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Álvaro Mutis, estratega de la palabra, poeta mayor

La voz narrativa del escritor colombiano, proveniente de la poesía, se impuso como escritura vital. Y su obra crece con el paraíso perdido en el que habita su personaje Maqroll el gaviero.

28.09.2013

Su extensa obra, que transita entre la narrativa y la lírica, devela una de las voces más exquisitas del panorama iberoamericano.

Alvaro Mutis y su misterioso gaviero con el que inventó vidas y trayectorias, trascendió la frontera de la muerte pero su obra tiene el mismo fuego de la primera vez.

El escritor colombiano, radicado en México, falleció a los 90 años dejando tras de sí una fuerte invitación a leerlo, a descubrirlo a través del marino Maqroll el Gaviero, a recordar la forma cómo transmitía lo que sabía a los más jóvenes, o en la amistad que por años lo unió a grandes escritores como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.

“Es uno de los grandes de la literatura en castellano. Su obra poética es admirable y su prosa tiene un brillo pocas veces encontrado”, así describió al escritor colombiano Juan Gelman en un artículo publicado por diario El País.

EN LA LÍNEA DEL TIEMPO. Nacido el 25 de agosto de 1923 en Bogotá, Mutis gozó de amplia popularidad fuera de Colombia y fue considerado por la crítica como uno de los más sobresalientes poetas y narradores de su generación.

Vivió hasta los nueve años en Bruselas, adonde llegó cuando tenía dos junto a su padre, el entonces embajador Santiago Mutis Dávila, y su madre Carolina Jaramillo. A los 18 años contrajo matrimonio con Mireya Durán Solano en 1941, con quien tuvo tres hijos: María Cristina, Santiago y Jorge Manuel. Tras su divorcio se casó por segunda vez, con María Luz Montané en 1954, de cuya unión nació María Teresa.

El escritor viajó a México en 1956 con cartas de recomendación para el cineasta español Luis Buñuel y para el productor de televisión mexicano Luis de Llano Palmer.

Tres años después, pasó 15 meses detenido en la penitenciaría de Lecumberri, en la Ciudad de México, tras hacerse efectiva una demanda en su contra por malversación de fondos en la multinacional norteamericana Esso, en la que laboró como jefe de relaciones públicas.

Después de esta experiencia nació el “Diario de Lecumberri” (1959), uno de sus primeros libros de narrativa en el que cuenta sus vivencias durante el encierro y la soledad en el llamado “Palacio negro”.

En la prisión conoció aspectos ocultos de algunos siniestros personajes encerrados allí, situaciones que plasmó en tres relatos: “Antes que cante el gallo”, “Sharaya” y “La muerte del estratega”.

SU OBRA. La extensa obra del autor se distingue por una rica e interesante mezcla de narrativa y lírica. Su personaje más afamado fue Maqroll el gaviero, un misterioso marino que siempre rondó la frontera de la ilegalidad y que aparece en varias de sus obras.

La obra de Mutis en el género narrativo comprende, entre otras: “Diario de Lecumberri” (1959); “La mansión de Araucaima” (1973); “La verdadera historia del flautista de Hammelin” (1982); “Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero”, que comprende las novelas “La nieve del Almirante” (1986), “Ilona llega con la lluvia” (1988), “Un bel morir” (1989) y “La última escala del tramp steamer” (1989); “Amirbar” (1990), “Abdur Bashur, soñador de navíos” (1990) y “Tríptico de mar y tierra” (1993).

En poesía publicó “La balanza” (1948), “Los elementos del desastre” (1953), “Reseña de los hospitales de ultramar” (1958), “Los trabajos perdidos” (1964), “Summa de Maqroll el gaviero” (1973), “Caravansary” (1981), “Los emisarios” (1984), “Crónica regia y alabanza del reino” (1985) y “Un homenaje y siete nocturnos” (1987).

Escribió también tres ensayos sobre periodismo y siete antologías de poesía.

