El presidente electo de Honduras, Juan Orlando Hernández, es un propulsor convencido de la Gerencia Por Resultados (GPR), según lo ha expresado públicamente: “Gobernaremos con un equipo de gente que se ponga las pilas y dé resultados.
Los indolentes haraganes no caben en mi gobierno, queremos gente con resultados… La vida es de resultados, no es de hablar bonito y estoy muy contento porque nos estamos atreviendo a hacer cosas distintas”.
Y ante un grupo de mujeres emprendedoras declaró: “No me afecta que me digan Juan Tortilla por impulsar a que estas mujeres salgan adelante… estamos en lo correcto porque estas microempresas sí dan resultados”.
No tengo declaraciones de San Pedro sobre la GPR, ni tampoco del mero-mero del cielo; pero me encontré un día con la anécdota que comparto con ustedes más adelante. Por su valor práctico, la he adaptado a nuestro entorno.
El suceso fingido lo puse como pregunta analítica en una prueba final a mis estudiantes, maestrenses del curso de evaluación, en la carrera de gestión de proyectos, en la universidad donde trato de enseñar en los últimos 10 años, para que los estudiantes explicaran causas y efectos en sus respuestas, aplicando conceptos y argumentos teóricos y metodológicos de evaluación de proyectos y programas.
Por su potencial pedagógico, salvando distancias con los grandes maestros de la historia, lo considero una parábola de la cual pueden derivarse múltiples lecciones desde distintos campos del conocimiento. A continuación presento el caso:
“En un pueblo de Honduras habían dos hombres que se llamaban José González. Uno era sacerdote y el otro taxista. Quiso el destino que los dos murieran el mismo día y llegaran al cielo, donde San Pedro los esperaba:
¿Tu nombre?
--José González….
--¿El sacerdote?... No, el taxista.
San Pedro consulta su planilla y le dice:
¡Te has ganado el Paraíso!
Te corresponden estas túnicas con hilos de oro y este bastón de platino con incrustaciones de rubíes… ¡Puedes pasar!
--Gracias, gracias, muchas gracias-- respondió el taxista.
Al rato le toca el turno al otro José, quien había presenciado la entrada del taxista al Paraíso.
--¿Tu nombre? --José González, el sacerdote.
--¡Sí, sí, muy bien, hijo mío! Te has ganado el Paraíso!
Te corresponde esta bata de poliéster y este bastón plástico.
El sacerdote, algo asombrado, dice:
¡Perdón, San Pedro! No es por presumir, pero debe haber un error. ¡Yo soy José González, el sacerdote!
--Sí hijo mío, dice San Pedro, te has ganado el Paraíso, la bata de poliéster y el bastón plástico.
---No puede ser! --dice el sacerdote--. Yo conozco al otro señor, era un desastre como taxista. Subía y bajaba pasajeros en medio de la calle. Se estacionaba en zonas prohibidas. Conducía bolo. No respetaba luces ni señales de tránsito. Andaba a exceso de velocidad, etc, etc., y yo pasé 50 años de mi vida predicando en la parroquia.
¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica de hilos de oro y un bastón de platino, y a mí esto? ¡Debe haber un error!
--¡No, no es ningún error! --le dice San Pedro.
--Lo que pasa es que al cielo ya llegó la globalización, con sus enfoques y técnicas modernas de gestión. Nosotros ya no hacemos evaluaciones como antes.
--¿Cómo?... ¡No entiendo!
--¡Claro! Ahora nos interesan los objetivos, los planeados, y todo lo que salga como resultado de las actividades, haya sido o no planeado. Y antes de que empiece la actividad, por medio de una consulta previa, validamos con los involucrados si los objetivos propuestos son las más pertinentes en base a los recursos, necesidades y expectativas que ellos tienen.
Comprobamos, además, si la actividad planeada le pega de verdad a quien va a beneficiar. También estimamos la probabilidad que la misma tiene para generar los objetivos buscados. Algunas veces encontramos otras alternativas de acción más eficientes para conseguir lo buscado, e incluso, hasta para lograr algo mejor,
más eficaz, con el mismo esfuerzo.
Y por último, igualmente nos fijamos en algo muy ignorado por los impulsores de la gerencia por resultados.
Me refiero a los logros iniciales e intermedios que van saliendo, en lo material y espiritual, mientras estamos todavía ejecutando las actividades planeadas.
Ya no medimos resultados solo al final de la actividad. Vamos encontrando resultados mientras la acción está en marcha. Ahora, durante el desempeño hacemos seguimiento a lo previsto
–a lo planeado— y también a lo no planeado, con respecto a indicadores de éxito que nos han dado los mismos involucrados. La experiencia nos dice que en el imprevisto hay resultados que a veces son más atractivos para los participantes, que los previstos en los oráculos de nuestros técnicos celestiales.
Después de esta ilustración de modernidad, San Pedro continúa… Te voy a explicar tu caso y lo entenderás:
Durante los 50 años, cada vez que predicabas, la gente se dormía, pero cada vez que el taxista conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios.
Entonces…. ¿Quién vendía mejor nuestros servicios?
Nos interesan los resultados, hijo mío…. ¡RE-SUL-TA-DOS!
Que el lector saque sus propias lecciones. Para que lo aprendido le sea útil cuando alguien, del sector público o privado, lucrativo o no lucrativo, le proponga en el futuro algo que le interese y que después será evaluado por los RE-SUL-TA-DOS obtenidos.