociación ni consenso, sino urgencia, miedo y decisión. Sangre en los dinteles, pan sin tiempo para fermentar, un mar que se abre no por acuerdo sino por desesperación. La libertad, en ese primer relato, no aparece como un derecho concedido, sino como una fractura en el orden existente. Y, sin embargo, cada año la tradición insiste en formular la misma pregunta —por qué esta noche es diferente— como si la respuesta pudiera encontrarse únicamente en el pasado. Este año, esa respuesta no está en la mesa ni en el texto: está en el presente.

Pésaj, en ese sentido, desborda lo judío para convertirse en una estructura universal. Desde la Revolución Francesa hasta la retórica moral de Martin Luther King Jr., la narrativa del Éxodo ha servido como molde para imaginar la emancipación: un poder que oprime, un pueblo que resiste y un horizonte que legitima el sacrificio. Lo que cambia son los nombres; lo que permanece es la lógica. Pero esa lógica, cuando deja de ser relato y se convierte en presente, pierde claridad moral y gana ambigüedad.

Eso es precisamente lo que ocurre hoy en Oriente Medio. La confrontación entre Israel y Irán ha cruzado un umbral que durante años se consideró improbable, transformando una guerra indirecta en una tensión abierta y estructural. Durante décadas, Irán construyó una red de influencia basada en la distancia —Hezbollah, Hamas y otros actores— que le permitía proyectar poder sin asumir plenamente el costo de la confrontación directa. Ese equilibrio, imperfecto pero funcional, comienza a erosionarse, y con él desaparece también la ilusión de control.

Frente a esta nueva realidad, persiste en algunos círculos la expectativa de una resolución rápida, apoyada en la superioridad tecnológica o en la presión internacional. Sin embargo, la historia de la región sugiere lo contrario: las guerras aquí no responden a lógicas lineales ni a tiempos breves. Irán no es un actor improvisado, sino un Estado que ha invertido décadas en prepararse para escenarios de desgaste prolongado, que ha distribuido sus capacidades estratégicamente y que entiende el tiempo no como una limitación, sino como un recurso. Reducir el conflicto a una cuestión militar es, por tanto, insuficiente.

Lo que subyace es una colisión de narrativas incompatibles. Para Israel, la guerra no es territorial sino existencial, una reiteración de una memoria histórica que el Hagadá formula sin ambigüedades: en cada generación, alguien se levanta para destruirnos. Para Irán, en cambio, el conflicto se inscribe en una visión del orden regional en la que Israel no es simplemente un adversario, sino una anomalía que debe ser corregida. Entre ambas posiciones no hay espacio para la neutralidad, y el tiempo, lejos de amortiguar la tensión, tiende a intensificarla.

Las consecuencias de esta confrontación exceden a sus protagonistas inmediatos. Un Irán fortalecido —ya sea mediante capacidad nuclear o mediante desgaste estratégico de sus adversarios— redefiniría el equilibrio de poder en el mundo árabe y alteraría las condiciones bajo las cuales se entiende la soberanía en la región. En ese escenario, la pregunta central deja de ser quién gobierna y pasa a ser bajo qué condiciones se permite existir, una cuestión que conecta de manera directa con el núcleo mismo de Pésaj.

Porque, en última instancia, Pésaj no es solo un recuerdo, sino una interrogación permanente sobre la posibilidad de la libertad en contextos que la niegan. Esta noche, como cada año, se abrirá la puerta para recibir al profeta Elías, en un gesto que combina esperanza y reconocimiento: el mundo que anuncia aún no ha llegado. Y quizás esa sea la conclusión más incómoda de todas: que el éxodo no ha terminado, que el desierto no quedó atrás y que, incluso ahora, seguimos avanzando en medio de él.

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