Este relato narra hechos reales. Se consultaron fuentes de inteligencia policial, fiscales y personal de la Dirección de Lucha Contra el Narcotráfico (DLCN).
COCA. El hombre, de poco más de cincuenta años, de regular estatura, fornido sin ser gordo, de rostro redondo, en el que brillaban dos ojos grandes y negros, con canas en las sienes y un abdomen incipiente, se quitó el saco de casimir azul marino marca Gucci, se aflojó la corbata Pancaldi y acomodó las mancuernillas doradas, marca Cartier, en las puntas de las mangas de su camisa Arrow, tan blanca como la nieve. Luego estiró los brazos, soltó un suspiro largo y sonoro, en el que escapaba parte de la tensión que se había acumulado en su pecho desde los últimos días y se dejó caer sobre el sillón de cuero negro. Sonrió y en su sonrisa se notó la enorme satisfacción que sentía.
Al frente, a través del enorme ventanal de vidrio, estaba la ciudad, llena de luces, cubierta por nubes grises que poco a poco hacían la noche más espesa. Entre él y el ventanal estaba ella, una mujer hermosa, a pesar de que pasaba ya de los cuarenta y pico de años, vestida solamente con ropa íntima y zapatos de plataforma, con el pelo corto y liso cayendo a los lados de su cara, la que levantaba de vez en cuando para mirar y sonreirle al hombre que tenía enfrente.
Estaba encorvada sobre una mesita de vidrio, de patas negras con borlas doradas, y se ocupaba en picar con una hoja de afeitar un pequeño bulto de polvo blanco que se iba desgranando sin dificultad. El hombre la miraba hacer, paseando sin mayor interés su mirada por los senos blancos, marcados por algunas estrías, y por las piernas flácidas que empezaba a invadir la celulitis. Él esperaba, solo esperaba.
Ella era blanca, no muy alta, delgada, de piernas largas, abundantes caderas, cintura estrecha y senos generosos que resistían la ley de gravedad gracias al brasier blanco que se esforzaba por mantenerlos en su sitio. Su rostro, pálido y lleno de pecas, era atractivo y había fuego en sus ojos. Cuando terminó de picar el polvo blanco, hizo, con la destreza que solo da la experiencia, una línea de unas quince pulgadas de largo, delgada y no muy alta, luego miró al hombre, se enderezó y le volvió a sonreír.
“Ya está” – le dijo, moviendo apenas los labios.
El hombre se acercó, sin levantarse del sillón, hizo un canuto con un billete nuevo, y se agachó sobre la mesa, luego aspiró una larga dosis de cocaína, levantó la cabeza, se sacudió la nariz, soltó el aire de los pulmones y le dio el canuto a la mujer, sonriendo satisfecho. Esta echó el pelo hacia atrás, puso el canuto en una de sus fosas nasales y aspiró por dos largos segundos. Luego siguió él. Un poco más y la cocaína desapareció de la mesita de vidrio. Ahora, a la mujer le brillaban los ojos.
“¿Trajiste más?”
“No, pero llamé a alguien y ya está por llegar”.
“¿El mismo de siempre?”
“¿Podemos confiar en alguien más?”
Ella estaba a su lado en el sillón.
“¿Cuánto gastás al mes en esto?”
El hombre dudó antes de contestar. Estaba lamiendo un largo cigarro de marihuana.
“No sé –dijo, y agregó–, unos cincuenta mil lempiras…, dos mil quinientos dólares, poco más o menos; pero no es solo para mí, que conste”.
La mujer suspiró. El timbre del teléfono los interrumpió.
“Es él”.
Cinco minutos después un muchacho subió al décimo piso y tocó la puerta del apartamento.
“Abogado –dijo, por todo saludo–, aquí está lo que pidió”.
Entregó un paquete, recibió el dinero y se despidió. Traía cocaína suficiente para toda la noche. El abogado volvió sonriente al sillón.
“Hay suficiente para todos”.
“¿Cuántos más vendrán?”
“Dos parejas más”.
“¿Los de siempre?
