Recordamos con admiración y respeto el papel que desempeñó la Iglesia en los años de reconstrucción democrática. Por la década de los 80, teníamos, al igual que en otros sectores de la empresa privada y gremios, una fuerza importante de la sociedad hondureña con una capacidad propositiva que contribuía mucho en la solución de conflictos que dividían a la sociedad. No fueron pocas las veces que estos sectores sosegaron los impulsos desenfrenados de políticos y militares, que en un afán por aferrarse al poder violentaban nuestra débil institucionalidad.
Los obispos en su reunión anual se comprometieron a dedicar más tiempo a escuchar, especialmente a los que viven en las “contradicciones periféricas existenciales”, para ello, como dicen en su documento de reflexión, habrá que “vencer tentaciones burocratizadoras y salir a la calle”. Lo que hemos visto en los últimos años en la jerarquía católica es más un afán malicioso por relacionarse con los poderosos de la nación, sin darse cuenta que poco a poco se iban aislando de los que sufren y claman por la justicia; abandonando con ello la doctrina social de la Iglesia.
En su exhortación, la Iglesia reflexiona sobre el fenómeno que se ha dado en los últimos años y que todos hemos constatado: el surgimiento de palabras que en su sentido político han tenido efectos negativos y que, aunque no lo dice la Iglesia, en la práctica han contribuido a dividir antes que ser herramientas para la transformación del país. Esas palabras son, de acuerdo a la Iglesia Católica: “constituyente, reelección, misión de apoyo, artículos pétreos”. En efecto, la agenda política ha ocupado sus espacios alrededor de estos temas, sin que hasta ahora se hayan visto resultados que contribuyan al fortalecimiento de la institucionalidad del país. Palabras “mágicas”, dice la Iglesia, y yo diría que cuando más se habla de ellas, más se divide a la sociedad hondureña.
Muy oportuna ha sido la declaración de los obispos, la sociedad, aparte de los males que ya todos conocemos, está huérfana de liderazgo legítimo, liderazgo que sea capaz de unir al pueblo hondureño en una propuesta que nos saque del enredo al que nos han metido los políticos. Son muchos los que dividen, hace falta adalides que unan.
Ojalá otras organizaciones e instituciones hagan lo mismo: reconocer sus “pecados”, para ir construyendo una salida a la crisis en que estamos sumergidos. El reconocimiento del error es el principio de la sabiduría