Editorial

El día del martirio

La fecha más dramática en la existencia de Jesucristo, cuando llega a la culminación el martirio, el dolor, la Pasión, desembocando en prolongada y atroz agonía, previo a su deceso, ante la angustia de su familia y seguidores, ocurre un Viernes Santo, uno de los dos acontecimientos más trascendentales en los anales de la cristiandad, que a lo largo de su historia ha logrado sobrevivir a persecuciones, masacres, despojos.

En la actualidad, desde hace más de un año, la humanidad padece muertes masivas, luto, desempleo, hambre, exclusión, particularmente entre los millones de nuestros semejantes que subsisten en los países más pobres del planeta, incluyendo el nuestro.

En tiempos borrascosos, como los actuales, es cuando, en búsqueda de alivio y consuelo, nos acordamos de Cristo Redentor, de su prédica monoteísta, fraterna y solidaria, que privilegia a los de abajo, sin voz y sin poder. Ello lo enemistó con las élites de su tiempo, las locales y las imperiales, por lo que concluyeron que solamente sacrificándolo podía ser acallada su prédica y acobardados sus discípulos. En consecuencia, fue sentenciado a ser crucificado, suplicio atroz reservado a rebeldes y delincuentes. Para los de arriba, Cristo era un peligroso desestabilizador del rapaz sistema imperial conquistador de Palestina, apuntalado por colaboradores locales.

Sigamos el sublime ejemplo del mártir del Gólgota, extendiendo nuestra mano a los enfermos, marginados, hambrientos y sedientos de alimento, ternura, piedad. Si actuamos de esta forma, consecuentes con su accionar inspirador, podremos afirmar con satisfacción que, de alguna manera, hemos tratado de imitar su aleccionador ejemplo humanitario, que trasciende la dimensión temporal debido a su permanente vigencia, más allá de credos, razas, nacionalidades.

Si, por el contrario, nos aislamos en burbujas existenciales, indiferentes al padecer del prójimo, lo que cosecharemos será el repudio colectivo y, peor aún, el remordimiento tardío de nuestras conciencias adormitadas. Seremos herederos del viento y el olvido.