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'En Honduras, donde el silencio es ley, toda escritura es rebelde”

En “Ni hermosos ni buenos”, su última obra laureada, el escritor capitalino, destacado de su generación, demuestra ser un virtuoso en la narración breve

30.11.2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS-. Luis Lezama Bárcenas es uno de esos escritores torrenciales, llenos de viveza y de palabras, que necesita descargar de a poco, para quitarse el peso de encima.

La concesión del VIII Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve -motivo de esta charla- ha cimentado su figura y su obra, prolífica y señera. El jurado del galardón, presidido por el escritor y Premio Cervantes 2017 Sergio Ramírez (Nicaragua), la escritora Socorro Venegas (México), el escritor y editor Juan Casamayor (España) y Claudia Neira Bermúdez, destacó que el cuento “Ni hermosos ni buenos”, de Lezama, fue construido “con una prosa impecable y desnuda, no elude una descripción hiriente y sangrante de las situaciones y los personajes como mecanismo para bosquejar”.

Ha siete años de haber plasmado su primer encuentro con la literatura y de la publicación de dos libros de poemas y cuentos, y varias antologías, en su haber, habla en exclusiva con EL HERALDO -desde Buenos Aires, Argentina- sobre el poder de la imaginación, la literatura y las ganas de proyectar a Honduras.

Su primer encuentro con la literatura supuso, según sus palabras, una exploración de sus virtudes ¿qué impacto tuvo en usted?

Creo que tuve mucha suerte. En Honduras ya es bastante difícil ser cualquier cosa; no digamos escritor. Al principio uno siente vergüenza, es como tener las orejas de Dumbo. Hace falta mucho coraje, fe y cariño de parte de la gente que lo rodea a uno para no darse por vencido y, siguiendo la metáfora de Dumbo, hacer de lo disímil una virtud. Pero no todos tienen suerte, hay que trabajar por los niños que no tienen nada de suerte y que se van a perder; o que, más bien, nosotros nos los vamos a perder.

De sus inicios (“El mar no deja olvidar”) a su última publicación (“Ni hermosos ni buenos”), ¿cómo define su evolución narrativa?

Hay un cambio en los géneros y en los temas. En mis inicios escribía una poesía bastante amorosa, como cualquiera que tiene dieciséis años y no es Rimbaud. Después fui viendo más allá de mí mismo, empecé a desligarme un poco de mis historias para ver más hacia los demás. Que no quiere decir que en el fondo no escriba por las mismas razones: yo escribo, como decía García Márquez, para que la gente me quiera y la que ya me quiere, me quiera mucho más.

Publicaciones
Sus cuentos y notas se han publicado en Honduras, Cuba, Colombia, España, Nicaragua y Argentina

“Ni hermosos ni buenos” recientemente le concedió el triunfo en el VIII Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve, ¿qué representa esto para su boyante carrera?

Por el jurado, diría que es el reconocimiento más grande que he tenido. No cualquiera puede decir que lo premió Sergio Ramírez, un Cervantes, y dos de los editores más importantes de la literatura iberoamericana: Socorro Venegas y Juan Casamayor. Pero lo que más me importa es ver que nuestras historias, las historias “hondureñas”, importan. Al margen del premio, siempre que leí este cuento, en Cuba o en Argentina, la gente se me acercaba para felicitarme y resaltaban el haberlo disfrutado mucho a pesar de tener muchos hondureñismos.

¿Cada uno de sus escritos forma parte de un plan o surgen del deseo, de las experiencias, las lecturas, las vicisitudes de la vida?

Surgen de encontrar una palabra, frase o acción que encierra una luz secreta y verdadera, tomar esa luz y tratar de llenar con ella una vida. Borges escribió un cuento maravilloso que se titula “El Zahir” a partir de la palabra “inolvidable” pensando que realmente poco o nada en la vida es realmente inolvidable. Mis cuentos nacen de ese tipo de cosas, como cuando mi papá me contó que el piano de su escuela se lo comieron los ratones. Hay en esa situación lo hermoso de un piano, de la música, y la decadencia de ser comido por un montón de ratas. ¿Qué hay ahí? Está la vida, pero hay que verla.

¿Por qué “Ni hermosos ni buenos”?

Si uno lee el cuento verá que los personajes están llenos de prejuicios. El señor de la pulpería asume que estos muchachos pueden matar a un perro porque beben y fuman, asume que su perro ya no se puede recuperar; ellos asumen que él es un amigo y le deben el favor; la mamá asume que su hijo es un descorazonado y un vago; el guachimán asume que estos muchachos son cobardes, cuando yo creo que no lo son y que todos están equivocados. Otra cosa es que siempre he creído que uno no es tanto lo que es como lo que cree que es. Si a uno todo el día le dicen que es malo, uno acaba siéndolo o intenta serlo. El señor de la pulpería les dice que ellos no son ni hermosos ni buenos, es decir que son malos, que son muchachos bravos. Y al final resulta que no son ni hermosos ni buenos, pero tampoco son bravos. Tienen un corazón también, y eso es lo que me importaba mostrar.

