A lo largo de este duro camino de nuestras vidas, esporádicamente esta nos regala la presencia de un ser irrepetible al que tenemos la suerte de conocer.
Doña Hilda Hernández (QEPD) fue una persona memorable, noble, sencilla y a la vez maravillosa, cuya partida ha dejado un gran dolor y vacío en el corazón de todos aquellos que la conocimos de alguna forma, pues sembró en todos nosotros una huella imborrable del amor por nuestro país y la disposición para ayudar y consolar a quien lo necesitaba.
La ignominiosa muerte nos acaba de arrebatar a este ser excepcional. Honduras ha perdido un baluarte insustituible.
Doña Hilda me enseñó que debíamos sentirnos orgullosos de ser hondureños, que lo que antes habíamos menospreciado era fuente de envidia internacional.
Me enseñó que nuestras playas, nuestras islas, nuestro Copán, nuestra gastronomía, nuestros colores, nuestras culturas vivas y auténticas, así como nuestro talento, debían ser motivo de orgullo. Despertó en mí algo que había visto en otros países, pero que jamás había experimentado a cabalidad.
Gracias a ella nunca más tendré dudas en defender ante el mundo que soy de Honduras, el país más bello del planeta, no solo por sus enormes riquezas y sus extraordinarios paisajes, sino también por lo talentosa y amable que es nuestra gente.
Sobre todo, ella me enseñó que la patria no tiene que ser perfecta para quererla.
En lo personal tengo que confesar que Doña Hilda fue una tolerante lectora de mis correos que ocasionalmente le remitía cuando quería transmitir mis esperanzas o mis temores al más alto nivel; quien a pesar de su apretada agenda, en una muestra de su humildad y gentileza se permitía contestármelos algunas veces.
De lo que no me cabe duda alguna es que siempre estuvo atenta para escuchar a cualquier ciudadano interesado en resolver los asuntos de nuestra Honduras.
Agradezco al Creador que en vida tuve oportunidad de escribirle algo, otrora en confidencia, que hoy puedo mostrar al mundo: “Quiero asegurarle, ingeniera Hernández, que en los años que tengo interpretando el acontecer nacional no guardo memoria de funcionario alguno que haya contribuido tanto a la consolidación de nuestra identidad nacional y al posicionamiento internacional de la imagen de nuestra querida Honduras”.
Mientras sigamos viviendo, ella formará parte de nosotros; cada palabra que pronunció y cada gesto que hizo quedará grabado en nuestra memoria; cada abrazo que dio y cada mirada afectuosa que nos brindó quedará en nuestros corazones.
Siempre justa y objetiva, nunca antepuso sus intereses personales por encima de los intereses de la patria y sus mensajes serán ahora parte de los libros de historia: “Somos un país con bellezas naturales, una sociedad de valores. Con vocación de servicio…Así somos en Honduras, una nación que ofrece oportunidades y que contagia al mundo con el orgullo de ser hondureños”.
No hay palabras para expresar lo que ella ha significado para tanta gente y hoy millones de hondureños, aunque abatidos ante la terrible e inesperada noticia, también estamos agradecidos al recordarla.
Descanse en paz ingeniera Hilda Rosario Hernández Alvarado, gracias por su legado, nunca la olvidaremos.