Nuestra Honduras, con las dificultades de “democracia incipiente” que aún no aprende el arte de la buena gestión administrativa, se apresta para las elecciones generales en noviembre próximo, acosada por una crisis nunca vista en todos los órdenes de la vida nacional (política, económica y social) que se manifiesta por las contradicciones ideológicas de funcionarios que toman decisiones, inseguridad y violencia, narcotráfico y sus graves consecuencias, altos niveles de corrupción y de desempleo, crisis económica y fiscal, exagerado endeudamiento interno y externo, confrontación permanente del gobierno con el sector privado y otros actores de la sociedad, pérdida de autoridad en amplios sectores de la geografía nacional, reformas y contrarreformas a la Constitución y las leyes con el afán de favorecer intereses personales o gremiales, irrespeto a la división de poderes; descarado y vergonzoso populismo manipulador, con enormes dudas de parte de la población, que ha perdido la fe en los partidos tradicionales, y las insulsas propuestas de candidatos carentes de liderazgo y sin dotes de estadistas.
El experimento democrático en nuestro país lleva 32 años de vigencia continua, tiempo en el que los dos partidos tradicionales se han alternado en el poder, como ocurre en los sistemas bipartidistas de otras democracias más avanzadas. La clásica imagen de una Honduras bipartidista se va debilitando con el surgimiento de nuevos partidos, uno de los cuales participó en las internas que se realizaron en noviembre 2012 y, según los resultados que se dieron a conocer, le arrebató una buena cantidad de electores a los tradicionales.
Entonces, la figura del bipartidismo liberal-nacionalista tiende a ser reemplazada por una pluralidad de opciones que reflejan el gradual alejamiento de las masas de la élite que ha gobernado por 32 años. El entusiasmo de inicios de los 80’s mostrado por la gente, por el pacto de liberales y nacionalistas con el experimento democrático, ha sido reemplazado por la insatisfacción, certificado con el alarmante abstencionismo que con cada elección aumenta, por parte de esos apáticos y desilusionados electores que han perdido la fe al no ver mejoras en su calidad de vida, al contrario, la pobreza se ha ampliado.
Este experimento de “democracia” ha enfrentado dos conatos orientados a echar por la borda este encarecido sistema de gobierno escogido y defendido por la mayoría de hondureños; existen actualmente fuertes indicios orientados a un nuevo intento, lo cual debe ser motivo para mantenernos en estado de alerta permanente, para controlar con toda nuestra energía y voluntad cívica el desafío de los antidemócratas, que vestidos de “demócratas” juraron defender el sistema y luego olvidaron ese juramento.
No está de más recordar que la “democracia” es el sistema de gobierno en el cual la soberanía del poder reside y está sustentada en el pueblo. Es éste, por medio de elecciones directas, quien elige las principales autoridades del país. Las elecciones son el instrumento en el que se aplica la regla de mayoría; haciendo así de la democracia el ejercicio más eficiente, eficaz y transparente, donde se aplica la igualdad y la oportunidad de justicia.
Aunque estrictamente el término “democracia” solo se refiere a un sistema de gobierno en que el pueblo ostenta la soberanía, supone un sistema con las siguientes características: 1.- Una Constitución que limita los diversos poderes y controla el funcionamiento formal del gobierno, constituyendo de esta manera un Estado de derecho con división de poderes. 2.- El derecho de elegir y ser electo en elecciones por una amplia mayoría de la población. 3.- Protección del derecho de propiedad y existencia de grupos de la actividad económica privada. 4.- Existencia de varios partidos políticos. 5.-Libertad de expresión y libertad de prensa, así como acceso a fuentes de información alternativa que garanticen el derecho a la información de los ciudadanos. 6.- Vigencia plena de los derechos humanos.
Como señala John Wood en su “Libro del poder”, “El poder es una dinámica de buscar el poder y otorgar el poder. Esto es lo que hace del poder un proceso vivo que debe pedirse y otorgarse una y otra vez. El poder no reside en una persona o en un lugar, a menos que nosotros mismos lo permitamos”.