Siempre

Recuerdo emocionado de César Manzanares

He aquí una pequeña semblanza de la vida del artista, construida a partir de lo que yo sabía de él y de lo que me compartieron algunos familiares y amigos
20.03.2024

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- César Manzanares hablaba poco de su vida para no solicitar admiraciones por su relato. Fue después de algún tiempo de conocernos que me contó algo de ella. No un relato. Sino pedazos. Y es a propósito de su muerte, que presento esta semblanza de su vida, construida a partir de lo que ya sabía de él y detalles compartidos por personas cercanas al artista.

Fallece César Manzanares, artista del performance y mentor de generaciones

Los primeros años

Don Secundino Cruz Manzanares nació en 1934 en la comunidad de Paso Hondo, en Langue, Valle. Muy joven, apenas un mozalbete de quince años, la necesidad lo empujó a caminar descalzo hasta la Costa Norte del país.

Se instaló en Guanchías, un campo bananero cercano a la ciudad de El progreso, donde trabajó de sol a sol como cortero de fruta hasta que, al cabo de los años y tras varios eslabones más de una cadena de sacrificios y privaciones, su temple e inteligencia le abrieron las puertas para desempeñarse como capataz.

Allí conoció a doña Arcadia Santos Soto, su esposa, una muchacha descendiente de padres salvadoreños. Con ella procreó diez hijos. El penúltimo de ellos vino al mundo en brazos de una partera y fue bautizado con el nombre de César Manzanares.

César Manzanares nació el 16 de septiembre de 1971. Su infancia transcurrió en un barracón desde cuya cima alcanzó a vislumbrar el imperio decaído de las compañías bananeras.

Siendo un gurrumín, una mañana se colgó del brazo de don Secundino, quien lo acercó a las faenas del campo y a su lado aprendió a pescar mojarras en el río y a sembrar maíz. Con los años habrá de guardar entre los recuerdos más antiguos de su infancia aquellos días al lado de su padre cuando comían plátano manzano en la ribera del Ulúa y cocinaban tamalitos de maíz con una generosidad desbordante.

El otro recuerdo permanece anclado a una de sus tías, María Elsa Soto, Lolita. Doña Arcadia tenía dificultades para criar a tantos hijos por lo que tuvo que confiarle a Lolita el cuidado de su pequeño César.

Cada domingo viajaba con ella a El Progreso para realizar las compras de la semana. En el mercado Lolita compraba lo imprescindible, aunque casi siempre encontraba la manera de procurarle a su sobrino juguetes y lápices.

De vuelta en el hogar, César se dirigía a su pieza, apretaba los lápices junto a su pecho y comenzaba a dibujar lentamente sobre el papel donde se envuelve el pan. Largas noches permanece recluido y mientras su tía duerme, solo una luz amarilla lo acompaña en la aventura de sus primeros trazos.

El Picasso progreseño

César Manzanares hizo sus estudios elementales en la Escuela Próspero Catracho, ubicada en el ingenio azucarero Azunosa.

Egresado en 1984, de inmediato llegó el momento de ganarse el pan diario. Cuando la vida en el campo iba templando cada detalle de su cuerpo y moldeando su carácter, un día se vio envuelto en un pleito confuso en el que estuvo al borde de perder la vida, una señal de que tenía que precipitar su salida de aquel ambiente bravío, de aguardiente y colimas filosas.

En 1986 llegó al Instituto Perla del Ulúa con la intención de completar el ciclo común. Por aquellos años la definición de la carrera del joven César es todavía borrosa, lógicamente.

Sus pasos como estudiante son firmes, pero late con fuerza el temperamento del artista. Durante su estancia en El Progreso conoció al artista Guillermo Mahchi en cuya residencia encontró un ambiente de estímulo sensible que le impulsó a continuar ejercitándose y le hizo ampliar sus horizontes creativos.

En el Perla destaca por su sed inapagable de conocimientos y una pasión por el paisaje. En un concurso presenta un dibujo sobre el medioambiente con el que se gana la admiración de sus compañeros y docentes quienes de ahora en adelante le apodan el Picasso progreseño. El claustro decide entonces que aquella institución y ambiente no es suficiente para encauzar y explotar la creatividad de la joven promesa, por lo que le alientan a viajar a Tegucigalpa para incorporarse en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Su paso por la Escuela Nacional de Bellas Artes

El soñado viaje a Tegucigalpa lo realiza en 1991.

