La solemne procesión del Vía Crucis del Señor inició esta mañana en el centro de la capital de Honduras.
El recorrido inició a las 9:00 AM en la iglesia San Francisco, en el parque Valle, con rumbo a la iglesia El Calvario, en el barrio Abajo.
Una multitud de fieles católicos acompaña el recorrido que recuerda la muerte de Jesucristo en 15 estaciones, que inician con la condena injusta a la cruz y finaliza con la resurección del Señor.
Los preparativos para la solemne procesión empezaron el Jueves Santo, con la elaboración de las alfombras
en un tramo de 600 metros sobre la avenidas Cervantes, en pleno centro de Tegucigalpa.
En su mensaje, el sacerdote recordó que en la actualidad muchas personas viven en estado permanente de Viernes Santo, ya que sufren todos los días.
Reflexionó que 'Cristo fue obediente hasta la muerte' al aceptar una condena que no merecía, a ser colgado en 'la cruz, instrumento de una muerte infame'.
Unos a pie y otros de rodillas, los fieles católicos acompañaron el recorrido que recuerda el doloroso camino de la cruz.
El Viacrucis fue dirigido por segundo año consecutivo por el obispo auxiliar Juan Jose Pineda y no por el cardenal Óscar Andrés Rodríguez, que sí estuvo en la misa crismal,
en la que pidió a los sacerdotes acercarse más a los fieles.
Al mediodía se harán los actos de crucifixión con los caballeros del Santo Entierro. A las 2:00 PM el padre Tony Salinas recordará Las siete palabras y a las 3:00 PM el Cardenal hondureño presidirá la celebración de la Pasión del Señor.
Otra procesión se realizó este Viernes Santo en la iglesia El Calvario, que recorrió la avenida Centenario en Comagüela seguida de un nutrido grupo de devotos católicos.
La masiva presencia de creyentes fue notoria, ya que superó a la de años anteriores.
El vía crucis salió de la iglesia San Francisco a El Calvario, en el centro de Tegucigalpa. El obispo auxiliar de Tegucigalpa, Juan José Pineda, ofreció en las 15 estaciones del vía crucis, que dicho sea de paso tuvo una masiva afluencia de los compatriotas que pasaron la Semana Santa en la ciudad, un mensaje de aliento y ánimo al pueblo hondureño, agobiado por la crisis, la inseguridad y a veces hasta la desesperanza.
Primera estación
En la fiesta de Pascua se le pregunta a la multitud a quién desean que se libere: a Jesús o a Barrabás.
Poncio Pilatos hace caso a la petición de la muchedumbre, que pide crucificar a Jesús y dejar libre a Barrabás: Jesús es condenado a muerte.
Pilatos dice que no encuentra ninguna culpa en Jesús para crucificarlo y advierte (lavándose las manos) “que la sangre de este justo caiga sobre ustedes”.
El Evangelio según San Juan relata que Jesús dijo que “mi reino no es de este mundo, si mi reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuera entregado a los judíos, pero mi reino no es de aquí”, entonces Pilatos luego le preguntó “¿tú eres rey?”, y respondió Jesús: “Sí, como dices, soy rey, para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad, todo el que es de la verdad escucha mi voz”.
Ante eso, Pilatos preguntó “¿qué es la verdad?”, con lo que el procurador romano consideró terminado el interrogatorio y volvió a salir donde los judíos y les dijo: “yo no encuentro ningún delito en Él”.
Segunda estación
Después de ser condenado a morir en la cruz, Jesús inicia su recorrido hacia el Gólgota. Jesús carga con la cruz a cuestas.
La cruz es el instrumento de una muerte infame, no era lícito condenar a la muerte en cruz a un ciudadano romano, era demasiado humillante, pero el momento en el que Jesús de Nazareth cargó con la cruz para llevarla al calvario marcó un cambio en la historia de la cruz.
Ese cambio hizo que ese signo de muerte infame, que era la cruz, reservada para personas de baja categoría, se convirtiera en llave maestra y que con su ayuda, de ahora en adelante, el hombre abrirá la puerta de las profundidades del misterio de Dios, por medio de Cristo que acepta la cruz, instrumento del propio despojo. Los hombres ahora saben que Dios es amor.
Tercera estación
Agotadas las fuerzas por la sangre perdida en la flagelación, Jesús cae por primera vez.
Pero la lectura del profeta Isaías relata que Dios cargó sobre Jesús los pecados de todos nosotros, que como ovejas marchábamos errados y cada uno marchó por su camino y el Señor descargó sobre Él la culpa de todos nosotros.
Jesús cayó sobre el peso de la cruz y sucederá tres veces sobre el camino relativamente corto de la villa dolorosa.
Haber pasado la noche y parte de esa mañana en ayunas también le afecta. La gente se ríe ante su caída. Los soldados romanos lo azotan y lo golpean para que se levante y siga cargando la cruz.
