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Melvin Daniel Matamoros: 'Quiero llegar más alto que mi papá”  

El retoño de 16 años ha dirigido 8 juegos en reservas. Su debut no fue el soñado. “Mi padre me dijo que estuve perdido, ese día lloré y dije que ya no quería ser árbitro”

12.11.2019

MOROCELÍ, EL PARAÍSO.-Si su rostro no puede disimular el gen Matamoros y si su nombre lo delata como el retoño de Melvin, su sueño no puede estar alejado del legado de su padre: “Hace como dos años le dije a mi papi que quería ser árbitro como él”...

Con apenas 16 años de edad, Melvin Daniel ya da sus primeros pasos en el mundo de las mentadas de madre y las constantes críticas.

“Tengo las ganas, sueño con ser uno de los mejores árbitros de Honduras”, confiesa ante los ojos de orgullo de su padre, mientras en la polvorienta calle de enfrente de su casa un grupo de niños anima la tarde al ritmo de los trompos.

Y es que Morocelí aparte de ser un histórico municipio de juegos tradicionales, también sabe producir tocapitos de calidad. Lo ha demostrado Melvin Orlando Matamoros, el juez del último clásico Olimpia-Marathón (1-0) y de las ocho finales dirigidas.

“Lo que me motivaba a ser árbitro era cuando miraba las finales que él pitaba, yo decía: ‘Hace muchos años estaba dirigiendo en liga mayor y ahora está en Liga Nacional’. Me acuerdo de su primera final en Tocoa”, cuenta el júnior antes de que su progenitor le complemente; “fue la que le ganó el España en penales a Real Sociedad en diciembre de 2011”.

Debut, regañada y despedida

Su deseo de ser juez se despertó en aquella finalísima en el Bajo Aguán, pero la decisión la tomó recién el año anterior.

“Esa final me motivó mucho porque Tocoa es un lugar muy complicado. Allí me dije que quería dirigir, aunque no sabía nada de arbitraje. Cuando le dije a mi papá que quería ser árbitro, me dijo: ‘Esto ya no es de niños, esto ya es de gente grande’”.

El niño asumió esa responsabilidad de adulto, decidió entrar al curso de arbitraje y se estrenó el año pasado en la Copa Alcalde de Morocelí.

“El árbitro no sabía nada, andaba desconcentrado. Mi papá estaba viéndome, al final llegó y me dijo que había andado totalmente perdido. Hablamos y no le ajustó una hora para decirme todo, entonces dije: Señor, hasta aquí, no quiero ser árbitro, esto es algo de locos”, cuenta sin evitar echarle un vistazo al “jefe”.

El jalón de orejas no había terminado allí para el joven que cursa primero de bachillerato y que anhela estudiar inglés.

“En la noche me sentó en el mueble y seguimos hablando. Ese día lloré y le dije que no quería ser árbitro, que había probado y no me había gustado”. Pero esa determinación la revirtió en la misma semana y al siguiente domingo estaba otra vez con el silbato en el centro del campo.

Padre e hijo haciendo trabajos físicos en la práctica vespertina en el campo del municipio.

Padre e hijo haciendo trabajos físicos en la práctica vespertina en el campo del municipio.

Cuestionó a su papá...

Después de curtirse en la Liga Mayor de la Villa de San Francisco (Francisco Morazán), hoy ya suma ocho partidos dirigidos en el Torneo de Reservas. Claro, hijo de tigre sale rayado.
Hoy ya se siente con tanta confianza que es capaz hasta de cuestionar al maestro.

“En un clásico entre Olimpia y Motagua él no sancionó un penal a Kevin López o Rubilio (Kevin fue, corrige el padre). En el camerino miré la jugada y en el camino le expresé: ‘Papi, la de Kevin era penal y el de Moreira que señaló no era’; él aceptó. Me ha tocado cuestionarlo o si no él me pregunta: “¿Cómo viste el partido, cómo viste al árbitro?”, se sincera el joven que ya forma parte del Colegio Nacional de Arbitraje.

Su progenitor es su instructor y todos los jueves y viernes se somete a las charlas de un maestro de “carácter, disciplinado y respetado por los jugadores”.

Aparte de las reuniones en el curso de arbitraje, constantemente están viendo partidos juntos y allí su padre le pide que mire los movimientos y las decisiones de los tocapitos.

“Me da muchos consejos de cómo se mueve el árbitro y me dice que las tarjetas no se regalan”, confiesa antes de salir al campo a realizar la respectiva práctica que recibe junto a un pelotón de 16 jueces.

Sueña con llegar más alto...

Acá, en Morocelí, los Matamoros son marca registrada y así lo dejan de manifiesto los constantes saludos tanto en el mirador del pueblo como en el campo de fútbol.

Terminada la charla, toca el regreso a casa y una cena que incluye al equipo de Zona; “no se pueden ir sin comer”, dice la madre, doña Griselda.

Melvin Daniel va “escalón por escalón”, pero lo hace tomado de una mano segura.
“Es mi padre y mi instructor”, cuenta antes de contrarrestar: “Ser hijo de él no me mete más presión porque al final somos personas distintas”.

Su anhelo es emular los pasos de su padre, ¿verdad? Resopla y suelta: “Tengo que abrir otro nuevo camino para llegar más alto de lo que él ha llegado. Ocupo otro saltito del que ha hecho, no vamos a hacer lo que él hizo, sino algo diferente, con un nuevo Melvin”.

Su misión es “ser uno de los mejores en Reservas, en Liga de Ascenso, llegar a primera y ser gafete FIFA; mi meta no solo está en ir a un mundial, sino llegar a muchos. Mi sueño está más allá de mis ojos...”.

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