Cuerpos entre los escombros y el barro hasta el cuarto piso: así quedó Nepal tras la riada
Tras la devastadora riada que golpeó Nepal, Devighat sigue sepultado bajo metros de barro y escombros. Hay casas destruidas y cuerpos que los equipos de rescate todavía no han podido recuperar
- Actualizado: 31 de agosto de 2026 a las 15:19
La riada sepultó partes enteras de este pueblo del centro de Nepal bajo varios metros de barro, piedras y escombros, en Devighat ahora se camina sobre ellos donde antes había calles y, en algunos tramos, los tejados de las casas quedan prácticamente a la altura de los pies.
Hay cadáveres todavía aprisionados bajo vigas y escombros que nadie ha podido retirar porque el terreno continúa siendo demasiado inestable y las máquinas pesadas no pueden alcanzar algunos edificios.
Por encima, drones atraviesan el cielo transportando cuerpos sujetos a camillas hasta una escuela cercana, convertida ahora en centro para recibir a los muertos recuperados.
Abajo, la vida anterior aparece por fragmentos; una cortina continúa colgada de una vivienda partida frente al río, de otra casa sobresale prácticamente solo el tejado y una motocicleta permanece clavada en el barro. Un hombre ha conseguido sacar de la que fue su casa un televisor cubierto de lodo que difícilmente volverá a funcionar.
La devastación de esta localidad del distrito de Nuwakot forma parte de una catástrofe cuya dimensión Nepal todavía intenta establecer. Cinco días después de las riadas, el Gobierno cifra en 903 los cuerpos recuperados y en alrededor de 4.200 las personas que siguen sin ser localizadas en el país.
En Devighat, las cifras todavía no alcanzan a contar lo que sigue dentro de las casas. Hay cuerpos que siguen dentro de las casas y otros bajo escombros que nadie ha podido levantar. En algunos edificios basta acercarse para que el olor a descomposición se haga más intenso; en otros, los muertos pueden verse desde fuera.
Nadie en el pueblo puede decir cuántos cuerpos permanecen todavía dentro de las viviendas. Algunos son visibles entre los restos, otros solo se intuyen por el olor que se vuelve más intenso al acercarse a determinadas casas y hay edificios a los que todavía resulta imposible entrar.
En uno de los edificios de Devighat todavía queda barro en la cuarta planta, adherido al suelo y las paredes. Allí vivía una pareja de ancianos que sobrevivió por una circunstancia completamente ordinaria en mitad de la catástrofe, ella estaba ingresada en un hospital de Bhaktapur y su marido había ido a acompañarla. Su hijo estaba en el extranjero.
Cinco días después, familiares y vecinos entran en lo que queda de la vivienda para sacar colchones, ropa, una bombona de gas y la de oxígeno que utilizaba la mujer. Los habitantes explican a EFE que las excavadoras no han podido llegar hasta ellos porque la capa de barro y escombros sobre la que ahora se camina sigue siendo demasiado inestable para la maquinaria pesada.
Lo que parece una calle puede ser en realidad una masa de sedimentos depositada sobre una vivienda, un patio o los restos de un edificio. El olor a descomposición acompaña el recorrido incluso donde los cadáveres no pueden verse.
En las plantas inferiores, el barro cubre las paredes y tapona incluso la escalera; dos o tres pisos más arriba empieza a secarse y desaparecer y, en la última planta, parece no haber entrado. Las paredes siguen rojas y las plantas de los balcones permanecen verdes.
Más allá de Devighat hay lugares donde ni siquiera se ha podido buscar de la misma manera. Nisma, de 23 años, llegó desde Katmandú con alimentos infantiles y otros suministros. Su abuela sobrevivió, pero cuatro o cinco de sus familiares siguen desaparecidos y algunas de las comunidades donde intentan buscarlos permanecen fuera de su alcance.
Las riadas destruyeron carreteras y pasos que comunicaban las poblaciones de esta zona del país, dejando comunidades aisladas y dificultando tanto la llegada de ayuda como la búsqueda de quienes todavía no aparecen.
Entre quienes lograron escapar está Abishek, que corrió con su abuelo hacia una zona elevada después de que el director de su escuela le advirtiera de la crecida. Cinco días después, su familia sigue refugiada en la montaña y la casa en la que vivían ya no existe. En Devighat, otras permanecen exactamente donde estaban, pero sepultadas bajo varios metros de barro y escombros, algunas todavía tienen a sus muertos dentro.