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La cercanía de un poeta lejano

Leonel Alvarado tiene una obra poética bien consolidada, escrita con rigurosidad y una disciplinada formación académica. También ha elaborado ensayo literario, crónica cultural y narrativa

20.08.2019

GRACIAS, LEMPIRA.- Leonel Alvarado es uno de los poetas más representativos de Honduras. Un poeta de la diáspora, con una voz labrada en profundas lecturas y en una experiencia de vida cosmopolita.

Sin embargo, hay una característica esencial que uniría estos años de Alvarado si se pretendiera encontrar un hilo que ate lo disperso y las antípodas, y es esa mirada hacia Honduras. Pocas obras de la nueva poesía son capaces de leer a Honduras y a Centroamérica, la de Leonel Alvarado es una de ellas (suenan en mi cabeza “Libro centroamericano de los muertos” de Balam Rodrigo o “Luz silenciosa bajando de las colinas de Chiapas” de René Morales, dos poetas chiapanecos, tan lejanos y cercanos).

No se trata sólo de testimonio, o de esa usanza ideologizada de pregonar al poeta como ser utilitario al servicio de una causa beligerante, sino más bien a una conciencia que permite al poeta la potestad de no ser testigo de un tiempo, sino el tiempo mismo vuelto lenguaje, por eso cada libro y cada poema de Leonel Alvarado son trascendentales, no hay rellenos, ni ripios de ocasión, ni modas, ni artificio o peor aún espectáculo poético.

Entre sus libros de poesía están “El futuro que no fuimos” (2018); “Estos días se llaman Blanca” (2017); “Xibalbá, Texas”, Premio Centroamericano Rogelio Sinán, (2014); Driving with Neruda to the Fish ‘n’ Chips, (2014); “Retratos mal hablados”, Mención Especial Premio Casa de las Américas, (2013); “El reino de la zarza”, Premio Latinoamericano de poesía “EDUCA”, (1993); y “Casa vacía” (1991).

Este es un espacio muy reducido para hablar de cada uno de sus libros, que merecen amplias reseñas y que sin duda abordaremos en el futuro cercano, la idea es invitar a leer la obra de Leonel Alvarado. Su libro “Casa vacía” es una poética de quiebre en el sentido de privilegiar unas temáticas y unas formas que lo diferencian del resto de la producción de la década de mil novecientos ochenta, concreta un discurso intimista, moldeado por el erotismo y la soledad.

“El reino de la zarza” es quizá la más poderosa introspección que un poeta ha realizado al mundo maya, desbaratando los discursos de identidad y pertenencia, falseados por el Estado y lanzando a la pira de la contemporaneidad el ideal de misticismo, leyenda o idealismo de la mayanización atragantada en el suvenir y en el turismo que acepta el dato fácil y la fotografía de colección, admitiendo un relato complaciente que oculta la miseria de los indígenas de la región de Copán.

De las nuevas generaciones, pocos libros de poesía he leído en Centroamérica con el perfil de “El futuro que no fuimos”, publicado por la Editorial Universitaria de la Uiversidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), la magnitud del oficio de escribir poesía transgrediéndose a si misma, indagando nuestra realidad, el desarraigo, la violencia, pero no a la usanza de la moda de muchos poetas de hoy, que tienen su programita bien delineado para hablar de migración, narcotráfico y corrupción, desde la prisa, la banalidad y la búsqueda de posicionamiento.

Hablo de un estamento estético superior, de los grandes trazos de una poética que se destruye a sí misma para vaciar su ceniza sobre nuestras heridas históricas, un libro que merece toda la atención porque es nuestro país y sin duda la Centroamérica total en carne viva de aquellos que todo lo perdieron y por eso son los únicos que todo lo pueden soñar.