El dolor humano tras la sequía: en el Corredor Seco la situación es crítica, insostenible y urgente
Vivienda a vivienda, los pobladores relatan a EL HERALDO Plus cómo la pérdida de sus cultivos ha agravado sus condiciones de vida y expresan su preocupación ante una crisis que consideran insostenible y urgente.
- Actualizado: 20 de agosto de 2026 a las 16:39
La historia se repite vivienda a vivienda, familia tras familia en el Corredor Seco, no hay alimentos, la sequía se lo llevó todo. Los ojos de la señora se aguaron, se quebró al decir: “Nosotros sufrimos acá, nadie ve por nosotros”. Lo más difícil de esta sequía es el dolor que está provocando en el hondureño de tierra adentro.
Una sencilla pregunta del periodista de EL HERALDO Plus bastó —”¿Qué van a comer si no hay cosecha?”— para que doña María Concepción Aguilera rompiera en llanto.
En casa de doña María Concepción Aguilera había apenas un poco de frijoles parados; solcasa no faltaban las tortillas. Tendrían que racionarlas para que alcanzaran hasta el día siguiente.
En su casita, ubicada en El Junquillo, Coray, Valle, ya no hay hombres que puedan cultivar la tierra. Su esposo murió a causa de complicaciones relacionadas con la diabetes hace unos seis años; a dos de sus hijos los mataron y ella quedó a cargo de tres nietos, luchando cada día para que no les falte qué comer.
La sequía arrasó con todo: el agua, el maíz, los frijoles y los pocos empleos que se generan en el Corredor Seco de Honduras.
El equipo de EL HERALDO Plus recorrió los departamentos y municipios más afectados por la inclemencia climática, comprobando una escena de devastación: silos vacíos, hogares sin maíz, frijoles ni sal. Ni el café se siente igual; es amargo porque el dinero no ajusta para comprar azúcar.
La cosecha de ciruelas comienza a brotar, por lo que los cipotes corren a buscar un puño de sal para condimentarlas y comerlas, intentando calmar el hambre por momentos.
Aquí los perros ladran despacio y en tono bajo, y el desfile de sus cuerpos esqueléticos evidencia la necesidad de comida en este cinturón de miseria.
El problema surge cuando la naturaleza rompe el pacto de traer la lluvia cada año. Entonces comienza la sinfonía de la calamidad: los fogones dejan de arder, los estómagos crujen de hambre y los niños callan por el dolor. La necesidad se vuelve crítica, insostenible y urgente.
En la mesa de cada uno de los miles de hogares que dependen de la complicidad entre la lluvia y la tierra se siente la falta de comida
Los ancianos adaptan su estómago a lo poco que hay; los niños piden de comer a sus padres, quienes callan ante la impotencia de tener que decirles “no hay”.
Leocadio Hernández habita en la comunidad de El Jobal, Texiguat, El Paraíso, al oriente de Honduras, una de las zonas golpeadas por el verano prolongado. Con tristeza, Hernández confesó que “sembré con fe de sacar el maicito (maíz), pero ya nos fue mal, las cosechas se secaron, ya no tenemos nada”.
El hombre es padre de cuatro hijos: un varón de 7 años y tres niñas de 9, 12 y 16 años. Todos piden comida, pero a él no le queda más que decirles la verdad: se quedaron sin alimentos porque no llovió. “Este año no tenemos nada”, susurró.
Con los ojos humedecidos y angustiado porque los días parecen cada vez más difíciles, lanzó un llamado de auxilio: “Aquí necesitamos apoyo, que nos ayuden, porque no tenemos nada, ni trabajo”.
En la mayor parte de las cocinas, los trastes están vacíos y las ollas solo conservan tile pegado. En los fogones ya no arde el fuego y, en los estantes donde debería haber alimentos, solo queda polvo. Los silos suenan huecos: las reservas se acabaron.
“Sería bueno que viniera una ayuda con comida, porque todos nos hemos quedado sin nada, se perdieron las milpas y las cosas están caras en la pulpería”, expresó una de las personas entrevistadas, quien con 75 lempiras para comprar una medida de frijoles, pero no todo sería para la familia: una parte debía repartirla entre las gallinas. Para ella, sus dos hijos y su esposo compró harina de maíz y una libra de frijoles por 40 lempiras.