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Aquel insulso para custodiar los asuntos bajo su responsabilidad, no así para los de su propia conveniencia, sujeto de tan ingratos recuerdos en nuestro país, ahí está como si nunca estuvo. Toda la energía negativa que diseminara acicateando la conflictividad que nos agobiara en el 2009 en vez de intentar, siquiera, resolverla, quizás sea ahora la que también llene sus días y sus noches. Si es que en realidad aún anda por ahí. Aquí se le vio mal, muy mal, pero no se le deseó mal. Porque nosotros no deseamos mal ni a los malos. Solo se anhelaba entonces, como ahora, fuera y sea conocida la verdad, después de escuchar los alegatos de las dos partes, indagar y revisar tantos documentos. El insulso decidió tirar las carpetas bien documentadas que le hubieran aclarado en parte la confusión en que llegó y en la que decidió mantenerse, obsecuente con quienes, equivocado siempre, pensó le serían patrones confiables y garantía de la vigencia de sus prebendas. Se equivocó. Ese tipo de gente, por lo general, se equivoca. El rostro comprimido, el ceño más fruncido, en rechazo a lo que no quería escuchar, la verdad. Buenos recuerdos, después de todo. A saber dónde estará, perdido en el anonimato del que nadie dará cuenta.

Insulza, así, sin títulos respetuosos de los que él mismo, con su arrogancia y menosprecio por nuestra identidad, se asegurara disipar, aspiró a mucho más de lo que inmerecidamente alcanzara. Y hasta ahí llegó. El mismo sino que se labra la espinosa aspirante a la secretaria de la ONU. Arrebató con trampas y perfidias la titularidad que estaba comprometida y le correspondía a Lizzy Flores, embajadora de Honduras. Solidaridad por su condición de compatriota, quizás, de mujer y liberal, también, pero nada que lamentar. Lo que no es para uno, mejor que se pierda lejos, para ganancia. Por ahí pasó aquella espinosa dama, sin pena ni gloria. Y así seguirá. Mejor sentarse a verles pasar. Ya llegarán otros tiempos. Si Dios quiere. Si no, a seguir viéndoles, en paz