Detrás del TPS

El TPS debería servirnos para una reflexión más amplia. Honduras necesita gobiernos que prometan menos y gestionen más.

  • Actualizado: 21 de agosto de 2026 a las 14:29

Detrás de cada proceso electoral existen promesas, pero también anhelos. La gente vota esperando que algo cambie, que una decisión pública mejore su vida, que una promesa de campaña termine convertida en una política concreta. En Honduras, sin embargo, demasiadas veces la esperanza termina chocando contra la realidad.

Con el gobierno anterior ocurrió con varias banderas que movilizaron expectativas. Se habló de eliminar los peajes, se prometió la llegada de la CICIH y se creó la percepción de que algunas de las grandes demandas ciudadanas finalmente tendrían respuesta. Pasaron los años y buena parte de esas expectativas quedaron reducidas a discursos, explicaciones y culpables externos. El ciudadano, mientras tanto, siguió esperando.

El problema es que esa historia parece repetirse. El actual gobierno ha hecho gala de su cercanía con Estados Unidos y ha presentado esa relación como una de sus principales fortalezas diplomáticas. Naturalmente, eso generó expectativas. Muchos hondureños esperaban que una relación privilegiada con Washington se tradujera en resultados concretos: mejores condiciones para nuestros migrantes, una reducción en las deportaciones y, especialmente, una defensa efectiva del Estatus de Protección Temporal, el TPS.

No estamos hablando de una abstracción diplomática. Detrás del TPS hay miles de hondureños que llevan diez, veinte y hasta treinta años viviendo en Estados Unidos. Hay familias, hijos nacidos allá, hipotecas, trabajos, pequeños negocios, comunidades enteras y remesas que sostienen hogares en Honduras. Para ellos, la discusión sobre el TPS no es un debate de cancillerías ni una oportunidad para tomarse fotografías con funcionarios estadounidenses. Es una discusión sobre estabilidad, arraigo y futuro.

Por eso resulta insuficiente que, cuando las cosas no salen como se esperaba, el gobierno actual responsabilice al anterior. Podrá existir una cuota de responsabilidad histórica, sin duda, pero gobernar implica asumir la responsabilidad del presente. Para eso se pide el voto, para eso se construyen mayorías y para eso se presume influencia internacional.

La política hondureña se ha acostumbrado peligrosamente a administrar expectativas: el que llega culpa al que se fue, el que se va asegura que dejó todo encaminado y, en medio de ambos, el ciudadano paga la factura.

El TPS debería servirnos para una reflexión más amplia. Honduras necesita gobiernos que prometan menos y gestionen más; que midan sus relaciones internacionales por resultados y no por fotografías; que entiendan que la diplomacia también debe defender a nuestra gente.

Porque detrás de cada proceso electoral siempre habrá esperanza. El problema es cuando esa esperanza se convierte sistemáticamente en espera. Y mientras los gobiernos se reparten culpas, el pueblo hondureño continúa, como tantas veces, ilusionado y jodido.

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