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Nunca vi una derrota así

Honduras perdió tres puntos y, potencialmente, varias vidas. Los goles de Robinson, Pepi, Aaronson y Lletget nadie los recordará en el transcurso de la historia, serán insignificantes incluso dentro de un par de semanas, pero las consecuencias sanitarias del desarrollo del partido Honduras contra Estados Unidos quizá sí queden en la memoria de muchas personas, que sufrirán los efectos del descuido.

Particularmente, nunca había visto tanta tristeza por una derrota, y eso que somos un equipo que casi siempre pierde o empata. Históricamente siempre han sido más las decepciones. Las redes sociales se inundaron de críticas para Fabián Coito y su cuerpo técnico, pero muy poca reflexión (porque las redes sociales son el nuevo lugar para hacerlo) sobre la actitud en el estadio y todas las consecuencias que se pueden tener. Los cambios de Coito no son el problema, el cambio que es un problema, es aquel en el que vamos de mal a peor.

Las variables que ganaron no fueron las del estratega norteamericano Gregg Berhalter, sino las variantes del virus que circulan en el país. Que, por cierto, desde el punto de vista de la semántica, el eco mediático que se le ha dado a la variante delta hace que las demás, por comparación, no lo parezcan tanto, cuando sí lo son. Así que es necesario tener cuidado con la manera en la que se plantean.

La derrota ni siquiera es solamente sanitaria, la razón ha perdido una vez más. No es ni siquiera la pasión la que ha ganado, sino la sinrazón. Aunque hubiéramos ganado por goleada, en ninguna circunstancia llenar el estadio habría valido la pena. Las postales de estadios llenos son hermosas, pero esta vez me parecieron crueles y descorazonadoras. No podemos pretender compararnos con Europa, donde las condiciones de respuesta en salud son diametralmente opuestas a las nuestras, y la vacunación masiva comenzó muy temprano. Los mismísimos Juegos Olímpicos fueron realizados sin público debido a las condiciones sanitarias que imperan aún en el mundo.

Es buena idea darle seguimiento a las personas que asistieron al estadio Olímpico Metropolitano y contabilizar la cantidad de contagios y las consecuencias fatales de ellos que vayan apareciendo. Tristemente quizá haya compatriotas que no vean una sola victoria del equipo nacional en el resto de la eliminatoria hacia Qatar 2022, porque ya no estén. Claro, las personas se habrán podido infectar en cualquier otro lugar, pero ¿para qué aumentar las probabilidades? Pensemos que el proceso de vacunación, aunque ha avanzado exitosamente, aún es muy prematuro.

Ya habrá tiempo, ya llegará el momento en el que podremos celebrar todos en el estadio, pero no este septiembre, no este octubre, no este 2021. Se pudo haber jugado con público, pero con una conducta un poco más responsable. Es inconcebible que en un país en el que se discute ardientemente si se debe volver o no a clases semipresenciales en un ambiente más controlado, se haga un evento tan masivo. Muchas de las personas que acudieron al estadio tienen hijos, aunque estén vacunados, pueden infectar.

Y en octubre volveremos a perder, no sé si Honduras gane en la cancha, pero vamos a volver a salir derrotados. Y si acaso llegamos a Catar 2022 (cosa que honestamente dudo) será con varios compatriotas menos.