“Sí, los de siempre… ¿Hasta que hora te vas a quedar?”
“Toda la noche. Mi marido cree que estoy en una capacitación del colegio médico…”
“¿Y dónde se supone que estás?”
“En La Ceiba, por todo el fin de semana”.
“Siempre estás inventando viajes”.
“A veces no soporto más; el estrés me está matando… Además, él no es un santo y hay santos a los que, a veces, no vale la pena encenderles candelas”.
El abogado sonrió. La doctora tomó el paquete y lo abrió.
PAGO
Cada mes, del bolsillo del abogado salen dos mil quinientos dólares para la compra de cocaína. Siempre el mismo proveedor. Cada viernes, en su apartamento de soltero en la zona de Lomas del Guijarro, se relaja en compañía de sus amigos más íntimos, hombres y mujeres profesionales que, como él, buscan una forma de dejar atrás el estrés de la semana provocado por un trabajo pesado y asfixiante. Sus amigos también llevan droga, la necesaria para “relajarse y no caer en la adicción”. Unos llevan piedra, otros marihuana. El licor nunca falta en el bar del apartamento.
Las mujeres, más recatadas, llevan su hermosura y sus penas. Entre todos, al mes, invierten más o menos cinco mil dólares en droga, poco más de cien mil lempiras, una cantidad de dinero nada despreciable. Un alto oficial de la Policía dice que esto pasa en miles de lugares cada viernes y sábado.
“La droga corre como ríos entre gente de este tipo –dice–, gente de la ‘alta’ que, podría decirse, no usa droga diariamente, o sea que solo la usa para ‘relajarse’ después de una semana larga de trabajo. Las cantidades de dinero que este tipo de personas invierten en drogas es incalculable pero podría decirse que, entre todos, invierten millones, muchos millones cada mes. Y esto sucede en las grandes ciudades de Honduras”.
EL GATO NEGRO
Juan Osorto o Héctor Portillo, apodado “El Gato Negro”, fue considerado uno de los narcotraficantes más poderosos de Tegucigalpa y Comayagüela, la capital de Honduras. Fue asesinado por sus enemigos en abril de 2010, junto a varios de sus guardaespaldas. Testigos protegidos aseguran que era un hombre adinerado, “que movía muchos millones, la mayor parte, ganancias del narcomenudeo”.
Hay quienes dicen, también, que “El Gato Negro” aseguraba que su negocio no se iba a terminar mientras hubiera adictos a las drogas. “Ellos me sostienen –decía–; son mi mejor fuente de ingresos”. Y estaba en lo cierto.
PREGUNTAS
¿Quiénes sostienen al narco? ¿Cuáles son las fuentes de sus cuantiosas riquezas? ¿De dónde obtuvo Pablo Escobar los veinticinco mil millones de dólares en que se calculó su fortuna? Y, ¿de dónde obtuvo Joaquín “El Chapo” Guzmán los más de mil millones de dólares que se dice ganó con el tráfico de drogas? La respuesta es clara. De los adictos. Tan solo en Estados Unidos suman más de veinticinco millones. Se cree que hay más de doscientos cincuenta millones de drogadictos alrededor del mundo. No en vano el narcotráfico es el tercer negocio ilícito más rentable que existe, después del tráfico ilegal de armas y de la trata de personas. El narco genera cada año más de quinientos mil millones de dólares, y se calcula que en diez años, si no se detiene o se combate con mayor eficacia, podría generar la astronómica cifra del millón de millones de dólares.
LOS CÓMPLICES INVISIBLES
En una entrevista reciente en el programa “Frente a frente” de Canal 5, de la televisión de Honduras, que dirige el periodista Renato Álvarez, el ministro de Seguridad de Honduras, Arturo Corrales, se refirió a los “cómplices del narcotráfico”. Pero, ¿quiénes son los cómplices del narco? ¿A quiénes se refería especialmente el ministro Corrales?
