Estará de acuerdo conmigo, estimado lector, de que este es un país hostil para los sueños. Los esfuerzos cotidianos de tantos caen sobre un terreno árido, y queda la sensación de que en lugar de obtener algún fruto lo único que se ha hecho es perder las semillas que en él se depositaron. Las calles de este sitio las ronda siempre una jauría, perros rabiosos que nos acechan todos los días, estamos a expensas del robo, del asalto, de la estafa, de la violencia, de la discriminación, del abandono y se puede seguir como en una letanía; los gritos de auxilio se esfuman. Los pobres sobre todo hablan una lengua que la diosa Temis no entiende. El destino parece habernos arrojado aquí sin ningún tipo de piedad ni compasión.
Estará de acuerdo también en que los adultos hemos aprendido a sobreponernos a estas circunstancias y otras tantas que nos rodean. Hemos aprendido que “las cosas son así”, que a veces el mérito no es lo más importante y que la justicia es extraña. Pero yo he llegado a la conclusión, así como otros tantos compatriotas, que este no es el país que quiero para mis hijos. Y pienso que puestos en este punto las personas ven tres opciones: migrar, crear una burbuja y, la menos frecuente por titánica, desvivirse por cambiar el país.
Sin embargo, este país de eventos tan extraños, ridículos y absurdos no nos derrota y quisiera referenciar a dos pensadores excepcionales: Viktor Frankl y Albert Camus. Palabras más, palabras menos ellos pensarían que los hondureños somos unos seres humanos admirables. Pensarían eso porque somos muy resilientes, conservamos un excelente sentido del humor y, por último, aún somos capaces de la esperanza a pesar de las terribles adversidades con las que nos enfrentamos.
Yo pienso que somos admirables porque nos enamoramos del conocimiento en un ambiente que no lo favorece, hacemos arte entre muchas adversidades, (deténganse a pensar en lo crítico de la situación, que los escritores solo necesitamos de la palabra para hacer arte y la hacemos con las uñas), hacemos deporte por puro cariño y tesón, emprendemos, soñamos, creemos en unas mejores condiciones, estudiamos, nos preparamos. Qué difícil es la esperanza, pero sí, aún la tenemos y por esa razón somos profundamente admirables.
Y si usted es de los esperanzados como yo, quisiera animarlo a que no la pierda, después de todo es el único camino que tenemos para que un día el panorama que nos rodea sea mejor.
Y si acaso fuera usted una persona sin esperanza o a punto de perderla, quisiera decirle primero que no tengo yo manera de culparlo, pero sí debo decirle que creo que hay en la naturaleza humana una condición de superponerse a estas circunstancias que le he comentado. Este país que habitamos es definitivamente una selva que no nos trata bien ni a nosotros, ni a nuestros antepasados y posiblemente tampoco lo hará con nuestra descendencia, pero creo que sí somos capaces, con la alegría, con el arte, con el buen humor, con la dignificación de nuestro ser, de transformar si no el país completo por lo menos nuestro entorno.
Un ser humano sin esperanza creo que solamente puede producir tristeza, desolación y vidas accidentadas a su alrededor. Eso sí, la esperanza de la que le hablo es una que llama a la acción y nos invita a no claudicar en caso de fracaso, y a no detenerse si la victoria nos favorece.