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Jorge Quan investiga

<p>Como dijo el escritor francés Tristán Bernard: Dos cosas me admiran: la inteligencia de las bestias y la bestialidad de los hombres.</p>
25.08.2013

Este caso narra hechos reales, se han cambiado los nombre y lugares.

AÑO. Corría el año de 1985, un año lento y pesado que marcaría dolorosamente y para siempre la vida de Pedro Martínez y la de su familia. Fue el año en que llegó a la Penitenciaría Central acusado del asesinato de Juan García, un campesino como él que fue encontrado muerto en una calle estrecha de Cicatacare, una aldea tranquila y hospitalaria de Santa Ana, Francisco Morazán.

Señalado por dos testigos oculares, Pedro se dejó llevar por los agentes de la Dirección de Investigación Nacional (DIN), que le amarraron las manos hacia atrás y lo lanzaron a la paila de un viejo Toyota Land Cruiser sin la menor consideración. De nada sirvieron sus protestas, de nada sirvieron los gritos con los que proclamaba su inocencia.

Había sido visto por dos testigos en el momento en que cometía el crimen y aquello bastaba para que la ley se apoderara de él, de su libertad y de su vida. Su esposa, desesperada, rogó, suplicó y hasta amenazó, pero aquellos hombres de piedra no se conmovieron. Pedro era un asesino y Pedro iría a la cárcel. Para demostrar lo dura que es la ley, los agentes golpearon al acusado en el pecho y en la espalda, tratando de callarlo. La justicia es ciega, no sorda, y Pedro gritaba demasiado. Cuando llegó a la

Penitenciaría, era un hombre diferente. Había envejecido de pronto. Sus ojos hundidos, tristes y desesperados, estaban anegados en lágrimas y de su antigua gallardía no quedaba ni la sombra. El juez escuchó a los testigos y confirmó el auto de prisión. Pedro debía esperar el juicio. En opinión de los entendidos, le esperaban treinta largos y solitarios años entre aquellos horribles muros de piedra y tierra.

PRUEBA. En el viejo Código Procesal Penal, dos testigos hacían plena prueba y esto bastaba para que el juez dictara sentencia. Aunque las cosas han cambiado en nuestros días con el nuevo Código, también con la declaración de uno o dos testigos se han emitido condenas, sin embargo, las declaraciones de los testigos deben probarse con elementos científicos que no dejen margen a la duda. En 1985 no era así. Dos hombres vieron a Pedro matar a Juan y sus declaraciones ante el juez bastaban para que el crimen no quedara impune. Aun así, Pedro seguía proclamando su inocencia a los cuatro vientos, pero era su palabra, débil y desesperada, contra la afirmación de quienes lo vieron cometer el asesinato. Su abogado defensor, un triste y apático empleado de la Defensa Pública, se aburrió de sus lamentos y, por inercia, defendió a su cliente ante el juez, mejor dicho, lo mal defendió.

¡Qué terrible maldición es la pobreza! Pedro, sin dinero, con su familia desesperada, su mujer ahogándose en la angustia y sus hijos creciendo sin dirección, vio pasar el tiempo en aquella celda hacinada y maloliente. Dos años fueron dos siglos para él, y se resignó con ese abandono del hombre que, olvidado de Dios, ya no espera nada. Sería condenado y su vida acabaría en aquella tumba llena de hombres solitarios y desesperados.

QUAN. En ese tiempo, Jorge Quan estudiaba Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) y empezaba su práctica profesional.

Apasionado de los temas criminales, Jorge Quan llegó a la Penitenciaría como llegó Don Quijote a La Mancha, dispuesto a desfacer entuertos o, lo que es lo mismo, deshacer agravios. En su primera visita a la Penitenciaría, como practicante de Derecho, se encontró con Pedro.

- Y, ¿usted me asegura que es inocente?

- Como se lo estoy diciendo.

- ¿Conocía usted a Juan García?

- Éramos vecinos.

- ¿Eran amigos?

- No tanto como eso, señor, pero tampoco éramos enemigos.

- ¿Por qué se supone que lo mató usted?

- Si yo no lo maté, señor.

