El oleaje del mar todavía permanecía en sosiego y, por momentos breves, la suave brisa chocaba como un leve silbido en los oídos.
El esplendor dorado era interrumpido por unas osadas nubes que al final fracasaban en su intento de ocultar al todopoderoso Sol que reina en las playas de Cedeño, municipio de Marcovia, Choluteca.
Y una atípica embarcación de útiles y cuadernos cruzaba a gran velocidad la arena grisácea de la zona para finalmente hacer escala a unos metros del mar.
Eran Don Lápiz y Don Borrador, no como turistas, sino porque la undécima edición de La Maratón del Saber de diario EL HERALDO iniciaba en la empobrecida colonia La Coquera, de Cedeño.
Construir esperanza
Más de 105 kilómetros, entre Tegucigalpa y Cedeño, nos distanciaban de la misión de entregar los donativos que empresas socialmente responsables han aportado a la campaña.
Después de recorrer la carretera panamericana, coger el desvío a Marcovia y avanzar unos 30 kilómetros, el gestor de toda la jornada, Moisés Osorto, esperaba en un esquina.
El asfalto dio paso a la arena. Sin embargo, la ruta y la cara de Moisés, quien también es presidente de la Asociación de Pesca Artesanal del Golfo de Fonseca (Apagolf), no eran desconocidas.
Unos meses atrás, el equipo periodístico llevó felicidad con una concurrida donación de juguetes al mismo sitio. Ahora, Don Lápiz y Don Borrador se disponían a construir esperanza con la entrega de útiles.
En el patio de una modesta casa cercada con unos trozos de madera y cobijada por frondosos árboles, se gestó la cruzada de la solidaridad.
Un centenar de niñas y niños de la escuela Michael J. Hasbum esperaba en aquel humilde rincón donde las paredes de bloques aguardan, en su mayoría, nada... más que lo básico, pobreza y a la vez esperanza.
La mayoría de los infantes llegó a la entrega descalzos, con rostros casi pesarosos por la calamidad de sus padres, pero con ojos que brillaban de felicidad, con sonrisas que nunca se apagan.
Sus pies desnudos estaban curtidos por la arena de origen volcánico que arde escandalosamente, pero por la costumbre ellos sienten que no es más que un tibio alboroto.
Moisés, de tez trigueña, contextura gruesa y considerado un cacique en la región, dio las buenas noticias a la población.
“Aunque no están presentes, agradecemos a las licenciadas María Ortiz (editora de Metro) y Karla Gómez (coeditora) por preocuparse y enviarnos estos útiles donados por las empresas”, expresó el ciudadano.
Furor infantil
Ante la apertura de las cajas con cuadernos, los pequeños se amontonaban alrededor del vehículo esperando recibir su respectivo kit.
“¡Dulce Yarely Osorto!”, “¡Guadalupe Lemus!”, “¡Cintia Suyapa Rodríguez!”, gritaban los encargados, mientras Don Lápiz y Don Borrador animaban la jornada.
“¡Trinidad Reyes Paz!”, “¿Está Trinidad Reyes?”, ¿Vino Trinidad?”, insistían los repartidores, preocupados de que ningún niños se quedara sin útiles.
“¡Aquí está!”, “Apurate Trino, qué muchacho más dormido”, le gritaban entre risas al cipote de piel oscura y moderado afro.
Hasta doña Pastora Castillo, con su piel ajada, cabellera de plata y fuerza veterana, salió en carrera para recibir el cuaderno y la mochila de sus nietos.
Uno por uno desfilaban entre los encargados para recoger su donativo emocionados, tímidos y humildemente orgullosos.
Adiós a la arena caliente
Pero los pequeños aguantaban la ola de calor -típica en la zona- por un fuerte anhelo: zapatos.
Aquel calzado negro pasó de las cajas a sus manos y, prontamente, a sus pies.
Los niños medían la planta de sus extremidades ansiosamente con la suela de los zapatos y luego metieron sus pies en ellos.
Otros, más reservados, evitaron calzarse en público y explicaron que solo los usarán para la escuela.
Con la finalización de la jornada, la muchedumbre abandonó la zona en apenas diez minutos.
La gente se fue a lugares lejanos y apartados, pero con la fortuna de saber que aquellos cuadernos, borradores, lápices, mochilas y zapatos permitirán mantener a los niños en la escuela.