Recientemente se publicó en La Gaceta el nuevo arancel del profesional del derecho, el que ha desatado las más feroces críticas, unas muy atinadas y otras infundadas.
Hablar mal de un abogado no es difícil, en la batalla por la justicia, siempre habrá uno malo y uno bueno, dependerá quién ganó el juicio y de qué lado del proceso estaba usted. El propósito de este breve artículo es hacer una reflexión sobre la profesión de la abogacía.
Normalmente al abogado se le ve con recelo, se le descalifica continuamente; sin embargo, dentro de la sociedad, un abogado tiene la delicada función de defender y representar los intereses económicos y personales de su cliente –lo que debe hacer con suma responsabilidad– en tanto que, en sus manos se ha colocado, por ejemplo, el patrimonio de una familia, la libertad de una persona, las prestaciones laborales de un empleado, el reclamo al Estado por violación de sus derechos o la indemnización por mala praxis médica, por ello, no está de más decirlo, lo que se le exige al abogado no es parecido a lo que se le exige al ingeniero, al agrónomo o al mecánico, en su labor no trata con cosas inanimadas, trata con seres en donde la lucha de pasiones o de intereses puede llevarlo a pelear la más justa de las batallas o a transitar por la más cruenta o vil de las cruzadas; en esta profesión de Cicerón se requiere no solo de capacidad e inteligencia, templanza, carácter y perseverancia, características que tienden al buen ejercicio de la profesión, sino que además se demandan principios éticos y morales, pues se espera que el abogado sea una persona virtuosa, que predique la lealtad, que busque la justicia -faltándole esos valores, será cualquier cosa, menos, abogado-.
El abogado es consejero, psicólogo y a veces simplemente amigo, pero en todo caso, deberá siempre ser confidente, sus clientes deben revelarle hasta el último detalle que requiera su defensa, y a partir de ahí, el abogado sella sus labios y se convierte en guardador de secretos, los que llevará a la tumba y los posará en la almohada del tiempo inmortal.
Eso no tiene precio. Cuántos secretos de familia y cuántas sonrojas situaciones, cuántas culpas reveladas y cuántos crímenes resueltos, y todos morirán con él.
Es así como para entender el trabajo del abogado no es cuestión de creer que es repetidor de preceptos, se debe tener en cuenta el entorno que le rodea, diariamente se enfrenta con pasiones, conductas, deseos e inclinaciones que de alguna manera afectan la vida en sociedad, si entender todo ello en un solo cliente es difícil, no digamos entenderlo en varios; por ello nos aconseja J.
Eduardo Couture: “Olvida: la abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti.
Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota”.
Encontrar todo ello en una sola persona no es fácil, los principios y valores no se encuentran en la pulpería, en el supermercado o en la farmacia, vienen forjados desde nuestros antepasados, somos el reflejo de lo que nos han enseñado, de lo que nos han transmitido nuestros padres y de lo que a ellos transmitieron sus padres y abuelos, y así hasta llegar a los originarios que fundaron nuestra terra patrum.