Opinión

LAS AMÉRICAS: UN LUGAR BAJO EL SOL

El subcontinente, esto es Latinoamérica y las Antillas, masa terrestre con una superficie de 20,453,008 kilómetros cuadrados, con una población total (2012) de 603.174.000 millones de seres, de los cuales el 79.8% vive en centros urbanos, con tasa de crecimiento poblacional del 1.1%, con 7.8 años de promedio de escolaridad, ha alcanzado su mayoría de edad en los foros internacionales, por las iniciativas y propuestas formuladas, por su expansión económica, por la búsqueda de su propio destino.

Cierto, prevalecen aún grandes desigualdades tanto al interior de cada país como entre una nación y otra, en cuanto a oportunidades, desarrollo humano, ingresos. Pero también lo es que, a pesar de algunos retrocesos, la tendencia es hacia la democratización y actualización de sus sistemas políticos e instituciones.

Igualmente, el proceso integracionista, impulsado por Brasil, México y Venezuela continúa hacia la consolidación: la Comunidad de Estados Latino Americanos y Caribeños (Celac), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), el Grupo de Río, la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (Alba), son impulsos unitarios que pretenden hacer realidad los sueños y visiones de Valle, Bolívar y Martí.

Quedan obstáculos a superar: rivalidades comerciales, disputas fronterizas, antagonismos históricos, pero la aspiración no solo de sus dirigencias, también de sus respectivas colectividades, es hacia la consolidación de uno o varios bloques regionales que los representen con eficacia, dignidad y con una personalidad propia.

Esa creciente madurez alcanzada por el subcontinente no puede ni debe ser ignorada, tampoco obstaculizada, por la superpotencia, la cual tradicionalmente ha oscilado en su política exterior hacia la región desde la intervención abierta –política, militar y económica– hasta la velada desestabilización; desde considerarla su patio trasero hasta el diseño de políticas comerciales asimétricas que provocan déficits en las balanzas de pagos de las economías más débiles del área.

Esa relación desigual puede y debe ser superada, ya que la geografía impone cercanías que deben ser utilizadas para beneficio recíproco, sobre la base del mutuo respeto, entendimiento y beneficio, dejando atrás el hegemonismo y el unilateralismo.

Cuando eventualmente se alcance este estadio, entonces sí podrá decirse que América, en su totalidad, comparte un equitativo lugar bajo el sol, que alumbra por igual a grandes y chicos, a pequeños y grandes por igual.