Cuando se matricula en la Escuela Nacional de Bellas Artes, César Manzanares es un joven de diecinueve años, alto y delgado de cuerpo, de piel blanca. Su aspecto era el de un muchacho calmo y silencioso como el mar de la mañana, por lo que resulta difícil en un inicio calcular el valor de sus sobresalientes cualidades, aunque por dentro vive en una perpetua agitación creativa.

En la Escuela le llueven las felicitaciones de sus compañeros por la ejecución de sus típicos paisajes bananeros en donde representa la vida de la gente en los barracones.

La inédita visión del mundo donde había nacido subía en él como sube el zumo de la tierra en el gajo recién plantado. Por ese entonces, incursiona además en la arcilla, un material en el que encontró una creencia, una fe, un sistema de perfección sensible que muy pronto lo llevó a revolucionar por entero la tradición escultórica de este país.

Cruzada artística

1997 es un año fecundo para el arte hondureño. En pintura Bayardo Blandino presenta sus “Íconos de resistencia” y Santos Arzú Quioto exhibe en la Primera Bienal Iberoamericana de Lima su proyecto monumental “Puntos cardinales”.

En ese mismo año, César Manzanares, en compañía de Alex Galo y Jacob Grádiz, sustantiva la triada de pioneros de la escultura contemporánea en aquella entrañable VI Bienal de Escultura y Cerámica del Instituto Hondureño de Cultura Interamericana (IHCI).

De su honda contribución al género escultórico también dan cuenta sus participaciones en el Simposio de Escultura desarrollado en la ciudad de Gracias, Lempira, en 2012, evento organizado por Fausto Tábora, Mito Galeano y Simone Zanaglia, y el de Panchimalco, El Salvador, a instancias de la Casa Taller Encuentros, en 2014, entre otros.

Conocimos a César Manzanares a inicios de siglo cuando formó parte del colectivo La Cuartería, en compañía de Adán Vallecillo, Leonardo Gonzales, Gabriel Galeano y otros jóvenes creadores.

En aquel entonces, la performance, que era una práctica poco habitual en un contexto que seguía considerando que el arte público consistía simplemente en bajar a la calle a colgar cuadros reproduciendo los hábitos de consumo pasivo del arte en la galería, comenzó a adquirir carta de ciudadanía a partir del trabajo performático de César Manzanares en proyectos como “El pandillero” (2003) y, más adelante, en “El jardinero” (2008) y el que hoy en día es considerado su testamento artístico: Memento Mori (2010).

Coda

En 2022 César Manzanares se casa con Ena Almendárez en una íntima ceremonia celebrada en Santa Lucía.

Se habían conocido en 1999, en la UNAH, cuando ella estudiaba Trabajo Social y él la carrera de Filosofía. Ya antes de su boda, desde 2010, habían forjado un hogar, primero en un apartamento del barrio La Leona y, después, en el Guanacaste. A su lado, Ena encontró la receta para lograr que el amor perdure toda la vida.

Y nosotros, quienes le conocimos y le admiramos de cerca, descubrimos de qué costura está hecha la verdadera amistad.

César Manzanares era afectuoso y diligente con los suyos. En palabras de su amigo Fausto Tábora, César se olvidó tanto de él para pensar solo en los demás.

Ha sido, y así merece ser recordado también, uno de los maestros más generosos que ha tenido la Escuela Nacional de Bellas Artes, y pieza fundamental para que en el corazón de muchos de sus alumnos ardiera el sueño de un destino artístico, entre quienes podemos mencionar a Scarlett Rovelaz, Kathy Munguía, Michel Allen y muchos otros.

Fiel al poema de Machado, César Manzanares nunca persiguió la gloria. Aborrecía la fama de la que rehuyó como quien se aleja de una bola de fuego. Obraba únicamente movido por una necesidad interior de expresarse que seguramente no le cabía en el cuerpo.

Dejó de respirar la mañana del cinco de marzo tras una larga batalla. La muerte lo ha vencido y una pena muy honda se hizo piedra en la garganta de quienes le conocimos. Desde ahora vive alegremente en el privilegio de sus obras y de su conducta.