Columnistas

De granito en granito

“De granito en granito, se llena la gallina el buche”. Cuántas veces no lo hemos escuchado cuando alguien nos ve desesperados ante asuntos que no avanzan con la rapidez que queremos. Acostumbrados a un mundo de comida instantánea, de historia que se ve por TV “en tiempo real”, con todo al alcance de un clic del ordenador, con frecuencia experimentamos una impaciencia invasora que antes no conocíamos, cuando nos incomodamos -por ejemplo- con alguien que no responde de inmediato el teléfono móvil, porque la comida “se está tardando demasiado” o porque un “parsimonioso” hijo parece no “entender el valor del tiempo”...

Esta prisa de la modernidad (que criticaba memorablemente Chaplin en su famoso filme), ha modificado tanto el esquema mental de todos, que mucha gente quisiera que los cambios en la sociedad ocurrieran de la noche a la mañana, en un abrir y cerrar de ojos. Como si se tratara de una bolsa de palomitas para microondas (que uno mete en el horno y en un par de minutos está lista), observadores y participantes de acontecimientos relevantes, cuestionan la tardanza en la evolución de los procesos sociales que analizan o en los que toman parte, demandando resultados inmediatos, certeza en el actuar y en el decir, valiéndose para ello de odiosas comparaciones de nuestra historia y sus protagonistas, con los de otros países y otras épocas.

Si una persona se atreve a dar un paso al frente para representar o liderar a otras, se demanda ya de ella toda la prestancia y gestos de las más experimentadas; si alguien se anima a proponer la solución de una problemática, queremos que la acompañe de una caja de herramientas y primeros auxilios para resolver cualquier contingencia. Criticamos la cultura de la calidad y eficiencia del mundo globalizado, pero reclamamos cuando yerran el individuo o el grupo, olvidando cómo nos fue con el primer paso infantil. O sea, además de impacientes, nos quejamos a raudales.

Paradójicamente, esta tendencia dominante puede contrarrestarse aprovechando oportunidades que brindan los espacios de aprendizaje formales y no formales. Hace algunos años, cuando ocurrieron las “marchas de las antorchas” contra la corrupción, en aulas universitarias propusimos a nuestros estudiantes desarrollar “propuestas para resolver” los problemas que más les “indignaban”, fueran estos del entorno nacional, comunitario o universitario.

En ejercicios de prueba y error, ellos constataron que, con un poco de ingenio e iniciativa, no había desafío del país que no pudiera acometerse, por muy grande que este fuera o por muy pequeño que uno lo percibiera, pues nada se logra sin perseverancia y esfuerzo. “Roma no se hizo en un día” les decíamos, aunque así se llegue a creer al leer diez páginas de un texto de Historia. Aprendían, eso sí, que en el proceso toca lidiar contra las críticas, la incredulidad, el pesimismo, el conformismo y la apatía.

Porque de granito en granito se llena la gallina el buche, pero para lograrlo tendrá que desafiar a todos los animales en el patio.