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¿Merece Honduras los políticos que tiene?

Hace unas semanas escuchaba una declaración del abogado Raúl Pineda Alvarado donde decía que la clase política hondureña entró en una etapa de depravación y perversión. Sin duda alguna que coincido con los comentarios del abogado Alvarado, en el sentido que la clase política ha caído en la depravación y perversión como una forma de alcanzar sus objetivos a través del poder, sin importarle el costo social que pague el pueblo hondureño. ¿Pero qué está pagando el pueblo hondureño con la clase de políticos que tiene? ¿Merecemos los hondureños los políticos que tenemos? ¿Es la clase política el reflejo de lo que realmente es la sociedad hondureña? La repuesta probablemente sea muy triste y sinceramente, hace algunos años pensé que la clase política y la sociedad hondureña no llegarían a este punto. Digo, sin temor a equivocarme, a pesar de respetar posiciones contrarias, que como pueblo hondureño sí nos merecemos los políticos que tenemos. No solo porque los ponemos en sus posiciones, sino también por la certeza de que estos políticos retratan la esencia de nuestra sociedad. O mejor dicho, nuestra propia esencia, corrupta por naturaleza, en la que siempre buscando nuestros intereses egoístas, olvidamos el bien común.

Sin generalizar y considerando que existen sus excepciones, la media de la sociedad hondureña, en pequeños gestos, ya dice lo que somos, y para qué y a quién servimos. Para nadie es desconocido que el pueblo hondureño, en su mayoría, no preserva los valores básicos y culturales de una sociedad, y por lo tanto, no puede exigir a sus políticos la misma postura. Es quizás por eso que vemos en el escenario actual la total apatía, con tantos escándalos de corrupción que campean en los últimos años y que se renuevan cada año. Como sociedad, pareciera que hemos llegado al extremo de aceptar lo malo como bueno y de rechazar lo bueno por ser malo para nuestros intereses. En las instituciones públicas dirigidas por políticos, nos encontramos casi a diario casos de malversación de recursos, redes de clientela y tantas otras dolencias, que en una sociedad con valores, estos políticos ya hubiesen vacado de sus cargos. Pareciera que como sociedad ya nos hemos acostumbrados a estos casos, hasta el punto de que nuestros políticos hace tiempo que olvidaron el papel principal de un político, es decir, servir al bien común de la gente y se han convertido en representantes directos de quienes financian sus campañas. Como sociedad pareciera que ya no podemos caer más bajo todavía, del sitio al que hemos llegando.

Así pues, es momento de que nos reinventemos; es momento de actuar de manera coherente y congruente con nuestras virtudes. Es momento de parar la siembra de cosas malas e iniciar la siembra de cosas buenas. Estamos a tiempo en que podemos iniciar los cambios estructurales que necesita Honduras.

Hagamos los cambios hoy, para que empecemos a cosechar los frutos dentro de veinte o treinta años. Si como sociedad seguimos en las mismas, no esperemos políticos conectados con la gente, transparentes, eficientes y sobre todo con principios éticos