RESPUESTAS
Los cómplices del narcotráfico son muchos, aunque no deberían incluirse en esta categoría a quienes trasladan la droga desde Sudamérica hasta Honduras, en su viaje hacia Estados Unidos, porque a estos se les cataloga como miembros de los carteles, empleados a sueldo de los capos del narcotráfico. Tampoco podría mencionarse como cómplices a funcionarios públicos que facilitan las actividades del narcotráfico brindando protección al crimen organizado, aceptando sobornos o “lavando” los dineros ilícitos. Estas personas forman parte intrínseca de la organización criminal. Estos son siervos del narcotráfico, son piezas del crimen organizado. Entonces, ¿quiénes quedan?
CONCEPTO
En derecho penal, “cómplice es aquella persona que es responsable penalmente por un delito o falta pero no por haber sido el autor directo de ese delito, sino por haber cooperado a la ejecución del hecho con actos anteriores o simultáneos”.
Entonces, ¿a qué o a quiénes se refirió el ministro Corrales cuando habló de “cómplices del narcotráfico”?
Si como dijo “El Gato Negro”, “los adictos son los que sostienen el negocio del narcotráfico”, bien podría ubicarse en la categoría de “cómplices del narcotráfico” a todos los consumidores, incluyendo a los drogadictos sociales, a los drogadictos ocasionales, a gente como el abogado y la doctora que mencionamos al inicio y que “usan drogas solamente para relajarse, para pasar un momento agradable, para quitarse de encima el estrés de la semana”.
Estas personas pagan grandes cantidades de dinero al narcotráfico, “millones”, como dijo el oficial de la Policía mencionado anteriormente. Y, en este punto, se hace obligatoria una pregunta: ¿Para qué sirve el dinero del narco?
EFECTOS DE LA COMPLICIDAD INVISIBLE
Las ganancias que produce el tráfico de drogas no solo sirven para acrecentar las fortunas multimillonarias de los grandes capos. Sirven, también para sobornar, para aumentar la producción de droga, para experimentar con drogas nuevas, más adictivas y más destructivas; sirven para pagar sicarios, asesinos que limpian territorios controlados por bandas de narco menudeo; sirven para matar, para destruir, para llenar las calles de sangre y para llevar el luto, el dolor y las lágrimas a numerosas familias en Honduras y alrededor del mundo.
Un proveedor de armas a las pandillas de San Pedro Sula declaró que “no le importa lo que los ‘jomis’ hagan con las armas que él les vende, y que no le importa cómo consiguen el dinero con que se las pagan. Pagan y ya. Lo demás es asunto de ellos y de la Policía”.
“Entonces usted forma parte de las bandas del tráfico de drogas, ¿verdad?”
“No; yo solo les vendo las armas”.
“¿Sabe usted de dónde consiguen el dinero con el que le compran las armas?”
“¡Claro! De la venta de coca”.
“¿Podríamos decir, entonces, que los que pagan la droga pagan también las armas con que matan, con que asesinan los pandilleros, los sicarios o los asesinos del crimen organizado?”
“Podría decirse que sí. Ellos, los drogadictos, pagan por su vicio y con ese ‘pisto’ también me compran armas… Es una cadena en la que nos beneficiamos todos”.
“Esa cadena tiene al país hundido en la violencia…”
“Pero ese no es ped… mío”.
“¿Alguna vez le pagan sus armas con droga?”
“Sí, de vez en cuando, pero no me conviene. Es doble ‘clavo’ para mí.”
“¿Dónde consigue usted las armas que vende?”
“Hay muchos proveedores…”
“¿Puede mencionar algunos?
“Antes trataba con policías, pero eso fue antes; ahora se ha puesto ‘yuca’ con los polis… Dicen que el director Sabillón los tiene ‘del pico’ y el que plancha va ‘pa’l tavo’. Y también se conseguían con gente del Ejército… Aquí todo el mundo anda en algo, pero con Juan Orlando la gente se ‘chivió’, tienen miedo...”