Jesús cae, no solo por el peso de nuestros pecados, sino también por agotamiento, tiene el cuerpo ensangrentado por la flagelación, la cabeza coronada de espinas, le faltan fuerzas y la cruz lo aplasta contra la tierra.
Las palabras del profeta revelaron, siglos antes, esta caída casi como si la hubiera visto con sus propios ojos.
Cuarta estación
En el camino hacia el calvario, Jesús se encuentra a su madre, María, que estaba triste y afligida, ambos reconocen el dolor mutuo en sus ojos.
El Evangelio según San Lucas relata que el ángel enviado por Dios le dijo a María “no temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios y concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, será grande y se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.
María recordaba estas palabras, las consideraba a menudo en la intimidad de su corazón.
Sin embargo, cuando en el camino hacia el Gólgota se encontró con Jesús, su hijo, quizá le vinieron a la mente las promesas y las palabras del ángel: “su reino no tendrá fin”.
Eso fue lo que había dicho el mensajero celestial, pero al ver que su hijo estaba condenado a muerte y llevaba la cruz en la que habría de morir, María podría preguntarse, humanamente hablando, ¿cómo se cumplirán esas palabras? ¿de qué modo reinará en la casa de David? ¿cómo será que su reino no tendrá fin?
Quinta estación
Luego de la primera caída de Jesús, los soldados romanos sabían que debían buscar ayuda para Jesús, de lo contrario no podrían llegar al calvario donde sería crucificado el Hijo del Dios.
Simón de Cirene, que venía del campo y pasaba por allí, fue obligado a tomar la cruz.
Simón cargó la cruz de mala gana y casi a la fuerza, pero luego, movido por el ejemplo de Cristo, abrazó la cruz con resignación.
La lectura del Evangelio de San Mateo, en su capítulo 15, relata que: Los soldados romanos lo hicieron temiendo que el condenado no lograra llevar la cruz hasta el Gólgota y no habrían podido ejecutar en él la sentencia de la crucifixión. Buscaban a un hombre que le ayudase a llevar la cruz, sus miradas se detuvieron en Simón.
“Se puede uno imaginar que él no estuviera de acuerdo y se opusiera. Llevar la cruz junto con un condenado podría considerarse un acto ofensivo contra la dignidad de un hombre libre”, analizó Juan José Pineda.
Así, Simón tomó la cruz de mala gana para ayudar a Jesús.
Sexta estación
En la sexta estación, las escrituras describen que en el trayecto de Jesús al calvario una mujer se abrió paso entre los soldados que lo escoltaban.
De pronto aquella mujer enjugó con un velo el sudor y la sangre del rostro del Señor.
Milagrosamente, el rostro de Jesús quedó impreso en el velo de aquella mujer de nombre Verónica, protagonista de aquel gesto.
“Si nos hacemos la pregunta de por qué en la tradición de la Iglesia aparece Verónica limpiando y enjugando el rostro del Señor Jesús, sin lugar a dudas es porque lo miró a los ojos, sin lugar a dudas es porque encontró su rostro, sin lugar a dudas es porque se sintió corresponsable en el sufrimiento de este hombre”, mencionó el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Juan José Pineda.
Séptima estación
Jesús cae por segunda vez bajo la cruz, condenado entre el polvo de la tierra y aplastado por el peso de la cruz. Pero con gran esfuerzo se levanta para seguir el camino en una acción que exhorta e invita a sus hijos a levantarse cada vez en el camino de la cruz.
En esta estación el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Juan José Pineda, llamó a los feligreses a seguir el ejemplo del Hijo de Dios y a pedir perdón por las acciones hechas en contra de nuestros propios hermanos.
“Este es un momento para pedir perdón porque con nuestra actitud de indiferencias, con nuestros ojos cerrados, con nuestra espalda, con nuestras palabras hirientes, con la calumnia, hemos hecho que nuestro hermano y hermana caigan”, dijo.
“Este es el momento, Señor, para pedirte perdón a ti porque no solamente tú has caído en la tierra sino que muchas veces hemos hecho caer con nuestra actitud a nuestro prójimo”, manifestó el obispo auxiliar.
En esta estación, el sacerdote de la Iglesia Católica hizo un llamado a los hombres y mujeres que temen a Dios a no ser indiferentes ante los demás y pidió seguir el ejemplo de Verónica enjugando el rostro de nuestros hermanos y hermanas.
Octava estación
En la octava estación del vía crucis, Jesús consoló a las mujeres de Jerusalén.
En esta etapa el hijo de Dios dijo a las mujeres: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, lloren más bien por ustedes y por sus hijos, porque llegarán días en que se dirá; dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron, entonces se pondrán a decir a los montes; caigan sobre nosotros y a las colinas; cúbrannos porque si en el leño verde hacen esto, en el seco qué se hará”.