- Bueno… No le prometo nada, pero voy a estudiar su caso y, dependiendo de lo que encuentre allí, voy a volver…

A Pedro nada lo impresionaba. Sabía que no había esperanza para él y pareció no escuchar las últimas palabras de Jorge Quan. Estaba más que claro que nada podía abrirle las puertas de la PC.
Ese día llegó a visitarlo su esposa. Sus ojos brillaron al verla, pero no de alegría. Las lágrimas se iban acumulando en ellos y transmitían el enorme dolor de su corazón. La mujer trató de sonreír, pero la mueca que deformó sus labios aumentó la tristeza en el pecho de su marido. La mujer lloraba por dentro. Bajó la cabeza, puso en una mesa la canasta que traía y sacó de ella un montón de tortillas, recién hechas, y una bolsa de sal. ¿Qué más podía traerle si la pobreza le había quitado todo?

TIEMPO.
El caso estaba perdido. Pedro era culpable. Los dos testigos sostenían su declaración de hacía dos años y estaban a punto de explicarla de nuevo ante la jueza que había de sentenciar al asesino. El tiempo había pasado y el juicio estaba a punto de concluir. Como el agua gasta lentamente la piedra, así el tiempo gasta los corazones, y en el pecho de Pedro ya no había nada. Hasta las lágrimas se habían secado en sus ojos.

DEFENSA.
Jorge Quan estaba listo para defenderlo pero, ¿era posible alguna defensa? ¿No estaba todo dicho? ¿Para qué sembrar una esperanza en el alma ya marchita del acusado si no germinaría? ¿Qué argumentos expondría Jorge Quan a favor de su cliente?

Juan García estaba muerto, dos personas vieron a Pedro quitarle la vida, la ley era inflexible y nada podía hacerse contra aquel testimonio. Jorge Quan perdía el tiempo. Sin embargo, en aquel rostro redondo y de ojos rasgados, había algo que se parecía al optimismo.

- Señora jueza –dijo con su voz chillona y acento nervioso–, en mi escrito presento a usted los elementos suficientes para demostrar la inocencia de mi defendido y para desnudar una injusticia más, amparada por un Código obsoleto que es un lunar en el rostro de la justicia hondureña.

- Licenciado –exclamó la jueza, mirando severamente al nervioso Jorge Quan–, limítese a hacer su trabajo a favor de su defendido y guarde sus opiniones re-vo-lu-cio-na-rias para ser expresadas fuera de este tribunal…
Jorge Quan se mordió la lengua y empezó a sudar helado. La mirada de la jueza era de fuego.

ESCRITO. Se hizo el silencio y la jueza empezó a hojear el expediente. Pedro esperaba, Jorge Quan, seguro de sí, bajaba todos los santos del cielo “por cualquier cosa”. La jueza habló.

- Explíqueme todo esto –dijo, cerrando el expediente, quitándose los lentes que bailaban sobre su nariz y enfrentándose directamente al abogado defensor. Después de carraspear dos o tres veces, más para darse valor que para aclarar la garganta, Jorge Quan empezó.
- Señora jueza –dijo, y un falsete inoportuno deformó su voz–; señora jueza. La aldea Cicatacare es una aldea pobre que, sin embargo, tiene luz eléctrica. Como se puede leer en el expediente del caso, el cadáver del señor Juan García apareció cerca del único poste con luz de la calle…

Esto, por supuesto, nos dice que las declaraciones de los testigos tienen algún valor puesto que la luz del poste iluminaba la escena del crimen en el momento en que se cometía. Este detalle es importante porque los testigos aseguran, repiten y sostienen que estaban a cuadra y media del lugar cuando sucedían los hechos, por lo tanto, vieron bien todo. Como bien pudo observar, señora jueza, adjunto a mis conclusiones una constancia del departamento de Catastro de la Alcaldía Municipal del Distrito Central en la que explica claramente que una cuadra mide cien metros, por lo tanto, cuadra y media son ciento cincuenta metros, que es la distancia exacta desde la cual los testigos observaron el asesinato.

En este punto, debo repetir que el crimen se cometió de noche, según declaraciones de los testigos, bajo la luz del foco o lámpara del poste.

