Opinión

Exponentes de la fortaleza de los hondureños sobresalen en estos días en el ámbito internacional: el cardenal Óscar Andrés Rodríguez, arzobispo de Tegucigalpa, expresidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) y en general, con bagaje cultural, servicio curial y pastoral similares a los del Papa Francisco, al celebrarse el cónclave para designar al Sumo Pontífice; y la licenciada Julieta Castellanos, rectora de la Universidad Nacional (UNAH), cuya entereza y disposición con el adecentamiento de la seguridad ciudadana, muy anterior a este cargo, al serle otorgado el Premio Mujer con Coraje, por el gobierno estadounidense.

Son representativos de la idiosincrasia hondureña: visión, proactividad, responsabilidad, inconformidad ante la injusticia e hidalguía ante la adversidad. Son lo mejor. De lo que es más en nuestro país.

Solo la mediocridad de unos pocos, nos hinca las garras, reduce la autoestima y lo olvidamos. Pero los ejemplos de solidaridad, determinación y valentía no son la excepción en Honduras, son lo común, invisibilizados a veces por la mezquindad, la que tarde o temprano es desenmascarada.

Ya vimos y veremos: no desaparece la luz cerrando los ojos ni se detiene la pudrición tapando la nariz. Quienes fundan su seudoprestigio en la mentira, no hay forma de que alcancen los sitiales de honor alcanzados por estos dos hondureños y por muchos otros, anónimos la mayoría, quienes avanzan y son agentes de cambio en sus comunidades, aun teniendo todo en contra.

No importa todo el daño que hagan, todos los recursos que usen esos pocos, no podrán engañar ingenuos por mucho tiempo y nunca serán como el cardenal Rodríguez con su solidaridad ni como la rectora Castellanos con su determinación con que nuestros hijos no pierdan clases frente a sindicalistas y algunos docentes envilecidos.

Se puede o no coincidir con sus perspectivas de la vida, o con su forma de contribuir al bien común, pero son ejemplares. Son factores en la fortaleza hondureña.