¿Qué distingue este escrito del resto de sus contemporáneos?

Tal vez esa pregunta sea mejor contestada por un académico. Pero puedo decir que mi cuento tiene significación, intensidad y tensión, que son tres cualidades ineludibles de un buen cuento. Lo que he observado en muchos escritores hondureños jóvenes -o no tan jóvenes- es el exceso de criollismo. Lo he criticado otras veces; si sos hondureño lo menos que tenés que hacer es querer parecer hondureño: ya lo sos. Eso creo que tal vez yo lo he sabido manejar porque los primeros lectores de mis cuentos son argentinos y me toca ingeniármelas para que entiendan qué es un “guachimán” sin decirlo.

Una figura clave
Lezama fue volcado a la literuatura por el escritor hondureño Julio César Anariba (Q.E.P.D.), un nombre que para el joven es imprescideble en su carrera y vida. “Todo lo que soy se lo debo hasta la última coma. Mi literatura es una extensión de la suya; así lo siento yo y así, creo, lo veía él”, apuntó.

¿Para usted cuál es la función de la literatura?

La función que tiene la literatura es la misma que tiene la memoria, que es la ficción por excelencia: fijar situaciones, momentos, anhelos, desilusiones. Pero no sólo fijar cosas y ya, como algo muerto; sino fijarlas como algo del pasado que seguirá sirviendo en el futuro, incluso haciendo posible ese futuro. Porque la vida, tal como es, como sucede segundo a segundo, no tiene sentido: tiene sentido cuando una la recorta, cuando una la divide en pequeños momentos que le dan sentido al presente y al mañana.

¿Se definiría como un escritor comprometido?

Con todas las causas justas. Escribir es ser rebelde por definición. La grandísima Clementina Suárez decía que escribir era levantar en andamios la esperanza. En Honduras, donde el silencio es ley, toda escritura es rebelde. Hasta el que escribe en un diario personal es un rebelde, porque se rebela contra su propio silencio, que es tal vez por donde todos deberíamos empezar.

Escribir es una gran responsabilidad, sobre todo, mientras no se termina de asentar el hábito de la lectura. Al menos, aquí en Honduras.

Lo que no quiero es que mañana alguien diga “no tenemos buenos escritores”, como he visto que algunos dicen en el extranjero cuando les preguntan por artistas hondureños. “A Guillermo Anderson lo tienen escondido” me dijo una argentina una vez, que conocía a más de diez hondureños y ninguno le había enseñado sus canciones. El problema es que no nos interesamos de verdad; yo me he interesado y me siento impulsado por Guillermo. Lo que quiero es eso, que un día, allá lejos, un niño se interese por la literatura y encuentre en mis cuentos un amigo, alguien que lo haga creer. Yo he encontrado eso en Guillermo, Roberto Sosa, Eduardo Bärh, entre otros.

¿A su criterio por qué sigue siendo la literatura un artefacto artístico necesario e insustituible en un escenario cultural minado por el entretenimiento digital?

Amo el cine, pero el cine te da todo más digerido. El espacio para imaginar es muy poco. La literatura permite un desarrollo mental más amplio. Los sonidos, las caras, los sabores, hay que imaginarlos y eso es ejercitar el poco de fantasía que hay en cada uno. Oliver Sacks decía que lo que uno tiene en su cabeza es una voz que se está contando quién es; hay un narrador dentro de cada uno, y ese narrador es capaz de contarse a sí mismo mejor o peor de lo que es. Si uno no lee, la imaginación está tullida y uno siempre se cuenta mal a sí mismo, lo que se transmite en un problema de identidad o en tomarse todo como viene mandado por la realidad. Nuestro problema en Honduras es casi literario, somos un país con problemas de identidad y al que le cuesta imaginar mejores cosas que la realidad avasallante que tenemos.

¿Cuál es el reto de los autores del siglo XXI… de los autores hondureños?

El reto se lo dejo a los lectores. Los autores, desde hace un tiempo, han cumplido. Este año a María Eugenia Ramos la publicaron en Cuadernos Hispanoamericanos, la colección de literatura hispanoamericana más importante que hay, y a Rolando Kattán, poeta, le dieron el premio Casa de América, uno de los más prestigiosos en España. Pero hay que leerlos, comprar sus libros, ir a sus lecturas.

El futuro es incierto, pero cómo se visualiza en corto y largo plazo, ¿siempre en Argentina?

A corto plazo seguiré acá. Me quedan dos años de carrera y todavía mucho por aprender de mis compañeros y de mi maestra, Liliana Heker, que es una de las escritoras más notables de Latinoamérica. A largo plazo me veo impartiendo talleres literarios en Honduras. Creo que hay un déficit de talleres literarios y creo que es importante que se empiecen a dar más a menudo.

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