La jueza se movió inquieta en su asiento. Jorge Quan creyó que estaba hablando demasiado. Pero la jueza solo se acomodaba para escucharlo mejor. Jorge Quan continuó:

- Sin embargo –dijo, ahora con acento afilado–, resulta que el día, o sea, la noche del crimen no había luz eléctrica en la aldea de Cicatacare…

La jueza hizo un arco con sus cejas, miró el expediente, como si tratara de recordar en qué página había leído aquel dato, y levantó la mirada, enfrentando sus ojos inexpresivos a los ojillos entusiasmados del defensor, que no dejaba de sudar.
- Sí, señora jueza –agregó Quan, levantando la voz–; esa noche no había luz eléctrica en la aldea. ¿Por qué? Pues, porque dos días antes se había arruinado el motor que la producía… En mi escrito adjunto constancia que demuestra que la energía eléctrica de la aldea es producida por un motor diésel. También adjunto una constancia de la Alcaldía de Santa Ana en la que el alcalde hace constar que el motor se arruinó dos días antes del crimen y que fue enviada a Tegucigalpa para su reparación. Y también adjunto una constancia en la que la empresa Camosa confirma que recibió el motor para su reparación en esa fecha, exactamente dos días antes del crimen. Por lo tanto, no había luz en Cicatacare la noche del crimen.

La jueza abrió la boca.

- En el expediente no se hace mención de que había luz en el poste la noche del asesinato del señor Juan García… Los testigos aseguran que vieron al acusado asesinar al señor García…

- Señora jueza, ese es un detalle interesante… Ahora ya sabemos que la noche del crimen no había luz eléctrica en la aldea, por lo tanto, la lámpara del poste estaba apagada. La noche era oscura. Como usted pudo observar, adjunto constancia médica en la que un oftalmólogo hace constar que la visión de un ser humano, a ciento cincuenta metros de distancia y en completa oscuridad, es casi nula…

- La luna pudo haber iluminado la escena.
- No lo discutiría si hubiera sido así, señora jueza, pero como bien usted observó, adjunto un ejemplar del Almanaque Bristol en el que señalo la fecha del crimen. En esa noche no había luna llena. Era luna nueva, por lo tanto, estaba completamente oscuro… ¿Cómo es posible, entonces, que los testigos hayan visto con detalle lo que sucedió debajo del poste en aquel punto de la calle solitaria, silenciosa y oscura, y cómo pueden explicarlo con tanta exactitud?


La única forma para hacerlo es que ellos estuvieran más cerca, tan cerca como medio metro, más o menos, y que ellos sean en realidad los asesinos… Es lo único que se me ocurre decir puesto que explican con minucioso detalle el asesinato de Juan García. Detallan el machete usado para atacar a la víctima y explican la forma en cómo esta fue herida y rematada; y todo sucedió a las once de la noche, una noche oscura, con luna llena, sin luz eléctrica, puesto que el motor se había arruinado y estaba en Tegucigalpa para su reparación, y ellos vieron todo desde ciento cincuenta metros con exactitud de detalles, lo que es imposible, desde el punto de vista científico.

La jueza suspiró.

- Solicito a usted, señora jueza, que valore las pruebas científicas que le he presentado a favor de mi defendido y que, siendo inocente como es, sea puesto en libertad de inmediato.

La jueza sonrió.

- Ha hecho usted un excelente trabajo –dijo–, una defensa magistral…

FIN. Esa misma mañana Pedro salió en libertad. No sabía si estaba soñando o si la realidad se burlaba de él. La esposa, la fiel esposa, lo abrazó con ternura, unió sus lágrimas a las de él y empujó a los niños para que abrazaran a su padre, luego sacó una tortilla, como un long play, de una canasta, le puso un poco de sal y la enrolló para después ofrecérsela a su marido. Era la tortilla con la que celebraba su libertad.
La jueza ordenó la detención de los testigos. Presionados un poco por el DIN, confesaron que habían dado muerte a Juan García. Fueron condenados a treinta años de prisión. Salieron en libertad condicional en el año dos mil.

Jorge Quan guarda copia del expediente de este caso como un recuerdo inolvidable de su primera actuación como abogado defensor. Sigue satisfecho por haber ayudado a un inocente a recobrar la libertad. Todavía, en la casa de Pedro Martínez, hay una fotografía de Jorge Quan, recortada de un viejo periódico. Don Pedro ahora llora de alegría y agradecimiento.