Columnistas

El primero de la fila

Transitaba por un conocido bulevar de la ciudad a primeras horas de la tarde. El tráfico, menos pesado que de costumbre, circulaba ordenado y, si no hubiera sido por un irreverente conductor que rebasaba a todos, podría haber sido la avenida de otro país. En la radioemisora que venía escuchando, un hastiado locutor escupía sus quejas contra la empresa de energía eléctrica, apoyado por los mensajes de su fiel audiencia. Vehemente y al borde de la maledicencia, me hizo extrañar aquellos días de buenos periodistas radiales, de hábil sarcasmo y quienes sin perder la elegancia en el hablar, ponían en aprietos a las autoridades y entrevistados cuando trataban cualquier tema de interés colectivo.

Al observar que el farol amarillo del semáforo se había iluminado, reduje la marcha, justo a tiempo para detenerme varios metros atrás del carro de enfrente, el primero de la fila. Con el rabillo del ojo, me preparé para el “ataque” de los jóvenes que limpian vidrios sin preguntar, incluso cuando está a punto de diluviar. Esta vez no podría excusarme con un “va a llover” para evadir el paso del limpiaparabrisas manual y lo que me preocupaba era la falta de cambio para retribuir sus servicios no solicitados. Pero no apareció ninguno. Tampoco había escupeflamas ni malabaristas, vendedores de diarios o mendigas de dudosa tragedia. Esa total ausencia me provocó un pálpito, breve y de mal augurio, que se hizo realidad cuando vi que al auto de enfrente se acercaba un joven de lentes oscuros y gorra negra, que golpeó con su mano el vidrio izquierdo, el del conductor. Nada me había preparado para esto, aunque había escuchado historias de conocidos y leído anécdotas de víctimas sorprendidas en cruces de calles. Siempre confié en que no me tocaría a mí, que no llegaría mi turno. Pero yo era el segundo de la fila. No estaba frente a la lámpara roja, esa que detenía certera la movilidad y reacción del automóvil frente al mío (el primero), pero también del segundo (el mío). Y entonces ocurrió. Lo que uno no espera, pero sucede sin previo aviso. El joven se acercó al coche, apuntó su mano hacia el frente del vehículo y…le indicó con señas al irrespetuoso que estaba con las manos al volante, que se había estacionado sobre el paso de peatones, en franca violación a la Ley de Tránsito. El overol amarillo, que le identificaba como empleado de la alcaldía de la capital, no dejaba dudas y tampoco lo hacían sus gestos: el conductor debía retroceder y liberar ese espacio, por orden suya y para bien de los transeúntes. Y pasó lo que debía pasar: el sujeto que conducía no protestó y retrocedió obedientemente, aceptando su error.

Al cambiar la luz a verde, avancé y felicité al joven servidor municipal de gafas oscuras, gorra negra y overol amarillo. Una sonrisa de oreja a oreja se asomó a su rostro