Los seres humanos, y parece que muy especialmente los hondureños, tenemos una fuerte tendencia a no asumir por completo la responsabilidad por nuestras acciones e inacciones y por los resultados de estas, menos aún, si estos son perjudiciales, negativos, indeseables, impopulares o vergonzosos.
Quizás el determinismo religioso impuesto en nuestras mentes que atribuye todo lo bueno que nos ocurre a Dios y todo lo malo a su contraparte: el Diablo, sea el punto clave de esta forma de ver la vida que, de una u otra forma, ha sido la base intelectual para construir la Honduras que hoy tenemos.
En el plano colectivo, cada nuevo gobernante, sea militar, liberal o nacionalista -sin ninguna diferencia ideológica o de intereses entre todos los que hemos tenidos hasta ahora-, siempre tiende a llevarse la mayor parte de su mandato culpando a su antecesor por la incapacidad de resolver problemas o para impulsar cambios positivos que realmente marquen alguna diferencia.
Las pocas cosas que se hacen bien son maximizadas hasta la exageración para presentarlas como supuestos grandes éxitos atribuibles a una buena gestión gubernamental, cuando realmente son producto de una coyuntura o del esfuerzo de grupos determinados como ocurre con las remesas que envían los migrantes, que una vez huyeron de la falta de oportunidades, o de las divisas y el empleo que generan los productores de café con su propio sacrificio.
En el plano individual ocurre algo similar. Prácticamente nadie que esté en una mala situación económica, social o afectiva, va a aceptar que es porque nunca planificó nada ni hizo esfuerzo alguno; que hizo mal esto o lo otro o porque no hizo aquello.
Lo más fácil es atribuirle todo a la mala suerte, una prueba de Dios o una jugarreta del Diablo. Otros simplemente culparán a sus padres u otras
personas por no haberles apoyado; dirán que sus maestros, jefes, parejas, no los querían, que les tenían envidia; que son los malos que arruinaron sus vidas.
Un asunto clave para mejorar, colectiva e individualmente, es asumir plenamente la responsabilidad por nuestros éxitos, pero también por nuestros fracasos. Seguir culpando a otros es solo negarnos la posibilidad de hacer los cambios que necesitamos con urgencia.