“Es verdaderamente increíble que en este camino de la cruz el que tiene que ser consolado es el que consuela a los demás, parece ser que la fuente del amor, de la fortaleza y de la misericordia del Señor Jesús no se agota en ese camino, no se agota por la cruz”, describió el obispo de Tegucigalpa, Juan José Pineda.
Novena estación
Por tercera vez, Jesús vuelve a caer camino a la crucifixión.
En la novena estación del viacrucis, Cristo se desploma de nuevo a tierra bajo el peso de la cruz mientras la muchedumbre que observa permanece curiosa por saber si aún tendrá fuerza para levantarse.
Las escrituras señalan que aún teniendo condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte en la cruz.
“Ante esta tercera caída del Señor Jesús, un corazón humano, con rostro humano y con sentimientos humanos, podríamos pensar; ya no puede, está cansado, es lógico que se caiga una vez más, pero ese es el lugar en donde podemos descubrir que Dios es fuerte, Dios es fiel, Dios no se deja vencer por el mal”, describió en esta estación el obispo de Tegucigalpa.
“Dios se levanta aunque algunos lo quieran desechar, Jesucristo sigue su camino y no se detiene. En este momento, en esta tercera ocasión una vez más Señor te tenemos que pedir perdón ante tu tercera caída”, proclamó.
Décima estación
esús es despojado de sus vestiduras y le dan a beber vinagre en la décima estación del vía crucis.
Después de probarlo, el Hijo de Dios no quiso beberlo, no quiso calmantes que habrían nublado la conciencia durante la agonía, señalan las escrituras.
Jesús quería agonizar en la cruz consciente, cumpliendo la misión recibida del Padre, contrario a los métodos usados por los soldados encargados de la ejecución, quienes debiendo clavar en la cruz al condenado trataron de amortiguar su sensibilidad y conciencia.
Cristo no podía ser así, Jesús sabía que su muerte en la cruz debía ser un sacrificio, por eso mantuvo despierta la conciencia hasta el final, sin esta no podría aceptar de un modo completamente libre la plena medida de su sufrimiento.
Aquel sufrimiento del Hijo de Dios en esta estación tiene mucha relación con el pueblo hondureño, manifestó el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Juan José Pineda.
Décimo primera estación
Jesús es clavado en la Cruz. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos; porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo Jesús, tendido sobre la cruz, alarga sus pies y manos y ofrece al Eterno Padre el sacrificio de su vida por nuestra salvación; le enclavan aquellos bárbaros verdugos y después levantan la cruz en alto, dejándole morir de dolor sobre aquel patíbulo infame.
Décimo segunda estación
Te adoramos Cristo, y te bendecimos; porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo. Considera cómo Jesús, después de tres horas de agonía, consumido de dolores y exhausto de fuerzas su cuerpo, inclina la cabeza y expía en la Cruz.
Oh difunto Jesús mío. Beso enternecido esa Cruz en que por mí habéis muerto. Yo, por mis pecados, tenía merecida una mala muerte, más la vuestra es mi esperanza.
Décimo tercera estación
Te adoramos Cristo y te bendecimos porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo, habiendo expirado ya el Señor, le bajaron de la Cruz dos de sus discípulos, José y Nicodemo, y le depositaran en los brazos de su afligida madre, María, que le recibió con ternura y le estrechó contra su pecho traspasado de dolor.
¡Oh Madre afligida! Por el amor de este hijo, admitidme por vuestro siervo y rogadle por mí. Y vos, Redentor mío, ya que habéis querido morir por mí, recibidme en el número de los que os aman más de veras, pues yo no quiero amar nada fuera de Vos.
Décimo cuarta estación
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo. Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar a Jesús, acompañándole también su madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.
¡Oh, Jesús mío sepultado! Beso esa losa que os encierra. Vos resucitasteis después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eternamente con vos en la gloria, amándoos y bendiciéndoos.
Décimo quinta estación
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Unas piadosas mujeres fueron al sepulcro de Jesús muy temprano. El anuncio de la resurrección convierte su tristeza en alegría. Jesús está vivo y nosotros vivimos en Él para siempre. La resurrección de Cristo inaugura para la humanidad una renovada primavera de esperanza.
El obispo auxiliar Juan José Pineda, junto a los presbíteros Carlo Magno y Carlos Rubio, pidió al Señor que fortalezca la generosidad y el amor del Resucitado, a su santidad el papa Francisco, al arzobispo, cardenal Óscar Andrés Rodríguez, a las familias, los jóvenes y niños de Honduras para que puedan ahora y siempre experimentar el don de la vida eterna que solamente viene de Dios.
El prelado pidió oraciones a los fieles para que Dios derrame bendiciones al pueblo hondureño, a sus líderes religiosos
Te suplico, Señor, que me concedas, por intercesión de tu madre la Virgen, que cada vez que medite tu Pasión, quede grabado en mí con marca de actualidad constante, lo que Tú has hecho por mí y tus constantes beneficios. Haz, Señor, que me acompañe, durante toda mi vida, un agradecimiento inmenso a tu bondad. Amén.