Columnistas

Anecdotario

Conocí a Omar Torrijos, jefe de Estado panameño, cuando en 1978 Sergio Ramírez, secretario de CSUCA, y yo, director de EDUCA, fuimos a península Farallón (que Torrijos llamaba isla) para que firmara el contrato de autor para el libro “La quinta frontera”, recuento de su lucha por recuperar de EUA el canal transoceánico. Llegamos en avión de la fuerza aérea a la “isla” y al arribar vimos bajo ardiente sol que Torrijos, con uniforme, botas y escuadra al cinto, vociferaba de la playa en dirección al mar. Fue nuestra colorida impresión del entonces héroe revolucionario istmeño.

Supimos, pues él explicó, que cada tarde pasaba ante su casa un pescador de la oposición que, aprovechando distancias de arena y agua, le gritaba desde su canoa: ¡farsante, ebrio, engañador, traidor al pueblo!, a lo que Torrijos, oportuno allí como en espera, le devolvía, puños en alto amenazantes y cerrados, los insultos.

Transcurrido ese rito --pues ambos actores coincidían en que no pasara de allí-- nos llevó al corredor de la pequeña mansión, sitio de encuentros con campesinos, mandatarios y artistas, para leer el contrato. Ofreció té frío, pero no alcohol; firmó con par de rayas el documento y guardó la copia con celo. Más tarde supimos que no cobró el cheque de anticipo, sino que lo enmarcó y colgó en la pared de su despacho, orgulloso de ingresar a las huestes de la literatura.

La colombiana Piedad Bonnet recibe hoy el exquisito Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana por su intensa obra literaria en verso, novela y teatro. Nos conocimos hace décadas en Bogotá, que fue como encuentro de apartados hermanos. “Despiertas cosas” dijo observándome y desde entonces en Managua, Panamá o la feria en Guadalajara cada plática es memoria compartida. La primera vez que me ocurrió algo así fue en el programa de escritores en Iowa, donde el poeta gay Guillermo González, años luego asesinado, entrecerró los ojos y murmuró “Tienes algo que golpea aquí”, tocándose el pecho. Nada de coqueteos, sino comunicación iónica, espiritual, seguridad de compartir similares rutas de emoción y del alma.

En 1992, agrupados ciertos intelectuales y empresarios ilusos, acordamos crear la segunda radio cultural de Valle de Sula, moderna novedad. La titulamos Variedades Cariba y transmitía en AM (amplitud modulada). Por tres años fue exitosa, aunque financiarla con la empresa privada era tarea colosal.

Entusiastas promotores fueron Pyet Schuyt e Íneke Jansen, holandeses que igual gestionaban financiamiento europeo, apoyaban emprendimientos y participaban del arte. Por veces Pyet, profesor de Infop, solicitaba programar la radio, o sea armonizar mensajes educativos y sellos con música y transmisiones de conferencias y debates. Yo resistía, pues ya imaginaba lo que iba a pasar. Y en efecto, como el querido Pyet conocía solo en parte la música latinoamericana, en vez de escoger cada canción activaba el selector automático, con lo que la máquina forjaba mezcolanzas de paradigmas discretos, no estéticos. Y de allí que cierto domingo oí el horror: una secuencia de melodías que iban desde Tchaikovski a “Se murió la cucaracha”, de Bob Marley a Vivaldi, o de la Misa Campesina a mambos con Pérez Prado. Tiempos felices del experimento cultural.