LAS RAZONES DEL MINISTRO
El abogado, la doctora, sus compañeros y amigos, y las demás personas que como ellos compran drogas para “relajarse los fines de semana” son parte de esos cómplices invisibles del narcotráfico a los que se refirió el ministro de Seguridad. Ellos aportan dinero a las bandas y las bandas, con parte de ese dinero compran armas y municiones, pagan sicarios; esas armas y municiones sirven para que se produzcan masacres por pleitos de territorio, sirven para corromper funcionarios públicos, en fin, sirven para ensangrentar cada día más al país. Estas personas de la “alta sociedad”, profesionistas, empresarios, entre otras muchas categorías sociales, estos drogadictos de fin de semana, son los invisibles cómplices del narco y, como cómplices, deberían ser castigados.
En opinión de un abogado penalista, “la tenencia de cualquier tipo de droga que se suponga que es para consumo personal, y el consumo mismo, deben ser castigados con penas severas, penas que disuadan al consumidor, penas ejemplarizantes que infundan temor y que deberían servir para reducir la demanda. Repito: Comprar droga para consumo personal, y el consumo mismo, debería considerarse complicidad criminal y, por tanto, debe ser castigada”. Y un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, agrega: “Debería legislarse para convertir el consumo en complicidad del delito de narcotráfico, con la agravante del consumo y de la incitación al consumo por terceras personas. Este tipo de complicidad es la complicidad del “cooperador necesario”, el cual está definido, según el Código Penal, como aquel que coopera en la ejecución de un delito con un acto sin el cual ese delito no se habría efectuado”.
Para Óscar Álvarez Guerrero, exministro de Seguridad y actual diputado al Congreso Nacional, “el legislador debería incluir en el Código Penal el consumo de drogas como complicidad del narcotráfico porque con el dinero que se paga por la droga se agiganta el tráfico y se cometen muchos delitos asociados al narco”.
En este punto, resumimos: Al drogadicto social, al drogadicto de fin de semana, al hombre o mujer que paga grandes cantidades de dinero por droga que “solamente usa para relajarse”, debe tipificársele como cómplice del narcotráfico porque con el dinero que paga la droga, sea cual sea, colabora en la compra de armas con la que se asesina y/o se pagan asesinatos del crimen organizado. Es así de sencillo. Y hechor y consentidor tienen pena igual.
CONSIDERACIONES
“El Mayo” Zambada dijo que “el narco es difícil de exterminar porque está arraigado en la sociedad, porque los drogadictos son millones, porque los proveedores son muchos y poderosos y porque los Estados son débiles en su lucha contra carteles con recursos económicos ilimitados, los que les dan acceso a armas de guerra que no podrían pagar los Estados, a tecnología de punta y, sobre todo, acceso a las clases sociales más desposeídas que se convierten en protectoras del narco gracias a dádivas o proyectos sociales generosos”.
Sin embargo, el director general de la Policía Nacional, comisionado Ramón Antonio Sabillón, dice que “no hay peor lucha que la que no se hace y que en esta guerra contra el narcotráfico el Estado de Honduras no se dará por vencido, por el bien del país y de las nuevas generaciones”.
Y el ministro Arturo Corrales dice que “es nuestro deber darle seguridad a Honduras, seguridad permanente, y esta seguridad efectiva pasa por disminuir, restringir y atacar las actividades del narcotráfico en todas sus manifestaciones. Será una lucha de años, será una lucha difícil, pero al final dará frutos positivos.”
“Por supuesto –dice el comisionado Sabillón Pineda–, la Policía Nacional necesita más apoyo, más recursos y mayor capacitación al personal que lucha contra el narco; y también necesita de la honestidad y de la entrega de fiscales, jueces y magistrados que apliquen la ley como la ley manda”.
Y si la ley manda que “el consumidor de droga en mayor o menor escala es cómplice del delito del narcotráfico, incluidos en este todos los delitos derivados del tráfico de drogas”, entonces la lucha contra este flagelo podría avanzar positivamente. Podría ser. Por lo pronto, es muy cierto que el consumidor de droga consuetudinario, o sea, el adicto de tiempo completo, y el drogadicto o consumidor de droga de fin de semana, no solo es el sostenedor del narcotráfico, sino también es “cómplice cooperador necesario” porque con su dinero y su adicción magnifican los devastadores efectos de esta epidemia mundial.