“El colombiano Álvaro Mutis es una de las voces literarias más preñadas de sentido en el panorama iberoamericano. La recopilación de sus poemas escritos entre 1948 y 1988, titulada ‘Summa de Magroll el gaviero’, supone para el lector adentrarse en una región creada como barrera contra la muerte”, escribió Mario Benedetti en 1991 en una columna de diario El País. Benedetti, quien rescata la recopilación de los poemas de Mutis escritos entre 1948 y 1988, dice que “si nos limitamos a sus libros de poesía, no sabremos muy bien cuándo el gaviero se va y adónde va, cuándo vuelve y de dónde vuelve, si muere una vez o varias veces. En ocasiones tenemos la impresión de que el gaviero fuera varios gavieros, distintos rostros de un mismo Álvaro Mutis”.

Y es que por asociación de la memoria, la obra del autor de Ilona llega con la lluvia, suele remitir al énfasis versicular de Neruda y St. John Perse, pero en este caso el tono épico se compone de hazañas sin la grandilocuencia de los estandartes, considera Carlos Monsiváis.

MUTIS EL SER HUMANO. Pero quién más para describir la vida y obra de Mutis que su entrañable amigo Gabriel García Márquez, quien por primera vez y luego de una larga amistad, le dedicó un homenaje en el marco de su cumpleaños número 70 en 1993.

En 2001, diario El País publicó el escrito de Gabo que narra la amistad entre ambos y toca territorios donde la realidad adquiere visos literarios. Una historia en la que Mutis -poeta, novelista, cronista y ensayista- aparece como un personaje entrañable y ejemplar. Así lo recordó el Nobel colombiano en agosto de 1993.

Aquí un extracto de esa muestra de entrañable amistad y respeto por el oficio.

Álvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos.

Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó aquel pacto de salubridad social solo porque no le gustó el peluquero que le recomendé.

He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta. Álvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la Cartagena idílica del 49.

Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, hasta una tarde de hace tres años o cuatro años, cuando le oí decir algo casual sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café.

Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn.

Tuvieron que pasar 40 años hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de pasar una aguja por el ojo de un camello.

‘Carajo’, le dije derrotado. ‘De modo que eras tú’. Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso.

De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero.

Álvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en sus programas.

En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras mayores.

Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo un título inocente: “El cultivo del naranjo”.

POETA Y MAESTRO. Fue también jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión. En otro empleo más grato, había tenido que sacar de un hotel de Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó quién iba dentro, le dijo: ‘El señor obispo’.

En un restaurante de México, donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que en realidad era Walter Winche, el personaje de “Los intocables” que Álvaro doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas enlatadas para América Latina, le dio 17 veces la vuelta al mundo sin cambiar el modo de ser.

Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes.

Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida, y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.

Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de “Pedro Páramo” y me dijo: ‘Ahí tiene, para que aprenda’. Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no solo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí “Cien años de soledad”.

Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. Él los escuchaba con tanto entusiasmo, que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador, se lo mandé a su casa.

Al día siguiente me llamó indignado: ‘Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos’, me gritó. ‘Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado’.

Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.

Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y yo nos vemos muy poco, y solo para ser amigos.

Aunque hemos vivido en México más de treinta años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos. Solo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Álvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz de ser.

Fue así: ahogado de tequila con un amigo muy querido, toqué a las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio la gana.

Álvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.

Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que hemos estado juntos ha sido viajando. Para mí, las horas interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras donde nunca estuve... Álvaro había manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio.

De pronto dijo: ‘País de grandes ciclistas y cazadores’. Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como aquélla, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.

Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las clases sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de comprar, Álvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco y extendió su trémula mano de mendigo.

Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: ‘Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cashemir’. Pero le dio un franco. En menos de 15 minutos recogió cuarenta.

En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo que era él. Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: ‘Ahora que sé que nunca conoceré Estambul’.

Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo a Estambul.

De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio de la poesía.

Solo hoy, cuando Álvaro es un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar a la muerte.

Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático.

Lo he visto tendido en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior.

Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac... Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por su oficios tiránicos.

Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. Él me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros.

Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.

Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.

Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a cumplir con Álvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y solo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.