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¿Cuánto cuesta una vida en La Mosquitia?

El olvido llegó ya hace muchos siglos y luego cayó la peste de la muerte. Arrinconada en el extremo del país, esta costa poblada por pueblos indígenas, excluidos por el poder político, social y económico, hundidos en la miseria desde siempre, solo aparece en los renglones del mundo cuando es noticia por la calamidad.

Esta semana nos restregó el destino de al menos 30 compatriotas, y más 16 desaparecidos de los que hasta este momento no se sabe nada, todos murieron en el naufragio de la embarcación en el límite del Caribe olvidado, frente a la remota región.

Un viejo barco de 70 toneladas había zarpado de Puerto Lempira al cabo de Gracias a Dios con 91 personas a bordo, tras expirar la veda de la langosta, que es casi el único sustento que encuentran con miras a sobrevivir en una franja donde también hay lujo y derroche de otros “negocios”.

La nave se sumergió cerca de cayo Gorda, que fue la tumba de nuestros conciudadanos que salieron a flote en las turbias aguas de un Estado de injusticia social que mantiene aislados a los misquitos, que se encargó de rescatar y fueron trasladados a la base naval de Caratasca. La búsqueda aún se prolonga.

Esta tragedia es solo la superficie oscura que nos pone en las cámaras y los sets de la información mundial, que enfocan las condiciones en las que viven los habitantes y cómo afrontan su existencia ante la eminente amenaza.

Este producto que en los restaurantes sirven con la sonrisa complaciente de la buena mesa, y donde los comensales se atiborran de placer. Sin embargo, estos sujetos pasan horas bajo el agua con un simple tanque de aire comprimido sin ningún manejo en la acuicultura marina, al igual que un equipo de seguridad y son víctimas del síndrome de descompresión que ayuda a la formación de burbujas en la sangre, debido a la alta presión sanguínea.

Los buzos-pescadores suben y bajan al fondo del océano lo más rápido posible a fin de conseguir la mayor cantidad de ese crustáceo de exportación que va, en su mayoría, hacia Estados Unidos.

Esta práctica ya fue prohibida a nivel regional por peligrosa, pero sigue dando de comer a miles de familias en ese punto remoto y deshumanizado que desafía un complejo escenario entre los lugareños que la practican, jugándose la supervivencia en contextos precarios en la zona, son los únicos que no han aplicado medidas, pese a haber sido restringida en 2009 por un reglamento vinculante de la Organización del Sector Pesquero y Acuícola del istmo centroamericano (OSPESCA) que integran ocho Estados. Claro, no es fácil cuando las leyes y normas no son exigidas, a la par de una solución integral que no tiene otra salida que el mar, y su recompensa por tal riesgo es de 75 lempiras por cada libra de alimentos marinos. ¿Eso cuesta tantas vidas?

Kli wal praubia miskituindia ka!