Para Francisca Pineda, el simple hecho de abordar una unidad de transporte para llegar a su hogar es un martirio. La severa ceguera que padece debido a una miopía progresiva le impide leer las rutas de los autobuses.
“Me guío por los gritos de los cobradores o paso la vergüenza de preguntarle a las personas que se ubican en la parada, hacia dónde va el bus”, confesó la humilde vecina del barrio Los Profesores.
La falta de recursos económicos impedía que doña Francisca comprara los lentes que necesitaba para mejorar su visión y tener una mejor calidad de vida.
Sin embargo, la próxima semana solventará su enfermedad que ha padecido por más de una década gracias a la óptica Luz y Amor, un ángel de la visión que opera en el hospital general San Felipe.
Y es que las gafas que en un hospital privado cotizó a poco más de 3,000 lempiras las pudo obtener a 1,200 lempiras.
Este servicio que redujo al 40 por ciento su factura no es producto de la fortuna. Se debe a la labor de la Asociación Luz y Amor.
Labor de hormiga
Esta asociación, dirigida por 17 damas que han dejado sus mejores años de juventud en esta loable misión junto a un oftalmólogo, devuelve cada año el resplandor de la visión a más de 100,000 hondureños.
La sede de la organización se ubica en el San Felipe y ofrece sus servicios desde el 21 de mayo de 1982.
Reina Marini de León Gómez, presidenta de la asociación, recordó que la iniciativa de ayuda nace con un grupo de amigas, con inquietud de servir a los humildes pacientes del antañón hospital del pueblo.
“Fue la trabajadora social del centro, Laura Dina Cruz, quien nos dio el espaldarazo para emprender esta aventura, que llevamos 30 años cruzando', reconoció.
En tres décadas se han convertido en una gran familia porque las 17 jóvenes que emprendieron el reto ahora son mujeres maduras, quienes han visto juntas crecer a sus hijos y familias.
Aunque el trabajo fue duro para lograr consolidar el grupo y respaldar las buenas intenciones con recursos que facilitaran la compra de insumos, la lucha no cesó.
Lo que empezó como una pequeña óptica que trabajaba con algunas donaciones de lentes, ubicada en un cuarto del hospital, es hoy en día toda una institución. “Recuerdo que la gente nos traía sus exámenes de la vista y nosotros buscábamos entre los lentes donados unos que se acercaran a la graduación del paciente”, manifestó Rosalpina de Rodríguez, una de las socias fundadoras.
“Nuestra meta era clara: suministrar aros y lentes a bajo costo. Inicialmente trabajamos con actividades de ventas de comida, tamales, tacos y pasteles para costearlos', recordó.
Después, las damas lograron el apadrinamiento de un grupo de socios contribuyentes que durante 20 años financiaban con una cuota mensual la asociación.
El despegue
Con el pasar de los años la meta no solo se cumplió, sino que se sobrepasó.
Actualmente el trabajo de las damas se extiende en dos salas de recuperación de pacientes, brindan insumos al área de cirugía de oftalmología, administran la óptica, brindan capacitaciones de salud y realizan labor social en el hospital.
Todos los días las socias se turnan para atender la óptica y ofrecer atención en la sala de recuperación de hombres y mujeres que se someten a cirugía ocular.
La intervención más común es la corrección de cataratas, que se realiza a un precio de 500 lempiras cuando en el sector privado su costo asciende hasta los 21,000 lempiras.
María Victoria Martínez es una ciudadana que se sometió a esta operación y aseguró que recibió un trato amigable y gentil de parte del personal y las damas del hospital.
“Antes tenía que caminar como ciega guiada por mis hijos, ahora puedo caminar por mi cuenta y veo clarito”, manifestó con emoción.
La operación de doña María se realizó gracias al mantenimiento del equipo de cirugía y donaciones que gestionan las solidarias damas.
Una parte de los fondos que se recaudan con el valor simbólico que pagan los pacientes sostiene la asociación.
El dinero que reciben de la venta de aros en la óptica, donde el precio promedio de los lentes es de 500 a 1,000 lempiras dependiendo de la graduación, es reinvertido en la compra de más lentes que beneficien a más capitalinos.
Los pacientes reciben sus gafas en dos semanas después de someterse a sus exámenes.
Además de la atención oftalmológica, el grupo de socias realiza gestiones para el mantenimiento de las salas de recuperación, asisten a los internos con meriendas, apadrinan exámenes y transporte para las personas con menos ingresos.
Al menos siete veces al año asisten las Brigadas de Oftalmología y entregan un promedio de 150 anteojos de lectura a los hondureños de tierra adentro, adonde llegan.
Basta con preguntar en el hospital sobre la asociación para que personas de todo el país que llegan en busca de asistencia médica reconozcan su loable labor.
Este lunes, Luz y Amor cumple sus 30 años de servicio y sus fundadoras aseguran que seguirán devolviendo el brillo a miles de ojos capitalinos.